Por Verónica Jiménez

Esos juegos nuestros eran serios, aunque nos riéramos. Abre más la boca, me pedía Jerónimo. Luego comenzaba a morderme los labios, me apretaba contra él y metía sus manos por mi espalda, por debajo del pelo, hasta llegar a la nuca. Estábamos en un rincón de la escuela que nos servía de escondite. Jerónimo se sacaba la corbata, se desabotonaba el cuello de la camisa y me buscaba después de la última clase. Teníamos apenas diez o quince minutos para llegar ahí y estar un rato besándonos y tocándonos. Pronto, demasiado pronto, sentíamos los pasos del cuidador, un viejo de espesos bigotes negros que revisaba las salas y el patio para cerciorarse de que todos se habían ido, que no quedaba un solo estudiante travieso, un solo ladrón. Él, sin embargo, llenaba los bolsillos de su cotona con lápices, monedas o golosinas olvidadas. “¡Para ya, Jerónimo!”, le pedía yo cuando oía venir al viejo, que a veces daba portazos tras meter las narices allá o acá, mientras incrementaba su modesto botín. Teníamos entonces trece años, pero él me ganaba en experiencia. Tres veces a la semana se levantaba a las cuatro de la madrugada para acompañar a su padre y a sus hermanos mayores a la vega. Antes de que amaneciera completamente, terminaba de cargar, a la par con ellos, el camión que conducirían luego hasta la feria, donde Jerónimo continuaría trabajando hasta las doce. Cuando llegaba a clases, lo hacía recién bañado, con el pelo aún húmedo. Olía a jabón y a cerezas.

Jerónimo no ocupaba un lugar especial entre los seis hermanos. Era el penúltimo. Su hermano mayor, un dirigente admirado por todos, gozaba también del respeto de su padre, que a menudo lo consultaba antes de tomar una decisión. El menor, Ricardo, acaparaba toda la atención de la madre y no tenía mayores deberes a sus diez años. Las mujeres comentaban que cuando grande sería el
más guapo, incluso más que Jerónimo, que tenía unos vibrantes ojos negros y una boca bien dibujada.

Un viernes por la tarde Jerónimo apareció por mi casa. Le dije a mis padres que iríamos por ahí cerca y que volveríamos en un rato. Comenzaba a oscurecer y en la calle se encendían ya las luces. Caminamos hacia el parque y, al llegar, él se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó una foto carné. –¿La quieres? –me preguntó. –¿En serio? ¿Me la das? –Si la quieres, sí. Miré la foto y luego lo miré a él. –Te ves igual de feo –le dije. Entonces, él comenzó a hacer muecas y a sacar la lengua. –Tonto, la foto es mejor que tú –le dije entre risas. Y la guardé en uno de los bolsillos de mi pantalón. Nos recostamos en el pasto, junto a unos matorrales que nos servían de pantalla para esquivar la luz de los postes. De lejos se oía una canción que Jerónimo empezó a tararear: oh won’t you show me the way. Mientras cantaba, repasaba con un dedo, como dibujándolos, mis cejas, mi nariz, mi boca. En algún momento, se desabotonó la camisa. Nos besamos y nos acariciamos como en la escuela, como estábamos acostumbrados, pero esta vez podríamos ir más lejos. Me abrí el cierre del pantalón y él metió su mano, primero por encima del calzón y luego por debajo. Sentí un escalofrío. Giré la cabeza en dirección a la calle y entreabrí un poco los ojos. En ese instante, me sobresalté al ver la luz de una baliza que giraba y parecía rasgar el aire tibio del anochecer. También Jerónimo la vio y se quedó quieto. La patrulla se deslizaba muy lentamente, sin hacer sonar la sirena. No era extraño verlas circular en las horas previas al toque de queda. Jerónimo levantó la cabeza y siguió con la vista al vehículo hasta que, después de unos minutos, desapareció al girar en una esquina. –Abre más las piernas –me dijo.
–¿Y si vuelven? –Ya se fueron. No van a volver –respondió. De inmediato nos desentendimos de lo que podría ocurrir más allá de donde nos encontrábamos. Rodamos abrazados y en un momento él quedó encima mío. Su pene, rígido como un palo, me rozaba las piernas y su pecho latía intensamente. Demasiado pronto advertimos que la patrulla había regresado haciendo girar la baliza. “Esperemos”, susurró, mientras me acariciaba el pelo y me besaba la frente. Nos mantuvimos expectantes varios minutos. –No se van a ir –dijo de pronto –. Arréglate la ropa. Nos subimos rápidamente los pantalones y nos sentamos en el pasto, que ahora parecía estar frío y húmedo. Me acomodé la blusa sin abrocharme el sostén. Jerónimo terminó de abotonarse la camisa y se ordenó el pelo con las manos. Vi cómo sus finos cabellos parecieron resplandecer contra un foco de luz mientras los alisaba con los dedos. Era el haz de una linterna que crecía a medida que el sonido de unos pasos sobre la gravilla se acercaba más y más, hasta llegar a un punto en que tuvimos sobre nosotros las gorras de dos carabineros. –Y ustedes, ¿qué están haciendo aquí? Párense –ordenó el más alto. Jerónimo me ayudó a levantarme y miró de frente al interrogador. –Estábamos paseando –respondió. –¿Y a esta hora? –Es que vivimos cerca. –¿Qué edad tienes? –Dieciséis. El otro policía nos alumbró a cada uno de pies a cabeza. –¿Y eso? –preguntó, enfocando de cerca uno de mis muslos– ¿Es sangre? Bajé la vista para mirar el punto señalado por la linterna y me percaté de que mis pantalones lucían unas manchas oscuras y húmedas. –Es barro –dije. –¿Qué edad tienes?
–Trece –respondí, aunque me arrepentí inmediatamente, pues comprendí que, si Jerónimo se había aumentado la edad, yo también tendría que haberlo hecho. –Los vamos a llevar con sus papás –dijo uno de ellos. No respondimos. Y es probable que él haya esperado que le rogáramos que no lo hiciera, porque luego de unos segundos, y como ambos seguíamos callados y erguidos, rectificó sus palabras: –Voy a contar hasta diez, así que corran. Al doblar la esquina, oímos que gritaba: -¡Ocho! ¡Nueve!

