Germán Marín y su catedral de escombros

Por Rolando Gabrielli                                                       Ni siquiera lo que silbo está ya de moda.                                                                                         Germán Marín   El domingo por la tarde, no recuerdo la hora, mi hermano me  informó desde Bucarest, que  Germán  Marín  había muerto. La noticia  podía ser absurda proveniente de la patria de Ionesco, pero temía que  no, porque había leído hace unos días que el escritor tuvo una caída en su casa y por esas fechas dio su última entrevista, una especie de despedida con una gracia discreta y elegante.   Lo conocí por los 70 en el círculo de Enrique Lihn, Waldo Rojas,  Raúl Ruiz, Carlos Ossa y otros...

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