Por José Guerrero Urzúa

Cineasta y escritor

 

El miedo es la muerte en cualquier instante

Émile Cioran

 

Apenas le tocó su turno, volteó la mirada hacia la otra cámara dispuesta en el estudio y esta vez le habló directamente a la teleaudiencia, con profunda convicción.

̶ “Y todo esto ha sido tan inesperado y abrumador, que ningún charlatán siquiera fue capaz de profetizar sobre esta real pesadilla que nos quita el sueño. Ni los Doctor File, ni los Doctor Fuck, ni los Doctor Mortis.  ̶ Señaló con mordaz ironía y prosiguió ̶ . Queridas y queridos compatriotas, la realidad que nos ha tocado vivir, es devastadora. Sin duda este país sufre la más siniestra de las catástrofes que en su historia haya vivido. Todo se ha vuelto estado de descomposición; partiendo por el orco presidente, y sus secuaces que nos gobiernan con políticas de exterminio, hasta los millares de cadáveres que se encuentran abarrotados en las calles, que no han sido sanitizadas; pues los cementerios han colapsado y ya no dan abasto”.  ̶ Fueron las desgarradoras opiniones expresadas, al cierre, por aquel panelista de un programa prime, de la televisión nocturna, transmitido en vivo.

En ese instante, Santiago y todas las ciudades del país se convertían en un desolador despoblado. En un agujero negro a toda clase de impunidad. El confinamiento era total. La angustia y el hambre arreciaban. El estado de sitio persistía, día y noche, a lo largo de todo el territorio nacional; al igual que la brutal represión, los injustificados allanamientos a casas particulares y los secuestros, ejecutados por la policía uniformada y otros esbirros agentes del Estado.

Distantes a miles de kilómetros de la capital, Amanda y Alonso, a poco de haber disfrutado un intenso baño en aguas termales y gozar los vapores de un rico sexo; despojados de guantes y mascarillas, abrazados y contemplativos; libres ya de la paranoia ambiental que los asediaba, observaban el cielo estrellado con devoción y nostalgia como queriendo fundirse con el cosmos tratando, acaso, de descifrar algún enigma.

Rompiendo el silencio, Alonso mira fijamente a Amanda y le confiesa emocionado:

̶ De verdad, amor, aún me cuesta creer que hayamos llegado hasta este lugar tan alucinante. No pensé que lo lograríamos. Ha sido tan terrible todo lo que ha pasado, que estar viviendo esto, ahora, para mí es una bendición.

̶  Así es, cariño. Realmente siento que estamos viviendo un sueño maravilloso, a pesar de toda la mierda que dejamos atrás. Somos afortunados.   ̶ Repuso Amanda con sensual ternura, y comenzó a besarlo con desenfado.

De pronto, la voluptuosa energía de un espíritu ajeno a sus conciencias se apoderó de ellos, alterando sus percepciones, trastocando sus movimientos corporales hasta la distorsión de sus voces. Con aspectos irreconocibles y mirándose con hipnótica atención, ingresaron cual sonámbulos a la casona de la finca de Puquio, construida de piedra laja, totora y de adobe, enclavada en pleno desierto de Atacama.

Como arácnidos gigantes provistos de una fuerza antinatural, devenidos seres de materia mutante (de cetrina fosforescencia), sus cuerpos transgredieron toda gravedad, reptando por las paredes y el cielo de la casona. De golpe, un extraño zumbido los arrojó contra el suelo, penetrando sus tímpanos y haciendo que todo vibrara: suelo, murallas, puertas, ventanas, objetos, insectos, raíces, ánimas. No se trataba de ninguna tronadura, ni tampoco de un movimiento sísmico.

Perdidos en las tinieblas de un amor fallido, aprovecharon los descuentos de una luna de miel secreta para consumar el inesperado rito al que, intempestivamente, fueron inducidos. Un rito macabro como el brillo de sus ojos. Fatal y triste como la historia de sus corazones. Las luces que en un momento dibujaron extraños pictogramas en el cielo andino, seguían ahí afuera amenazantes. Como una trama destellante de ausencias encarnadas, treparon a la casona rodeándola, cual virulenta mordaza, en forma de largos y húmedos tentáculos que proliferaban como ramificaciones de luces mortecinas. Como una bestia única proveniente de otra dimensión, que no paraba de chirriar.

Un insoportable olor, nauseabundo y desconocido, invadió la estancia. La infección se había propagado, ya estaba ahí manifestándose, atacando a todo organismo vivo, habitando la casona desde antes que ellos llegaran a ocuparla.

Ruidos de tambores sonaron a lo lejos en sordina.

«Yo, lo único real que poseo es tu dichosa compañía, tus ojos azules desbordados de delirios y tu voz perdida colmada de oscuros presagios que nombran a mis deseos malditos»  ̶ le tatuó, ella a él, con tinta sangre en su pecho frío, aún tembloroso, minutos antes de descorazonarlo y de arrancarle las vísceras con abominable ternura.

Ni la lluvia, ni las luces, ni el ominoso influjo ejercido por aquella entidad, cesaron. De pronto, como si olfateara la tragedia, un bello cóndor planeó, a escasa altura, sobre la finca del altiplano; abandonada por décadas.

Aún no amanecía cuando se oyó el estruendo de un disparo que resonó en los cerros de la majestuosa cordillera hasta donde había viajado la pareja de recién casados. Lejos del atolladero que sumía a los habitantes de la capital, presa del fantasma del miedo y azotada por la injusticia.

Amanda y Alonso, no obstante, presas también de la fatídica ilusión de haber escapado, sin retorno, de la horrorosa pandemia que asolaba hacía meses la ciudad.