Esperé que Jerónimo viniera a buscarme el día siguiente, pero no vino. El domingo fui con mis padres a casa de mis abuelos. Casi no hablé aquella tarde. Me perdía en imaginaciones: si no hubiese pasado esa patrulla cerca del parque, o si hubiese desaparecido definitivamente al doblar la esquina, o si los carabineros, hastiados de repetir cada noche la misma rutina, se hubiesen quedado en el vehículo conversando de cualquier cosa, sin bajarse a husmear ni exponer a nadie a sus groseras existencias. Extrañé a Jerónimo cada segundo de ese día y también las primeras horas del lunes. Ya en la escuela, aguardé ansiosamente el momento en que atravesara la puerta de la sala y me mirara. Pero no llegó, ni tampoco los días siguientes. Durante una semana no supe nada de él.

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Volvió a clases un martes. Yo me disponía a entrar a la escuela cuando él me hizo una seña desde la esquina para que lo esperara. Creí que sonreiría al llegar a mi lado, pero no lo hizo. Me besó en la mejilla y caminamos hasta la sala sin hablar. En lugar de entrar, nos quedamos unos instantes afuera, montando una frase sobre la otra. –Tenía ganas de verte –dijo. –Yo también. Pero me daba vergüenza ir a tu casa. –¿Vergüenza? ¿Por qué?
–No sé. –Mi papá está enfermo. Se va a morir. –¿Cómo lo sabes? –El médico le dijo eso. Hace una semana que no se levanta. Traté de imaginar a su padre moribundo, pero no pude. Era un hombre alto y macizo, hablaba con entusiasmo y se reía mucho. Lo había visto descender de su camión y bromear con un vecino levantando la voz, la única vez que había ido a la casa de Jerónimo con unos compañeros. Cuando sonó el timbre, la profesora asomó la cabeza entre las dos hojas de la puerta para decirnos que debíamos entrar. Como siempre, Jerónimo se sentó cerca de la entrada y yo, unos metros más atrás. Durante la clase observé varias veces su pelo, su nuca, su espalda, y sentí deseos de abrazarlo. La profesora parecía percibirlo, pues me miraba a mí, luego a él, y después volvía a examinarme con la vista.

