Por Alejandro Machuca Carvajal


-¡Habló el ministro!- gritó,  ingresando a la sala de prensa, excitado, sudoroso, mientras blandía en su mano en alto un video 3/4 a modo de testimonio de que la buena nueva anunciada era realidad y que él era el bendecido portador. No resistí la seducción de ser parte de tamaño acontecimiento y me abalancé sobre el colega periodista, e hice la gran pregunta:

-¿Qué dijo?

-No sé -contestó- déjame revisar el video ….


La anécdota es real. La viví en persona en mis inicios en el periodismo en RTU televisión, actual Chilevisión, en 1986. Eran tiempos de dictadura, «los años que vivimos en peligro», tiempos oscuros también para el periodismo chileno, donde muchos dejaron de lado el respeto a la moral y a la ética profesional para convertirse, por miedo o convicción, en lo que llamábamos «ganapan», mote con que identificábamos a aquellos colegas que se conformaban con difundir, sin cuestionar, la «versión oficial».
Con preocupación advierto como esta mala práctica vuelve a presentarse, particularmente en los canales de televisión abierta. La «falsedad articulada», que hoy se identifica con el concepto de «fake news», no es un fenómeno exclusivo de la era digital. Lo que sí es nuevo es la posibilidad de interactuar con ellas ofrecida por las plataformas digitales.
Las fake news tienen por objeto la desinformación. «Se diseñan y emiten con la intención deliberada de engañar, inducir a error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una institución, entidad o persona u obtener ganancias económicas o rédito político». Al contrario de como pretenden hacernos creer los «medios oficiales», los creadores de Fake News no son exclusivamente unos desquiciados, alborotadores, terroristas o amantes del diablo que nos quieren engañar para desestabilizar al sistema, sino que también son producidas por medios electrónicos propiedad de consorcios periodísticos u agencias financiadas con fondos articulados a través de la política u organizaciones gremiales. Sin embargo, si nos atenemos a su definición, el mayor influenciador a través de fake news es el propio gobierno.
Así como en dictadura, en que el éxito o acceso a los mejores puestos para los periodistas era proporcional a su obsecuencia con el régimen, nuevamente observamos una sumisión u omisión frente a la información emanada principalmente desde La Moneda.
Existen demasiados colegas que aparentemente no entienden que un medio que prioriza la pauta del gobierno NO merece llamarse independiente, como tampoco parecen comprender que la realidad indica que los medios propiedad de grupos económicos no tienen por misión difundir información de manera objetiva.
La línea editorial del medio, prerrogativa de los controladores, de los dueños, baja a la pauta a su conveniencia, así como la Constitución modela las leyes.


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