Colo Colo-Vasco da Gama 1990

 

Por Gonzalo Figueroa Cea

 

El elenco albo quedó eliminado dramáticamente en la tanda de penales ante su similar brasileño, pero la desazón fue el aliciente para la obtención del trofeo al año siguiente.

El partido de vuelta de octavos de final de la Copa Libertadores de América disputado el miércoles 15 de agosto de 1990 en Santiago entre Colo Colo y Vasco da Gama, al margen de haber sido en sí mismo un partido relevante y en su totalidad un partidazo, me dejó grabada dos imágenes muy potentes por sí solas: la primera, consistió en una vertiginosa y vigorosa disputa de balón cerca de la puerta de la maratón del estadio Nacional entre Marcelo Barticciotto y Hólguer Quiñónez.

El argentino -hoy nacionalizado chileno y, en mi modesta opinión, el gran sucesor de Caszely en cuanto a popularidad de ídolos del cacique- quería ganarle a cómo dé lugar la pelota al ecuatoriano -figura de los cariocas- a pesar de estar muy próximos al límite entre la cancha y la pista de recortán. Fue tal velocidad con que fueron a ganar la esférica (no hay duda que los dos eran grandes velocistas dentro del campo de juego, además de grandes jugadores), que no sólo no pudieron lograr su objetivo, sino que cayeron, pero el «Barti» sacó la peor parte, quedando resentido en el suelo algunos minutos. Aunque el moreno defensor se caracterizaba por un juego tan duro con efectivo, no tuvo mala intención en la jugada que dejó en el suelo al rubio atacante. Fue una muestra clara de espíritu copero en ebullición: en las etapas decisivas, los futbolistas jugándose el todo por el todo.

Y la otra imagen, ya en el epílogo, simbolizó el final que los colocolinos no se imaginaban en el entretiempo del duelo. Rubén Espinoza, autor de dos goles de pelota muerta y la mejor figura de Colo Colo en la oportunidad, se equivocó cuando no debió hacerlo: ejecutó el último tiro de la tanda de penales con el aplomo de siempre, pero el arquero Acácio (suplente de Taffarel en la selección brasileña) adivinó la dirección del balón. Vasco da Gama ganó allí 5×4 la serie de lanzamientos desde los doce pasos, tras haber finalizado empatado el partido a tres, y clasificó a cuartos de final. Eso mismo, una hora antes, los hinchas albos no se lo imaginaron: ganaban 2 a 0 finalizado el primer lapso y con propiedad. Pero la mueca triste del ex cruzado por haber pasado de héroe a villano al marrar la pena máxima, fue la imagen que me quedó grabada a fuego. No fue necesario que se le acercara un periodista para preguntarle qué sentía: su cara lo decía todo.

El resultado del partido entre la escuadra de Pedreros y la brasileña fue la última gran frustración futbolística de un club chileno y, particularmente de Colo Colo, antes de llevarse por vez primera el más preciado trofeo continental a una vitrina local. Y prefiero hablar de los clubes en general porque, si bien es cierto ha sido el club albo el único que ha obtenido esa copa, la inmensa mayoría de los hinchas nacionales han atesorado ésta como el principal logro internacional en la categoría. Y, en ese mismo sentido y con todo respeto, la Sudamericana para Universidad de Chile; la Interamericana para Universidad Católica; y, para el mismo elenco de Macul, la Interamericana y la Recopa, constituyeron logros extraordinarios pero más modestos comparados con la Libertadores. ¿Y el bicampeonato de la Copa América para la nuestra selección? Es otro tema, quizás más dulce por la envergadura del hito.