Jerónimo comenzó a ir a clases un día sí y un día no, ya casi indiferente a las materias de la escuela. Un día me ofrecí para ayudarlo a estudiar y me fui con él a su casa; llevaba el cuaderno de sociales con la intención de leerle en voz alta mis apuntes sobre las etapas de la prehistoria. Pero apenas entramos, entendí que no sería fácil que se concentrara. Había allí una atmósfera, no de aflicción, sino ajena al mundo. Su madre se movía por la cocina destapando y revolviendo distintas ollas, preparando una sopa aguada para su marido y varios platos más para el resto de la familia. Cuando entramos, sonrió brevemente y se acercó a su hijo para besarlo en la frente. Avanzamos por un pasillo hacia el fondo de la casa. En la mitad, Jerónimo se detuvo y entró en una habitación cuya puerta permanecía abierta. Pude ver el bulto que hacía el cuerpo de su padre bajo las colchas. Desde donde me encontraba no le veía la cara, aunque sí pude distinguir su mano acariciando la cabeza de su hijo, mientras éste se abrazaba a sus piernas. Cuando por fin salió de la habitación, Jerónimo apoyó la espalda contra la pared, alzó la vista y cerró los ojos. Luego de unos instantes, le dijo a su madre que iríamos a estudiar atrás, a la pieza de Marco, el hermano mayor.

Atravesamos el patio y entramos en un pequeño departamento aislado del resto de la casa. Había allí una mesa y dos sillas y, más allá, una cama y un estante bajo con libros. El lugar era silencioso, iluminado y cálido. Sobre las paredes, Marco había pegado recortes con fotos de bandas de rock. Me detuve a mirar una de E, L & P. –Fanfarria para un hombre común –le dije con entusiasmo. –También me gusta –respondió él, al tiempo que sacaba un cuaderno y un lápiz y se sentaba delante de la mesa. Me senté frente a él y comencé a leer en voz alta. Cuando me detuve para tomar aire después de unos minutos, observé su cuaderno y descubrí que no había escrito una sola palabra. Levanté la vista y lo miré a los ojos. Sostuvo mi mirada, ladeó la cabeza y la apoyó en uno de sus hombros. No parecía ni preocupado ni triste, sino sereno. –Voy a cerrar la puerta –me dijo. Lo miré mover el pestillo. Luego fue a la ventana, dio un vistazo hacia afuera, corrió la cortina y volvió a descorrerla en seguida. –Mi mamá está ocupada –murmuró. Guardé el cuaderno y fui a sentarme a los pies de la cama. Jerónimo se sentó a mi lado, puso una mano sobre mi rodilla y, con el dedo índice, comenzó a dibujar círculos, lentamente. –Los pacos no pueden entrar acá a molestarnos –dijo. –No –contesté riendo. Nos miramos, cerramos los ojos, volvimos a mirarnos. Luego, lo ayudé a desabotonarse la camisa y él me bajó el cierre del jumper. Tardamos apenas unos segundos en estar desnudos uno frente al otro. Jerónimo sonrió entonces mostrando los dientes y pude ver en sus ojos un destello intenso, envolvente. Nos metimos entre las sábanas, tapados hasta la cabeza, pero pronto el calor se volvió insoportable y, como además nos faltaba el aire, terminamos arrojando al piso la ropa de cama. Libres ya de cualquier obstáculo, nos dejamos llevar por un torbellino de susurros y jadeos.
–¿Te duele? –me preguntó al oído. Abrí los ojos para responderle que no. Su cara estaba repleta de pequeñas gotas de sudor y un mechón de pelo humedecido se le había pegado a la frente. La cama crujía de un modo salvaje. Cuando acabamos me pidió que no me moviera. –Me gustaría estar siempre así –dijo. Pero pronto recordamos donde estábamos y comenzamos a vestirnos. Él buscó una toalla, limpió la cama y entre ambos estiramos las sábanas y las frazadas. Después, nos arreglamos el pelo y nos sentamos en silencio junto a la ventana. Unos rayos oblicuos de sol iluminaban las pupilas de Jerónimo, en las que se reflejaban las ramas de un árbol. Cuando vimos aparecer en el patio a Ricardo, su hermano pequeño, decidimos salir.

