I

 

En aquel crepúsculo de arreboles me acordé de Adamo y Raphael: “Mi gran noche”.

Hacía casi un año que había terminado con Catalina, mi última pareja. Estaba de nuevo desolado. Terrible, yo, un hombre más que maduro, quien había tenido cinco esposas en cadena, más o menos eslabones de tiempo, nunca simultáneas, y unas cuantas amigas sin desventajas y ex parejas sin pasar por el Registro Civil. Un hombre fogoso que debió siempre, con cada dama, lidiar con el desciframiento de enigmas.

Cuando le conté a Daniela, mi primera ex esposa, que Catalina me había pateado, me dijo: las mujeres somos complejas, me conoces bien, no surprise. Nunca entendí por qué me abandonó.

Me acordé de Mafalda: “Hay mujeres tan complicadas que cuando se les aparece el Príncipe Azul, no es el tono de azul que querían”.

Y luego fue la Cata quien me dejó marcando ocupado. Merece que la mate, pensé, pero no hice nada. La noche previa ella había gritado un orgasmo de medio minuto. A eso se sumó su perra Lolita, subiéndose a la cama y acompañándola como loca con sus ladridos. Dicho de otra forma, le avivaba la cueca. Despertaron a los habitantes de los departamentos aledaños, y un vecino aplaudió desde su balcón y me gritó: “¡Bravo, ya dije que el Viagra era infalible!” Cuando terminaron los espasmos me dijo: tiras como los dioses y estoy realmente enamorada, “I love you… you, demon!”, en su inglés aprendido en The Grange School. Y se persignó: gracias Señor.

De ahí en adelante nunca más contestó mis llamadas, ni respondió WhatsApp o correos electrónicos. Volví a su departamento, el conserje me informó que ya había llegado, pero Catalina no me dio ni la hora.

El tipo me pasó un sobre a mi nombre. Lo abrí y adentro había solo una breve carta: Hijo de puta, leí tus WhatsApp, estás en conversaciones para volver con Amália, una de tus n! ex. Estuve a punto de quemar tu casa pero me arrepentí. Tú no vales la pena para que yo vaya presa por pirómana.

Esta noche, me dije, tengo que matar el chuncho. Jamás quise volver con ninguna de mis ex, solo escarceos inocentes entre gente de confianza que se conoce bien la piel y sigue queriéndose. Aún amo a Catalina, y soy de un solo amor, lo que no me impide andar oteando vitrinas.

Pero yo no sabía que la noche había cambiado, que los ritmos, que las edades habían cambiado. Que me convertí en un outsider de la bohemia santiaguina. Claro, habían pasado más de 30 años y era un raro en ese mundo donde el hip hop había reemplazado a la salsa.

Ingresé al local con mi confianza de antaño. Pero descubrí algo peculiar, desconocido. Estaba atestado de jóvenes, y había un grupo de hip hop en vivo, la salsa se limitaba a la previa, el intermedio y cierre.

Pedí mi habitual whisky y soda con mucho hielo. Esperaba a Rubén Blades o Héctor Laboe para ingresar a la pista. Me gusta bailar solo aunque prefiero acompañado. Empezó a sonar “Señales de humo”, de Juan Luis Guerra, me encanta esa salsa. Y se me acercó una chica de unos veintitantos años.

 

  • Yo te conozco, te vi en la marcha del 8 de marzo, estás con nosotras. ¡Qué bien!
  • ¿Cómo te llamas?, no tengo idea de ti –bebí un sorbo-. Sí, ahí estuve.
  • ¿Bailemos?… ¿y tú?

 

Y me tomó de la mano, llevándome a la pista. Bailaba muy bien, y una vez que le cogí su ritmo el tiempo se esfumó. Antes del término del tema me preguntó a boca de jarro:

 

  • ¿Quieres pololear conmigo?
  • Tengo pareja –mentí.
  • Yo también, cuatro. Lupe, Julio, que es trans, Rodolfo, gay, y Andrea, indecisa. Solo nos falta un macho heterosexual.
  • La puta madre.
  • ¿Cuál es el problema?
  • Tú me estás hueviando.
  • Para nada, soy poliamorosa.
  • Hummm… Esto merece una conversación seria. Quiero que me expliques, no entiendo nada… No aquí.
  • Como quieras, tengo que volver con mis amistades. ¿Pololearás conmigo?
  • Paso por el momento. Te invito a cenar a mi casa mañana.

 

La salsa terminó. Cogí un lápiz y le anoté en el reverso de mi tarjeta la dirección y la hora. Se la extendí, la besé en ambas mejillas y le susurré al oído.

 

  • Anda sola –mientras Constanza se perdía entre las mesas.

