Por Luis Fernando Cueto E.

 

Nos subíamos al tren en la estación de Francia y nos dejábamos llevar; recorríamos el litoral, los pueblitos del interior, y regresábamos con la piel olorosa a brisa salobre y resinas del campo. Caminábamos por el puerto y los barrios de las colinas, por las plazas y los mercados; ya conocíamos casi todo Valparaíso y, sin embargo, no nos queríamos ir. Estábamos ilusionados, expectantes, como si, por alguna razón misteriosa, intuyéramos que algo que nos marcaría la vida estaba por llegar. Al caer la tarde, entrábamos al Café del Poeta y, si estaba disponible, nos sentábamos en la mesa de Neruda. Cenábamos con él, con su símil de cartón piedra, y nos reíamos de su enorme barriga, de sus ojos saltones, de su cara de pavo gordo, y nos preguntábamos cómo un hombre tan feo había podido escribir poemas tan bellos y cautivar a tantas mujeres hermosas.

-La suerte del feo el bonito la desea… -sentenciaba Julia entre risas.

Entrada la noche, retornábamos al hotel, ubicado en una esquina de la plaza Aníbal Pinto. Nos duchábamos, hacíamos el amor y, en la languidez que precede al sueño, hablábamos de todo y de nada. A veces recordábamos el día en que nos conocimos. Yo leía poemas en el auditorio de la municipalidad de Miraflores, y ella, en primera fila, me escuchaba muy atenta, con los ojos bien abiertos. Al salir de la velada, me dio alcance y me preguntó:

-¿En realidad crees en lo que dices?

-Bueno, sí –le contesté, algo asombrado.

-¿Crees en el amor libre?

Empezó a llover. Detuve mis pasos. Volteé a mirarla. Era joven, morena, tenía unos acuciosos ojos negros. Pensé que era una periodista de culturales.

-Creo en eso y en muchas otras cosas más –le dije-. Pero acá, en la calle, nos vamos a mojar. ¿Qué te parece si nos guarecemos?

Entramos a un café, nos sentamos a una mesa y, de inmediato, ella prosiguió con su interrogatorio.

-¿Y has probado drogas?

-Algunas, no todas, solo las más suaves…

-¿Y has hecho tríos?

No supe qué contestar. Me puse un tanto nervioso, incómodo. Traté de salir del paso:

-Eso lo dejo a tu imaginación…

Inesperadamente, ella sonrió. Vi su hermosa dentadura, sus labios gruesos, carnosos, su rostro distendido, fresco, sus ojos achinados, traviesos, y entonces descubrí que era bella. Entramos en confianza, ella me dijo que era profesora de educación inicial, es que me gustan mucho los niños; yo le conté que tenía en mente escribir una novela, tengo la historia en la cabeza, cualquier día de estos me siento ante la laptop y no paro hasta que la termine. Intercambiamos nuestros números de celulares. Al tercer día la llamé para invitarla al cine. Lo que más recuerdo de ese film de Tarantino, es que, antes de que termine, besé por primera vez a Julia. Nos enamoramos. Nos hicimos novios. Ella me presentó a su familia. El padre se mandó un discurso, dijo que su hija era una persona intachable, decente, a quien había dada una educación esmerada, basada en sólidos principios morales. Yo presenté a Julia a mis amigos. Ellos no lo podían creer. ¿Qué pasó poeta? Tú que decías que no creías en el amor de pareja, que habías nacido para ser libre, que nunca te ibas a enamorar, has caído rendido en los brazos de una mujer. ¿Y de quién? De una profesorcita conservadora, recta, chapada a la antigua. Una pareja dispareja, eso éramos para ellos. El loco extrovertido y la muchacha puritana. Pero yo seguí adelante; ella era mi complemento, la brújula que le daba un norte a mi vida. A los seis meses de noviazgo, se me ocurrió hacerle una proposición audaz: un viaje de placer a Santiago. Tres días con sus noches los dos solos, juntos, para amarnos, ¿qué dices, mi vida? Pensé que ella se rehusaría, pero, para mi sorpresa, aceptó. En Santiago, un taxista nos habló maravillas de Valparaíso, es muy bonito, vayan, les va a gustar. Nos fuimos y, en efecto, nos gustó. Ya no nos quisimos ir. Llamamos a la aerolínea y postergamos el pasaje de retorno.

El último viernes, cerca de las diez de la noche, llegó hasta nuestra habitación una musiquita. Julia se desperezó:

-¿Escuchas? –Me dijo.

-Sí –le contesté-. Es un vals peruano. Estrellita del sur.

-¿De dónde vendrá?

Saqué la cabeza por la ventana. Una luz amarillenta resplandecía en las veredas. Algunas personas caminaban como extraviadas, borrachas.

-Creo que es de abajo, de la esquina…

Julia se sentó sobre la cama. Su frente, sus ojos se encendieron, parecía que una fiebre repentina se había apoderado de ella. Dijo que quería ir a ver, a lo mejor hay una verbena, o algún enamorado está dando una serenata, vamos, Arturo, todavía es temprano. Pero no lo dijo con esa voz chocha, de niña engreída, con que solía pedir algún antojo, sino con un tono apremiante, impulsivo, tan imperioso que no me pude negar.

