© Por Diego Trelles Paz – 2017

Ilustración de Fer Taboada Del Castillo tomada de la red.

DELIRIO
Nosotros aprendimos a jugar al fútbol en la pista, en ese espacio largo y angosto por el que circulaban lentamente los coches en Lima antes de que el tráfico acabara con la ciudad. Nuestros partidos eran batallas épicas. No éramos pobres pero jugábamos como si lo fuéramos porque en el barrio no había canchas ni parques y el fútbol era tan intenso que a nadie parecía importarle que, de vez en cuando, tuviéramos que esquivar uno que otro coche para marcar un gol. Los arcos solían ser dos piedras equidistantes cuya longitud se medía contando tus pasos, al ritmo ajustado y nervioso de un equilibrista. Los goles solo eran válidos si la pelota ingresaba tocando el piso. Para ganar había que marcar diez veces y por dos goles de diferencia. No era posible quedar empates. El fútbol no era un ejercicio sano ni solidario. Era intenso e insensato como un delirio y generaba una dulce adicción.

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TRAUMA
Aunque era muy joven cuando supe que sería escritor, en mis recuerdos de infancia siempre hay más balones que libros. Por entonces no tenía conciencia de nada, actuaba por impulso y eso me hacía feliz. Nunca fui un gran jugador. Era claro que mi relación con el fútbol sería la del hincha que sufre. Después de 1982, sufrir por el fútbol en el Perú se volvió en sí mismo un deporte. Esa fue la última vez que clasificamos a un Mundial. Yo tenía seis años y lo único que recuerdo es que, luego de la goleada que nos propinó Polonia, me puse a llorar. También lloré el día que Chile nos eliminó en Santiago por las eliminatorias al Mundial de Francia 98. Solo necesitábamos un empate y perdimos por cuatro goles. Casi rompo el televisor de rabia cuando el delantero Marcelo Salas metió el último gol y tuvo la cobardía de celebrarlo con burla. Desde entonces, Salas es el emblema del fútbol altanero y mala leche que odio y rechazo casi por trauma.

CORAZÓN
Jorge Luis Borges detestaba el fútbol. Prefería la elegancia del ajedrez frente a ese juego “de insensatos” que era popular “porque la estupidez es popular”. Pier Paolo Pasolini, gran jugador de fútbol, pensaba distinto. Para él, el fútbol era un lenguaje con sus prosistas y sus poetas en el cual todo gol, como la palabra poética, “es siempre una invención, es siempre una perturbación del código (…) ‘ineluctibidad’, fulguración, estupor, irreversibilidad” y, por eso, “el máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”. Más que por su valor de verdad, me interesa contraponer las citas de Borges y Pasolini —escritores a los que admiro por distintas razones— por lo que me sugieren y evocan.

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La primera vez que escuché la palabra “poeta” asociada al mundo más bien prosaico del fútbol fue a través de César Cueto: el magistral volante de la selección peruana que brilló en los mundiales de Argentina 78 y España 82, y al que todavía se le conoce como “el poeta de la zurda”. Cueto fue el autor de ese pase de gol con el que Juan Carlos Oblitas batió el arco de Francia el 28 de abril de 1982, en un encuentro amistoso que, sorpresivamente, en el mismísimo Parque de los Príncipes y con Michael Platini en la cancha, terminó ganando el Perú.

 

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Es muy probable que este recuerdo, que en el Perú sigue teniendo rango de hazaña y que el ciudadano recuerda y repite para curarse del fracaso de treinta y seis años sin ir a un Mundial, sea solo una estadística olvidada para el francés promedio. En el terreno de la lógica, Borges, sin duda, tenía razón al denunciar esta insensatez. El gran problema de esta fría racionalidad es que queda Cueto y, con él, esa lengua no verbal llamada fútbol en la que, siguiendo a Pasolini, es imposible no reconocer la belleza y la emotividad de su poesía.

Me gusta el fútbol por esa contradicción que siempre, desde niño, ha logrado conmoverme. La razón no sirve para entender lo que ha sido hecho para estar del lado del corazón.