Colo Colo-Vasco da Gama en 1990 (Youtube)

Apuntes de un duelo decisivo  

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El pleito mencionado en estas líneas fue, en síntesis, el aliciente para hacer una mejor campaña internacional al año siguiente. Colo Colo estaba dirigido en ese torneo y desde hacía cuatro años por Arturo Salah, quien había enterado con los albos dos títulos nacionales, tres torneos de Apertura y cuatro participaciones consecutivas en Copa Libertadores, Poco tiempo después asumió como entrenador Mirko Jozic, quien adiestró a la selección yugoslava campeona del mundial juvenil efectuado en Chile tres años antes. Con la llegada del croata al primer equipo colocolino (había estado previamente en las inferiores albas), el club popular inició su período más brillante en materia de galardones y, prácticamente con los mismos jugadores, desarrolló un juego macizo, seguro y veloz en todas sus líneas, de movimientos constantes, vertiginoso y muy contundente en ataque.

Si con Salah ya estaba el germen del gran equipo, con jugadores altamente motivados, que ya se destacaban en la competencia interna y que habían ganado experiencia en el plano internacional, Jozic reforzó aquello con mayor disciplina y una mentalidad más fuerte: capaz de revertir las situaciones que se presentaban adversas a punta de perseverencia y de no perder el control ni el juego que los distinguía colectivamente. En la Copa Libertadores 1991 Colo Colo demostró ese espíritu y esa forma de practicar el fútbol en partidos decisivos, como los triunfos en casa ante Universitario de Lima, Nacional de Montevideo y Boca Juniors.

Un año antes (y a propósito del partido con Vasco) Colo Colo tenía un muy buen equipo, pero justamente le faltaban esos atributos anímicos que le permitieron en 1991 superar a rivales que se perfilaban como protagonistas serios en el principal certamen continental de clubes, entre aquellos el Boca Juniors donde brillaban Navarro Montoya, Diego Latorre, Gabriel Batistuta y Blas Giunta, entre otros jugadores. Sin embargo los aspectos distinguibles en 1990 ya correspondían a un gran diamante en bruto no suficientemente púlido; dicho otro, un equipo con un juego que ya permitía intuir importante logros.

De hecho, en el match ante el equipo Carioca, un rival potente donde sobresalían, además de los citados Acácio y Quiñónez, Célio Silva, Bismarck, William y Roberto Dinamita, entre otras figuras, Colo Colo fue superior durante la mayor parte del primer tiempo, lapso en el que jugó casi a voluntad, se fue ventaja y generó mucho peligro a través de las aproximaciones constantes y el juego asociado entre los argentinos Sergio Díaz, Ricardo Dabrowski, el referido Barticciotto y los nacionales Jaime Pizarro, Rubén Martínez y su tocayo: Rubén Espinoza. Entre las figuras más jóvenes, Javier Margas y Miguel Ramírez ya se hacían notar satisfactoriamente.

Vasco creció en el segundo tiempo, sobre todo tras el gol de camarín de Bismarck. Logró igualar después de ir perdiendo dos a cero y, tras haber desnivelado de nuevo Colo Colo con un tanto de penal de Espinoza, la escuadra brasieña logró empatar a tres dianas a un minuto del término del tiempo reglamentario gracias a un gol de William. Llamó la atención el errático rendimiento de dos veteranos de mil batallas, como el arquero Daniel Morón y Lizardo Garrido. Los dos primeros goles de Colo Colo fueron de hermosa factura: tiro libre colocado de Espinoza y un remate de distancia de Barticciotto. El segundo gol de Vaso fue obra del también veterano Roberto Dinamita.

Arbitró el argentino Francisco Lamolina, de desempeño correcto aunque sin complicarse en demasia con las tarjetas, a pesar del juego más recio de los cariocas. Un dato curioso extra: fue el último partido de Colo Colo como local en el Nacional por varios años: el Monumental no pudo ser ocupado esa vez porque la Confederación Sudamericana ya exigía en octavos de final iluminación artificial y la cancha del David Arellano no disponía todavía de ésta. Recién a comienzos del año siguiente, en un amistoso contra Racing (1×0 a favor del cacique), pudo jugarse de noche en Pedreros…Y fue el año de la mayor iluminación.

Conparto acá el vídeo del partido que fue transmitido por canal 13 (cuyo equipo integraban los redordados Julio Martínez, Alberto Fouilloux y Néstor Isella, entre otros conocidos integrantes del área).
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