Por Claudia Salazar Jiménez

 

El epicentro de la pandemia, dicen.

Ayer salió el sol, después de varios días lluviosos y grises. No lo dudé y salí a caminar un rato con una máscara por primera vez. Estaba por Riverside Drive y los lentes se me empañaban, pero me fui acostumbrando y seguí caminando. El barrio parecía normal, hay un parque estatal cerca donde está permitido entrar y hacer ejercicios, pero no hacer deportes en grupo. Seguimos manteniendo la distancia social. Esa lejanía que nos permitiría estar a salvo de un contagio.

Subí hacia Broadway. El sol ya se me había metido, con su calor y la primavera, en el cuerpo. Sonaban algunas sirenas de ambulancias y de bomberos. Se han vuelto el soundtrack de la ciudad en estos días. Algo común. Llegué a la entrada de mi estación del tren y tuve ganas de entrar. Las cosas que extraña una…

Vi una ambulancia, y luego el camión de los bomberos. Se detenían a una cuadra de donde yo estaba. Quise ir a mirar. Se acercaba también un patrullero. Había cerca un puesto de frutas. Me acerqué más y vi el círculo de gente. Un par de pasos más y yo también lo vi.

El hombre estaba en el piso.

Inerte.

crónicaNY3

Los enfermeros se acercaron lentamente, mientras se ponían los mandiles protectores y los guantes. También las mascarillas. “Estábamos ahí nomás y lo vimos saliendo de la tienda y en eso pum se cayó”, decían unas señoras -en español- a otra que le preguntaba. “Se cayó nomás, así”.

Varios teléfonos y fotos. Yo sigo esa corriente. Casi mecánicamente. El hombre sigue en el piso y todavía no se le acercan. Llegan más enfermeros. Se ponen los mandiles, las mascarillas, etcétera. El hombre sigue en el piso. Uno de los enfermeros -¿o policías?- hace un gesto con la mano y las personas que estaban más cerca se retiran un par de pasos. Esa onda expansiva llega hasta mí. Me doy cuenta de que la gente a mi alrededor está muy cerca. Riesgosamente cerca. Mejor alejarse.

Voy a la berma central de Broadway porque quiero seguir viendo. Saber qué le pasa al hombre. ¿Estará vivo?

Hay dos personas más en la berma, pero a saludable distancia.

Llega otro patrullero. Los carros en Broadway se anudan por ver lo que sucede. Más gente se queda mirando de lejos. Los bomberos se van. Alguien saca una camilla de la ambulancia. Uno de ellos lleva algo que parece una caja de herramientas pero, asumo, debe ser un equipo de resucitación.
No llegan a usarlo. Levantan al hombre entre cinco y lo ponen en la camilla. Le han puesto un ventilador manual. ¿Será un caso de coronavirus? Entran en la ambulancia y cierran la puerta. Recuerdo que hace un par de días salió un nuevo protocolo para los trabajadores de emergencia. Básicamente, tienen que hacer todo lo posible por resucitarlos en las mismas ambulancias, para evitar llevarlos a las emergencias de los hospitales que ya están sobrecargadas por los casos de coronavirus. ¿Qué le sucedería a este hombre?

crónica NY2

Los minutos pasaban y la ambulancia no se movía.

Habrían pasado diez, quizás quince minutos y decidí regresar a casa. Ojalá que lo del hombre haya sido solamente un desmayo.

Hace dos días vi que el código postal con el mayor número de infectados en Manhattan está a pocas cuadras de mi casa.

He visto algunos diciendo eso del “epicentro de la pandemia” casi con emoción, como si fuera algo aventurero, bordeando lo épico. Pero cuando ves un hombre desplomado en el suelo y la posibilidad de que no lo lleven a un hospital porque las salas de emergencia están saturadas, la frase se revela en toda su macabra oscuridad.

 

Claudia Salazar Jiménez, escritora peruana, es Doctora en Literatura por la Universidad de Nueva York. Su novela «La sangre de la aurora» obtuvo el Premio Las Américas. También ha publicado el ibro de cuentos «Coordenadas temporales» y la novela histórica juvenil «1814: año de la independencia». Actualmente vive en la ciudad de Nueva York.