Tardes con Jerónimo

Por Verónica Jiménez Esos juegos nuestros eran serios, aunque nos riéramos. Abre más la boca, me pedía Jerónimo. Luego comenzaba a morderme los labios, me apretaba contra él y metía sus manos por mi espalda, por debajo del pelo, hasta llegar a la nuca. Estábamos en un rincón de la escuela que nos servía de escondite. Jerónimo se sacaba la corbata, se desabotonaba el cuello de la camisa y me buscaba después de la última clase. Teníamos apenas diez o quince minutos para llegar ahí y estar un rato besándonos y tocándonos. Pronto, demasiado pronto, sentíamos los pasos del...

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