Por Nancy Guzman

Periodista y Escritora

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El otro día leía el paper de un ex detenido que trataba de explicar la traición argumentando que ella no había ocurrido al interior de los centros de torturas, lo que realmente había ocurrido era una mímesis. Usaba un concepto filosófico para explicar la psicología que produce un ambiente de terror en los seres humanos.
Desgraciadamente la mímesis, que es esa imitación de las imágenes exteriores de las cosas no tiene nada que ver con la traición, que es una decisión basada en una razón, aunque debilitada, existe en todo ser humano.
Hablo de esto, porque muchos toman las palabras de Ricardo Lagos sobre la liberación de genocidas con molestia, dolor o como si fuera extraña a sus manifestaciones políticas.
Ricardo Lagos es de esos personajes que se montan en la historia tejiendo una serie de inexactitudes respecto a sí mismo que pasan a ser verdad para muchos.
No fue socialista hasta cerca de los 80. Ahí se instala en un pequeño grupo que se llamaban los suizos porque eran neutrales, en pocas palabras, estaban a cateo de la laucha esperando que grupo se fortalecía y dominaba la escena política.
Nunca estuvo en nada hasta los 80. No le puso el pecho a las balas, al guanaco, al zorrillo. Siempre funcionaban como académico y consultor con buenos salarios que dedicaba tiempos a hacer su imagen.
Fue al único que fueron a proteger la Policía de Investigaciones para que no lo secuestrara la CNI después del atentado al dictador. ¿Raro?
Pero de rarezas está hecha la vida, dirán.
Luego fue la estrella del dedo. Después de muchos años y de mirar las imágenes es como si todo estuviera planeado desde antes. ¿Raro? Pero ese fue su despegue como político, puesto que antes muchos lo consideraban pedante, distante, poco empático con las mayorías. El dedo pavimentó su camino.
Como ministro de Educación pasó sin pena ni gloria, solo que jamás hizo algo para reparar la deuda con los profesores heredada del saqueo que la dictadura les había hecho. Profundizó la privatización de la educación pública, que a esa fecha se sabía que era un lucrativo negocio para los sostenedores y generaba una brecha educativa que empobrecía a los más pobres.
Lo peor sucedió cuando fue ministro de Obras Públicas generó los negocios más lucrativos para un sector y corrompió el sector público con los sobresueldos, los negocios con privados por vía del lobby. Y como gran obra nacional, construyó la cárcel segregada de Punto Peuco, que a diferencia de las licitadas tiene celdas amplias y áreas comunes de esparcimiento.
Llegó a Presidente con el halo de un pasado y con una serie de dichos no comprobables, puesto que no existen los documentos que lo acrediten, como decir que Salvador Allende lo había nombrado embajador en la URRSS unos días antes del golpe de Estado.
Aunque todo lo anterior decía que sería el Presidente de los empresarios, muchos seguimos creyendo en que su traición no podía ser tanta, teníamos claro que no sería la Unidad Popular, que no era Allende. Pero jamás pensamos que haría las peores leyes neoliberales, que sería el que cambiaría el folio a El Mercurio, desayunaría y se abrazaría con el artífice del golpe de Estado y el genocidio: Agustín Edwards. Que organizaría el mayor despojo a las pensiones de los trabajadores favoreciendo a las AFP. Que entregaría el mar a 9 familias, dejando a la pesca artesanal sin recursos. Que liberaría a José Fuentes, genocida que declaró explícitamente cómo había degollado a Manuel Guerrero.
Pero como buen traidor, hizo un dramático gesto usando las palabras de Salvador Allende en sus últimos momentos: «El Presidente Allende dijo en su mensaje final: «Llegarán otros hombres para superar este momento gris y oscuro»,poniéndose a sí mismo como parte de esos hombres. Y a continuación justificó su política de indulto general con esta frase: «Creo que está llegando el momento de superar ese momento gris y oscuro».
Lo dicho ayer es el pensamiento expresado con mucha antelación. Eso nos muestra que no es la mímesis lo que lleva a una persona a la traición, sino es una forma de mirar el mundo y las relaciones humanas las que nos determinan y nos convierten en traidores.
Parafraseando a Gandhi, lo único que nos ayuda a mantener una ética acorde al humanismo es vivir como si fueras a morir mañana y aprender como si fueras a vivir siempre.