 

Al volver a la columna con una suerte de mesa o apoyo a un metro del suelo para dejar los tragos, bebí un corto sorbo de whisky y agua mineral. Pensé en Constanza y me sentí inquieto. ¿Pololear con ella? Me encantó su cadencia, su cuerpo y su hermosísimo rostro. Era la versión local de Romy Schneider, la única actriz que he amado. Pero es aún una chica, me dije, y terminé el trago de una sentada.

Retorné a bailar, ahora solo mientras duró la salsa. Hasta que divisé a la banda de hip hop ingresando al escenario. Constanza reapareció junto a cuatro jóvenes y se instalaron en primera fila. La música comenzó a sonar y la odié, parecía un extraterrestre en medio de esa multitud que desbordaba y hacia desaparecer todo espacio libre. Era un caos y las letras de las canciones un atentado a la poesía. Decidí partir.

Pagué y al salir caminando hacia la Plaza Italia me asaltaron en el puente Pío Nono. Me robaron mi cadena de plata, donde colgaban mi runa de la amistad, regalo de unos amigos, y mi estrella de oro blanco de seis puntas inscrita con los nombre de Sara, Rebeca, Raquel y Lea.

En el momento que me exigieron la billetera, con un cuchillo a la garganta, apareció una cuca y se detuvo. El lanza se esfumó. Los pacos como si nada reemprendieron la marcha.

Caminé hasta la Alameda y tomé un taxi. Llegué a casa y me acosté de inmediato.

Mi cabeza era un torbellino, hasta que ingerí un ansiolítico y un inductor del sueño. Caí en un estado de duermevela hasta que luego de más de una hora me dormí  pensando: de la que te has librado.

“Mi gran noche”, se había deflagrado.

II

 

Desperté tipo nueve. Había dormido ocho horas. Me sentía bien, como tuna. Nada de resaca, ni dolor de cabeza ni sentimiento de culpa.

Mientras tomaba desayuno me acordé de Constanza. Y me puse a pensar en el menú de la cena. Una buena picada con fondos de alcachofa, jamón serrano, queso fresco sazonado con aceite de oliva, orégano y semillas de sésamo, un buen queso brie, mayonesa al gusto y galletas de cóctel. De seguro no come carne, prepararé pescado al horno, merluza española, mi preferida, acompañada de papas salteadas al ajillo y paprika. Una ensalada de palta, palmitos y tomates cherry. Postre: tiramisú. Cervezas de 6°, blancas y negras, agua mineral y una Coca-Cola, y un vino tinto Carmenere reserva de excelente marca y unos cuantos años (recordé que lo tenía en mi cava del subterráneo). Ufff, me dije, esto va costar un dineral, ¡qué va!

Me fui de compras y al regresar hice un buen aseo (era sábado y Elvira, mi nana, venía lunes y jueves). Preparé todos los detalles de la cena y me di una ducha. Vestí normal, aunque casual, estiloso, como me dice Daniela. La invitación era a las nueve y faltaban cuatro horas.

Maté el tiempo leyendo la prensa digital y revisando mi último paper sobre las relaciones entre los gobiernos de los países de ingreso medio, el feminismo y la diversidad o minorías sexuales. Lo que se denomina LGTBQI, tema al que había dedicado mi última década de investigaciones. En dos días debía presentarlo en la Universidad de la Nación en Portugal. Conozco bien el idioma pues viví en Brasil 10 años. Nada de exilio, me fui tras una mulata cuando bordeaba la treintena. Amália es un lustro mayor que yo, pero parece que tuviera una década menos. Nos casamos, mas todo acabó pronto cuando me negué a que tuviéramos un retoño. Aún hablamos. Hoy es una abuela feliz.

El reloj marcó las nueve, luego las nueve y media y las diez. No tenía el celular de Constanza. A las 22:15 sonó el citófono. Se veía algo mayor. Muy pintada de negro, ojos y labios. Vestido sin mangas azul oscuro a la rodilla, botas grises, unos aros a juego con el pelo teñido de morado y cortado al estilo Príncipe Valiente, y brillaban sus ojos azabache destacados por párpados coloreados también de morado. En su hombro izquierdo lucía el tatuaje de una serpiente verde claro, en cuyo cuerpo alargado se leía en lila, valga la redundancia, Lilas Rebeldes. Lucía preciosa, aunque un poco weird para mi talante más tradicional.

 

  • ¡Vaya Mercedes Benz!, veo que eras bastante cuico –y me besó con suavidad en los labios.
  • Te conviene –dije disimulando la sorpresa-. Te llevaré de vuelta a tu casa. Las señoritas no deben andar solas en la madrugada.
  • Prefiero la 505. Nunca falla y es de lo más entretenida. Las parejas sacan una botella de vino y vasos de la mochila y se van chupando.
  • ¿Cerveza negra o rubia, o vas directo al vino? No me gusta ni sirvo pisco sour.
  • Las dos, me apetece mezclarlas, como los newyorkinos.
  • Mira tú, no sabía… Acomódate, voy a buscar las cervezas.