Jerónimo no fue más a la escuela desde ese día. Las semanas siguientes buscamos repetir esos momentos que juntos habíamos inventado, pero las posibilidades nos eran esquivas, ya fuera porque, debido a la enfermedad de su padre, cada vez había más gente en su casa o porque él trabajaba ahora todos los días y apenas tenía tiempo para estar conmigo. –Tú vas a seguir estudiando y yo ahora sólo voy a trabajar –me dijo un día-. ¿Te das cuenta? –¿De qué tengo que darme cuenta? –le pregunté molesta. –Después vas a saber. Le había comentado días atrás que me matricularía en un liceo al año siguiente. Me pareció que a partir de esa conversación él estaba inventando una excusa para que no nos viéramos más y, como de ahí en adelante empezó a rehuirme, luego de un par de meses terminé por aceptar la situación y finalmente dejé de ir a su casa. Un día, al final del semestre, lo encontré en los alrededores de la escuela. Llevaba de la mano a Ricardo y se acercó a saludarme. Cuando me besó en la cara quise abrazarlo, pero él bajó la vista, mientras acariciaba el pelo de su hermano.
–¿Cómo está tu papá? –pregunté. –Igual, en cama, tranquilo. ¿Y tú cómo estás? –Bien. ¿Y tú? –Bien. Después de unos instantes, movió las cejas, como intentando despedirse. No sé cuánto tiempo más se quedaron parados ahí Ricardo y él, porque di media vuelta y caminé rápidamente para alejarme de ellos. Estaba molesta, pero como hice un gran rodeo para llegar a mi casa, cuando crucé la puerta, la rabia se había transformado en tristeza.

La enfermedad del padre de Jerónimo no era más que una secuela de haber sido torturado contó mi papá una noche mientras comíamos. Me sorprendieron sus palabras y le pedí detalles, pero me dijo que no los sabía, que sólo eso le había comentado un compañero de trabajo que conocía al hombre desde hacía muchos años. –Los golpes, las pateaduras, quién sabe, cosas que uno ni se imagina –dijo papá. Me di cuenta de que para Jerónimo la agonía de su padre tenía unos matices que yo no alcanzaba a comprender. Decidí que uno de esos días iría a su casa para que conversáramos, pero a la mañana siguiente recordé que él había inventado una excusa para que no nos siguiéramos viendo y desistí.

Cuando entré al liceo conocí a otros chicos y dejé de acordarme de él. Con uno de ellos estuve casi un año y creí que eso duraría para siempre, pero cuando terminamos, y después de algunos llantos, me involucré con otro, y así. Al concluir la enseñanza media, sumaban una decena y luego, en primero de universidad, hubo un par más. El padre de Jerónimo resistió aún dos años hasta que finalmente murió. Mi mamá se enteró semanas después del funeral. Creí que sería bueno ir a su casa, pero al llegar allá la encontré cerrada y, aunque llamé, nadie abrió la puerta. No volví a intentarlo.
El segundo año de universidad comencé a participar en marchas y mítines y me relacionaba de otra forma con los hombres. Eran encuentros fugaces o duraban, cuando mucho, un par de meses. Yo tenía cosas qué hacer y, además, me ocupaba de los estudios con una rigurosidad que antes no habría sospechado, sobre todo después de haber pasado una noche detenida en un cuartel sin mostrar miedo ni frío. Un día en que la ciudad se encontraba paralizada y las patrullas se desplazaban persiguiendo y deteniendo a cuántos podían, hice caminando el trayecto hasta mi casa, distante siete kilómetros del centro. Al principio éramos un grupo grande, pero a medida que avanzábamos algunos se iban abriendo, tomando distintas rutas, hasta que finalmente quedamos dos, una chica a la que recién había conocido y yo. Antes de cruzar el Mapocho, dimos unas vueltas para evitar ser detenidas por un contingente de militares apostados junto a unos camiones. El aire estaba denso a causa de las lacrimógenas y el humo impedía ver a una cuadra de distancia. En un momento, vimos venir a un grupo de personas corriendo en dirección contraria a la nuestra. Supimos que teníamos que devolvernos e intentar rehacer el camino después. Mientras giraba sobre mis pasos, vi pasar a Jerónimo. La última vez que lo había visto, aún no cumplía catorce. Sin embargo, era imposible que no lo reconociera ahora. Bastante más alto, su cuerpo se había robustecido, se había dejado crecer el pelo y llevaba bigotes. Un hombre lo llamó mexicano y él, con un gesto, le indicó que lo siguiera. En uno de los bolsillos traseros de su pantalón se asomaba una pañoleta. Él se dio cuenta, la sacó y la dejó caer. Cruzaron velozmente la calle y Jerónimo, con gran habilidad, saltó unas vallas y ayudó a su amigo a hacer lo mismo. En pocos segundos lo perdí de vista. Tras retomar el camino hacia mi casa, repasé cientos de veces su imagen atravesando fugaz el aire enrarecido de la tarde. La impresión que dejó en mí, me mantuvo ausente de mis ocupaciones el resto de ese día y el día siguiente. Me hice muchas preguntas acerca de Jerónimo, y todas las respuestas eran sí. Sería tan fácil, me decía, recorrer esas veinte cuadras que me separaban de su casa para hablarle. Pero también sabía que para él habría sido igualmente fácil hacerlo
alguna vez, en todos esos años, todos esos años que se habían desplazado como sombras, y, sin embargo, jamás lo había hecho. Por alguna razón, nunca lo hizo.