 

Una mujer baja, regordeta, ataviada de blusa marfil y minifalda celeste, cantaba valses en el bar Cinzano. Algunas parejas bailaban en el estrecho corredor que conducía a los baños, daban vueltas y se topeteaban con las sillas. Un mozo nos consiguió una mesa en un rincón. Nos sentamos. De la mesa de enfrente, un hombre nos saludó con una sonrisa. No lo conocía. Era un tipo ya maduro, de cabellos entrecanos y rostro tostado por el sol, y estaba acompañado de una mujer cuarentona, de hermosos ojos claros y cabellos cortos color platino.

-¿Quién es? –Le pregunté a Julia-, ¿lo conoces?

-¿No te acuerdas? –me dijo ella-. Es Mauricio Silva, el escritor chileno, nos lo presentaron en la Feria del Libro de Lima, cuando Chile fue el país invitado.

El tipo se vino hasta nuestra mesa, y nos dio la mano.

-Me gustaría que nos acompañen –dijo-. Mi esposa quiere conocerlos. Para nosotros sería un honor. Claro, si no tienen inconvenientes.

Miré a la mujer. Ella sonrió y bajó los párpados. Era guapa, tenía una belleza atemporal, inmune al paso de los años. Por supuesto que no teníamos inconvenientes. Aceptamos la invitación.

-Hola, soy Roberta –me saludó con un beso la mujer de Mauricio-, mi esposo dice que eres un gran poeta…

-Eso no es cierto –le dije-, hay muchísimos otros que sí son grandes poetas, genios.

Ella volvió a sonreír.

-Ay, cariño, eres el primer poeta modesto que conozco…

Hablaba con frescura, con un caché de persona de mundo. Me cayó en gracia. Hablamos de poesía, de poetas, ella los conocía a todos en Chile, y sabía de los egos descomunales que se manejaban, sobre todo los malos poetas, dijo, por eso me sorprende tu modestia, seguro eres de los buenos. Me agradó más. La cantante cambió de registro, empezó a cantar un bolero. Mauricio sacó a bailar a Julia. Roberta me tomó de una mano y me llevó a la pista de baile. Bailaba a un ritmo lento, suave, muy pegada a mí, y me hablaba al oído. En una de esas, metió un muslo entre mis piernas y me rozó los capachos.

-¿Cómo la tienes? –Me dijo.

Me agarró en el aire, no entendí bien de qué me hablaba.

-¿Qué cosa? –Le pregunté.

-La verga.

-No sé –intenté mostrarme como un hombre recorrido, entrarle al juego-, hasta ahora no he recibido quejas…

El bolero terminó. Regresamos a nuestros asientos. Roberta se echó a hablar de los derechos femeninos, de la emancipación de los sexos y de una revolución mundial. La música sonó de nuevo. Mauricio sacó otra vez a bailar a Julia. Roberta cambió de conversación; me dijo que yo le gustaba, que quería probarme, tenía ganas de morderme los labios; me envolvió con sus palabras, me hechizó por completo, a tal punto que, recién cuando cesó la música, pude darme cuenta de que Mauricio y Julia habían desaparecido.

Salí a la calle y pregunté por ellos a los taxistas, les expliqué sus señas, y me dijeron que se acababan de ir en un taxi. ¿Adónde? Bueno, eso sí no lo sabemos.

Reingresé al Cinzano y le conté a Roberta lo que había sucedido.

-Ay, cariño –me dijo ella-, ¿tanto escándalo haces por eso? Déjalos. El mundo no se acaba por eso…

Esa mujer era el demonio de la tolerancia. ¿Acaso no le importaba que su marido nos pusiera los cuernos, a ella y a mí, en nuestras narices? ¿Qué entendía ella por “eso”? Roberta pidió una tanda de vermú y prendió un cigarrillo. Me habló de algunos artistas, de libros, quiso distraerme, pero yo no podía hablar, no podía recuperarme de ese golpe bajo, a los testículos, que acababa de recibir. Al cabo de unos minutos, ella se aburrió y se marchó. Chau, cariño, me dijo, veo que estás con un humor de perros. Me quedé solo en mi mesa, y me pareció que todos los asistentes me miraban y se burlaban de mí. No era para menos. No todos los días un hombre pierde a su mujer de una manera tan estúpida. Me levanté de la mesa y me largué a mi hotel.

No pude dormir, di vueltas y vueltas en la cama. Al cabo de un par de horas, escuché que coreaban mi nombre: Arturo, Arturo, Arturo. Me asomé a la ventana y los vi; allí estaban, en la vereda, muy contentos, levantándome las manos, Julia, Mauricio y Roberta. Bajé corriendo las escaleras. Ya me iban a escuchar esos pendejos.

-¿Qué carajo significa esto? –Le reclamé a Mauricio-, ¿quién chucha te crees?

