Retrovisor literario-futbolístico

Por Gonzalo Figueroa Cea

Tan sólo con escuchar el nombre Carlos Caszely me afloran los recuerdos de niñez y adolescencia más vibrantes como seguidor del fútbol. En efecto, las imágenes grabadas en mi mente, asociadas al centrodelantero y goleador de Colo Colo y de la selección chilena, son muchísimas, pero particularmente me quedó con tres: una asociada a los dos goles de la victoria alba sobre Cobreloa en los primeros días de enero de 1982 y que significaron un paso significativo en la obtención del título por parte del club de Pedreros en la temporada que finalizaba. Dos: un gol de hermosa factura en un clásico contra Universidad Católica en el verano de 1984: habilitó vía aérea Juan Rojas (El «Rápido») desde la izquierda y el ariete acomodó con tranquilidad ese balón, ante la mirada sin voluntad resuelta de los defensores cruzados, para derrotar con un remate alto y esquinado al arquero Leonardo Canales. Tres: dos goles contra el eterno rival, Universidad de Chile, a fines de febrero en el marco del torneo de apertura de 1985.

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Entrada la década del 80, tiempos de plena dictadura, los partidos de mayor convocatoria del fútbol chileno rentado y, en particular, los duelos que tuvieron lugar en el Nacional, sobre todo los de la selección, los de Colo Colo (el Monumental fue inaugurado definitivamente en septiembre de 1989) y los de la «U», no sólo dieron lugar a eventos catárticos, provistos de alto desahogo, sino que también a los últimos de un perfil hoy visto como romántico: estadios llenos en horario nocturno, reuniones dobles y un público que acudía en gran proporción en familia y que, más allá de las diferencias de colores de los clubes y cierta emocionalidad natural y tolerable, disfrutaba del espectáculo. En ese contexto Caszely no solamente fue uno de los futbolistas más admirados sino que también más queridos. No está demás señalar que tras el citado clásico contra los azules en 1985, la selección nacional jugó en el encuentro de fondo un amistoso con su similar de Perú, el que perdió 2 a 1. La opaca actuación de la roja motivo a que todo el estadio coreara el nombre de Caszely: «¡CAS-ZE-LY. CAS-ZE-LY». El «9» de Colo Colo había cumplido en el preliminar una actuación descollante ante la «U».

«Clásico de la literatura futbolera»

Y esta introducción no es netamente antojadiza: tiene un vínculo importante con el libro que reseño en estas líneas. «Calle larga con final de pasto» está escrito por el propio trigoleador de la liga chilena y, en cierto modo, podemos referirnos a aquel como un clásico de un subgénero que, aunque no es nuevo en el presente siglo, ha agarrado vuelo en el último decenio: literatura sobre fútbol.

El relato, de editorial Forja, puede ser obtenido con cierta facilidad en Internet y a módico precio. ¿Cuál es el nexo que quiero enfatizar?. Para que Caszely llegara a ser quien fue, hubo evidentemente una historia de vida que conmueve. Cuando el «chino» presentó el libro en octubre de 2011, con el también ex ídolo albo y entonces entrenador de la selección chilena, Claudio Borghi, y el escritor Antonio Skármeta, este último puso de relieve que la publicación recién estrenada «presenta una ternura muy especial debido a lo terrenal de las historias que cuenta». En efecto, en el arranque del libro, en esas páginas que en la mayoría de los relatos suelen tener una dedicatoria entre formal y poética, el ex futbolista y hoy periodista puso varias frase conmovedoras, entre las cuales van agradecimientos a su madre, a su padre, a su hermana Ana María y a su esposa María de los Ángeles «por permitir entrar en ti para entregarme cuatro hijos maravillosos». Pero rescató en las presentes líneas especialmente estas dos: «A mis hijos, que no supieron de su padre por el trabajo desarrollado hasta cuando fueron mayores». «A mis nietos que me hicieron sentir lo que es ser padre».

Tal como señala Skármeta en la parte posterior de «Calle larga con final de pasto», «la prosa de este libro se parece a lo que hace Caszely en la cancha: es rápida, alegre, juguetona y eficaz». Basta con ver el índice para anticipar todo un recorrido: «Plaza de mi barrio», «Estoy solo…necesito de ti», «En el patio de la Universidad», «Telegrama buena onda», «A pesar de que ya no estás», «Escúchame, hijo, mientras duermes», «Tres finales», «Reencuentro familiar», «la pelea Figueroa-Caszely», «Y me abracé al dolor», «No siempre 9 y 9 son 18», «Lluvia en los ojos» y «Minuto 42 del segundo tiempo» son algunos de los títulos que seducen para la lectura de 159 páginas.

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Pero hay algunos agregados no menores: testimonios de Rogelio Rengel, la esposa del centrodelantero: María de los Ángeles, Marcelo Salas, Sebastián Rozental, Hernán «Chamullo! Ampuero y la madre del futbolista, Olga Garrido; más fotografías del ídolo en distintas épocas y otras de figuras de la talla de Elías Figueroa, Rodolfo Dubó,Leonel Sánchez, Fernando Astengo, Colo Colo 73, el entrenador Luis Santibañez y las eliminatorias de España 82. En resumen, el material literario es generoso en esas 159 páginas. Rescataré algunos párrafos más que, quizás, den origen a la voluntad de compra de más de algún lector. Los de la primera parte están escritos por Caszely, mientras que el segundo por el destacado relator Vladimiro Mimica en el prólogo de la publicación: «A los treinta y tres minutos del segundo tiempo, penal en contra del puntero y Valdés se encarga de dejar el marcador 2 a 0; el descuento de Fischer, el «Lobo», del conjunto local, sólo sirvió de anécdota». «El pitazo final dejó triste al Maracaná, al igual que en el Mundial del 50, como lo cuenta un delantero uruguayo y lo escribe Eduardo Galeano en su libro de fútbol». «La alegría del camarín fue desbordante y la noche del hotel no tuvo hombres que pudieran pegar la cabeza en la almohada, pensando en la hazaña que habían realizado» («No fue uno más», página 52, episodio alusivo al triunfo de Colo Colo ante Botafogo en Río de Janeiro, durante la inolvidable campaña alba de la Copa Libertadores de 1973)

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«En las página de esta Calle Larga con final de pasto, Carlos, a su manera, recrea la vida de tantos y tantos que, como él, hicieron de sus días desafíos permanentes, entrega cotidiana, sonrisas anchas y ojos achinados que en tantas circunstancias reemplazaron a las palabras. Caszely no es de aquellos hombres de promesas incumplidas, de posturas falsas, de halago facilista. Quizás su sinceridad, su bien ganada pretensión de ser frontal, directo y sin dobleces, le han permitido el reconocimiento generalizado que, incluso, alcanza a los que frente a la vida y sus vaivenes no píensan como él. Carlos Caszely, me ha concedido el honor de prologar su obra, que no debe estar sujeta al análisis profundo ni a la crítica sesuda de los literatos, porque la pretensión del amigo es solo dejar volcada en estas páginas de fácil lectura, los sentimientos de un humanista que ha querido profundamente a la vida y que ha estado siempre dispuesto a jugarse por los más nobles ideales».

(Página 8, Prólogo, escrito por Vladimiro Mimica)

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