Por Hugo Dimter P.

El gordo más gordo de la Villa San Luis en Quilicura era uno de quienes vendían droga en ese block de departamentos de cuarenta metros cuadrados, con las escalinatas llenas de papeles y envoltorios tirados con desgano. Ya había anochecido y en la esquina se estaba quemando un departamento mientras los carros de bomberos -recién llegados- emitían sonidos alarmantes. Carreras y gritos, insultos y lamentaciones. Unas morenas lloraban desconsoladas en tanto algunos vecinos tiraban agua con tarros plásticas que alguna vez tuvieron pintura.
El gordo estaba abajo rodeado de gente que iba de acá para allá en las sombras. Había mujeres dando vuelta, niñas y ancianas; algunas volvían de comprar pan u otras cosas en una especie de feria que se alargaba durante varias cuadras. Eran cerca de las nueve de la noche y , pese a los bomberos, todo parecía una fiesta. Los haitianos, colombianos, peruanos, venezolanos y dominicanos daban vueltas y los más jóvenes conversaban en las esquinas mal iluminadas, con zapatos colgados del tendido eléctrico. Quilicura se transformó en un segundo en un barrio del Caribe o del Bronx, con olor a sopaipillas y empanadas fritas mientras los perros observaban desde lejos esperando un milagro de huesos y anticuchos grasientos.. Pero el que vendía la droga era ese gordote que ahora parecía no tener hambre ni sed, y era chileno. El gordo que apenas se movía tenía un ayudante, un cuarentón de pelo largo, quien con los ojos rojos y una cerveza en la mano narraba sus años de esplendor, cuando jugaba de 8 en un equipo de la Palmilla en Conchalí y era el capitán de su equipo.”Nunca pegué una patada. Todas las recibía yo”, señala y le da un sorbo a la lata de cerveza, mientras ríe con los pocos dientes que le quedan.
-Ya, ya, déjate de transmitir y tráeme tres Crispy para mi amigo- le ordena el gordo. El ayudante fuma pasta; con eso le paga el gordo. Se ve buen tipo. Antes de llevarme con el gordo, atravesando pasajes y callejones, me pregunta si soy yuta, si soy policía. ¿Cómo se le ocurre? ¿Tengo cara de yuta?, le respondo. Me mira sonriendo y dice “sí”.
Nos reímos, él con entusiasmo; yo con nerviosismo. Ya estamos llegando a destino.

En un instante se detiene y me comenta casi como confesión: “Yo jugaba de ocho, no solo por la derecha sino por todo el campo de ataque”, me dice. El gordo lo increpa, le refriega con insultos que se apure, pero él agrega con orgullo: “Me decían Falcao porque jugaba como él. Tenía su estilo. Y tenía el pelo largo y un enganche en velocidad que los dejaba tirados.Yo hice el gol de Falcao a Italia el 82 muchos antes que él. La misma jugada. El 76, imagínate. Todo comienza con un mal saque del arquero contrario. La bajo y se la doy al central que la desplaza a la izquierda, casi en la mitad de campo. Yo sé que se a dar una jugada de peligro y avanzo hacia el ataque.El lateral izquierda quiebra la cintura y se va hacia el centro. Yo estoy más a su derecha, a la entrada del área y me la pasa, siguiendo de largo arrastrando la marca de dos defensas. Yo me tiro hacia el centro y veo un hueco entre los defensores que se van hacia el otro lado. Avanzó un metro y disparó un derechazo que envía el balón más abajo del ángulo. Es un tiro rápido y potente. El arquero ni la roza. La pelota golpea las redes con violencia.

 

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-La puse ahí- me indica la subida de la escala.-. La gente se puso de pie aplaudiendo. Yo era un buen jugador. Pero la noche y la pobreza m ganó la partida- finaliza y le da el último sorbo a la cerveza. Alguien aplaude a lo lejos. Los bomberos han apagado el incendio que ha destruido la mitad del piso superior. El gordo se sienta, la silla se pierde en sus glúteos, y me dice muy campante, como si me hiciera un favor o me tratará de ayudar en una emergencia:
-¿Usted no es yuta, cierto? Y luego baja la vista como si en realidad ya no importara mucho la respuesta.