-Cálmate –me dijo él-, no ha pasado nada. Solo salimos a dar una vuelta. Julia quería respirar aire puro.

-Es verdad –dijo Roberta-, no ha pasado nada, no pienses mal, ellos ya me lo explicaron todo.

-Sí –dijo Julia-, solo salimos a conversar.

-Y ahora queremos conversar contigo –dijo Mauricio.

-¿Conmigo? –Me sorprendí-, ¿de qué diablos quieren hablarme?

-De algo muy importante –dijo Roberta-. Pero no aquí. Creo que es mejor que conversemos en mi hotel.

 

El Almirante era un alto edificio pintado de blanco, con puerta giratoria de vidrio y limusina estacionada en el frontis. Ni bien nos vio entrar, el botones corrió a ponerse a las órdenes. Roberta le pidió una botella de whiskey, agua tónica y un cubo de hielo. Pasamos al hall, y nos sentamos en unos sillones blancos de cuero, en parejas, cara a cara, Mauricio con Roberta, y yo con Julia.

-Lo que te queremos decir es muy importante –me dijo Roberta.

Julia se estremeció, suspiró y me tomó la mano.

-Hablen de una vez –dije, medio ofuscado-, no le den tantas largas al asunto.

-Mira, Arturo –dijo Mauricio-, todo lo que ves acá, este hotel con todas sus comodidades, es nuestro, y también puede ser tuyo…

-¿Cómo así? –Pregunté, muy intrigado-, ¿qué tengo que hacer?

-Casi nada –dijo Roberta-, algo muy sencillo; solo ingresar a nuestra comunidad…

-¿Qué comunidad es esa?, ¿de qué se trata?

-Una comunidad de amor compartido, libre –explicó Mauricio-. Julia me ha dicho que tú eres una persona de mente abierta, liberal…

-Sí, mi vida –intervino Julia, ansiosa, apretando mi mano-. Yo le he dicho que tú eres una persona moderna, de mente abierta, que crees en el amor libre…

-¿De qué carajo están hablando? –Me molesté.

En ese instante, el botones llegó con el whiskey. Mauricio sirvió los vasos. Luego alzó la cara y me miró a los ojos.

-Mira, Arturo –dijo-, hace unos años atrás, cuando Roberta y yo radicábamos en Los Ángeles, entramos en una etapa de monotonía, de aburrimiento, incluso hablamos de separarnos, pero un amigo nos recomendó un club de intercambio. Fuimos, probamos, y nos gustó. Todo floreció en nosotros, nuestros lazos afectivos se volvieron más fuertes, indisolubles. Decidimos regresar a Chile y realizar una labor pionera. Pero quisimos ir más allá de un simple club swinger. Nosotros hemos forjado una comunidad donde compartimos todo, no solo nuestras parejas, sino también nuestros patrimonios, nuestras vidas. Lo que es de uno, o de una, es para todos. En pocas palabras, somos una hermandad.

-Sí –remarcó Roberta-, una hermandad, una red de hermanos que se extiende por toda la sociedad. Pero preferimos pasar desapercibidos; nos ocultamos entre la gente, en la oscuridad, como los gatos en la noche. Julita ya nos ha dicho que está de acuerdo en integrarse. Hemos pensado que ustedes son las personas ideales para realizar una labor pionera en Perú…

Ya no pude contenerme. Estallé de ira.

-Váyanse a la mierda –les grité-. Yo no voy a ingresar a esa hermandad del demonio. Yo me largó de aquí –tomé a Julia de un brazo, y le ordené-: Y tú te vienes conmigo.

Pero Julia se resistió. Se zafó de mis manos. Y me miró con odio:

-Eres un hipócrita –me increpó-, un mentiroso; tú no crees en lo que dices. Me has engañado. Yo no regreso contigo –volteó la cara hacia Mauricio, y le pidió con voz suplicante-: ¿Me puedo quedar con ustedes?

-Bueno –dijo Mauricio-, la regla es que solo se admitan a parejas estables… Pero, dadas las circunstancias, creo que podemos hacer una excepción…

Roberta trató de consolarme; me habló con un dejo de pena:

-Eres un chiquillo, un pobre chiquillo que no sabe nada de la vida. Pensé que eras otra clase de persona. Adiós, Arturo…

Los tres me dieron la espalda, caminaron a lo largo del hall, se metieron a un ascensor y desaparecieron de mi vista. Yo tardé unos minutos en darme cuenta de lo que había pasado. Después grité, pateé los sillones, hice un berrinche, hasta que el botones y el recepcionista me sacaron a la calle.

Al día siguiente me marché de Valparaíso. Todo el camino de regreso a Santiago me lo pasé pensando, inventando argumentos para explicarle al padre de Julia, a mis amigos, por qué no retornaba con ella. Inventando pretextos para no develar al miserable y estúpido conservador que llevaba agazapado muy dentro.

 

Luis Fernando Cueto. Es escritor, poeta y abogado, y en la actualidad es uno de los autores más leídos y respetados dePerú. Actualmente reside en Alemania.