Al año siguiente murieron decenas de personas en las calles. Una noche, nos enteramos de que habían matado a Ricardo. Fue como si un trueno hubiese estallado dentro de mi cabeza. El chico, de diecisiete años, había sido encontrado boca abajo con dos balazos en la espalda en una calle muy alejada de su casa. Debido al toque de queda, su cuerpo estuvo tirado en la vereda toda la noche antes de que los vecinos del lugar pudieran pedir ayuda. Todos esos datos iban siendo aportados por personas que conocían a la familia, ante el pavor de quienes oíamos el relato. Un día después, la televisión mostró un primer plano de la cara de Ricardo tomada de una foto carné, mientras una voz en off afirmaba que el muchacho había muerto al explosionar una bomba que él mismo trataba de instalar. Recordé la foto que me había dado Jerónimo en el parque, que aún conservaba; su hermano había llegado a parecerse mucho a él. No despegué los ojos de la pantalla. Una cámara hizo un paneo de la fachada de la casa familiar, para ingresar luego por el pasillo y llegar hasta el departamento interior al que habíamos entrado hacía siete u ocho años con Jerónimo para estudiar. Esa vez, él no había querido tomar apuntes mientras yo leía la materia en voz alta y, en cambio, había cerrado la puerta para que nos metiéramos en la cama e inventáramos juntos un breve episodio de felicidad. Sobre la cama, la televisión mostraba una gran cantidad de armas y municiones, mientras la voz en off detallaba las piezas de un supuesto arsenal. Nuevas imágenes de la entrada de la casa tenían después a la madre como protagonista. Se había convertido casi en una anciana, parecía más pequeña y delgada. La cámara se desplazó luego hacia la derecha y se cerró en un plano en el que aparecieron dos de sus hermanos. Uno de ellos era Marco, el mayor. Al instante, podía verse un gran contingente de uniformados y civiles circulando por la vereda y dentro de la casa. Según el reporte, el allanamiento había durado más
de una hora, sin embargo, la televisión lo exhibía condensado en un montaje vertiginoso de breves cuadros sucesivos, logrando construir una sinopsis eficaz. Me sentí completamente abatida frente al televisor. Hacía mucho tiempo Jerónimo había sugerido que habría en el futuro una diferencia entre ambos, porque yo seguiría estudiando y él, no. Después vas a saber dijo esa vez, pero no había mucho más que saber en verdad, al menos no en el sentido que él le había dado a la frase que en ese momento no entendí. Se había equivocado y, de ahí en adelante, hizo cuanto pudo por perseverar en ese error. Miré de nuevo el televisor y, en una visión inesperada, la pantalla se llenó con su figura y luego con su rostro, que miraba fijamente a la cámara. Ya no llevaba el pelo largo, como la vez anterior en que lo divisara fugazmente, pero aún usaba bigote. Lo miré de frente, a sus veintiún años, con los mismos rasgos que tenía a los trece, pero ahora remarcados vigorosamente por la edad. Y, en el fondo de su mirada desafiante, percibí de golpe un destello de dolor. Cerré los ojos.

Los años se pliegan uno encima del otro y apenas nos damos cuenta. Las estaciones vienen y van. A veces nos cubre una breve lluvia y de pronto sale el sol. Uno ve llegar la primavera y sabe que algo va a crecer. Tenemos valor, y las cosas se vuelven claras de tanto en tanto. Pero una sola sensación puede derribarnos: un color, un haz de luz, el olor de ciertas frutas. Entonces nos transformamos en una hoja que flota sin destino en el aire tibio de la noche.