 

Al volver de la cocina Constanza me pidió:

 

  • Dandi, cántame tu celular.
  • Tengo otro para asuntos de trabajo.

 

Constanza lo marcó y sonó en la sala del recibidor. Música del Bolero de Ravel hasta que se acalló.

 

  • Ahora me puedes ubicar cuando quieras.
  • Toma, aquí están tus cervezas, el vaso es grande, puedes hacer un mix.
  • Es checo, ¿verdad?
  • Cristal de Bohemia, los traje en 1989.
  • Del tiempo de los dinosaurios –sonrió y me sumé con una carcajada.
  • Cuéntame, ¿tú que haces?
  • Ustedes los viejos nos llaman ninis.
  • ¿Y de qué vives?
  • Mi madre es una mediana empresaria de la moda. Soy hija única. Vivimos las dos solas y me comprende. Y mi padre se fue en la típica. Se viró no más con otra mina mucho más joven.
  • Pero, ¿harás algo en tu vida?
  • Milito en las Lilas Rebeldes. Y cuando no estoy durmiendo me divierto el resto del tiempo.

 

Pensaba que la conversación había tomado un giro algo inesperado. ¿Una nini además? Lo que me interesaba de verdad era el tema LGTBQI, sobre todo la Q y la I, y mejorar mi paper. Ahora miraba a esta joven de otra manera, no sabía en realidad qué estaba sintiendo por Constanza, seguro una mezcla de desconcierto y atracción. Una mix de emociones que desconozco en mí.

 

  • ¿Qué música te gusta? Te traigo mi notebook y eliges en YouTube.
  • Ah… soy una dinosauria para mi grupo, quiero escuchar a Calle 13 –mientras bebe muy rápido-. ¿Me puedes convidar otro par de chelas? Están muy buenas.
  • Claro, y el compu.

 

Fui primero a la cocina y luego a mi escritorio en la mansarda del tercer piso. Cerré todos mis archivos y páginas Web abiertas antes de bajar al living. Constanza miraba la decoración.

 

  • Esto parece un museo –y cogió el notebook sin soltar el vaso.

 

Se sentó en el sillón y tecleó rápido como si fuese una saeta. Echó a rodar “Ven y critícame”.

Yo chequeaba el punto del pescado en el horno y la cocción de las papas salteadas, y me costó creer lo que estaba oyendo.

 

Yo soy el que nadie entiende, el loco demente.

La voz del pueblo, el más buena gente.

Todo lo que yo te hable va a ser desagradable.

Muy inteligente y, supuestamente, poco saludable.

Gracias a mis insultos

los niños tienen que escucharme con la supervisión de un adulto.

A los que me critican, a veces me dan ganas

de tener una varita mágica, para convertirlos en rana.

Sentarlos en el marco de mi ventana

y volarles la cabeza, como se la voló Nirvana.

Pero yo soy un tipo tranquilo, calmado, quieto

bastante pasivo, con casi nadie me meto.

Excepto con los religiosos, reggaetoneros, políticos, moralistas

Puff Daddy, el FBI, la policía y por ahí sigue la lista…

 

 

Al terminar la canción, la invité a pasar a la mesa.

 

  • Me dio calor con las chelas.
  • Pondré el aire acondicionado. Adelante, por favor, ¿quieres vino?
  • Sí. ¿Tienes Coca? Solo de la original.

 

Regresé con la bebida abierta y Constanza cogió la botella. Mezcló el vino con la Coca. Puta la huevá, pensé, me costó 40 dólares en el Duty Free de Vancouver hacía una punta de años.

 

  • ¿Veo que te gusta el jote? –y fruncí el ceño.
  • Es mi trago preferido. Sobre todo con un rico vino. Más aún si es Carmenere.

 

Cenamos un buen rato en silencio.

 

  • ¿Tú quieres preguntarme algo? ¿Verdad?
  • Sí.
  • Dale tío.

 

Me trasladé al notebook y comenzó a oírse “Principio de incertidumbre”:

 

En 1927 un matemático formuló el Principio de Incertidumbre.

El principio está relacionado con el hecho de que el observador, por el mero hecho de ser testigo,

influye en la realidad que está observando; la altera, introduce una variable de indeterminación.

Nada está escrito, la historia no ha terminado.

Quizá los siguientes días sigan siendo terribles y grises.

Puede ser, pero puede que no.

Puede que todo cambie.

Que los días que tienen que venir,

abran ventanas a la esperanza.

Este puede ser un buen comienzo.

Este puede ser un buen principio.

Principio de Incertidumbre.

 

  • Habla bien pero es harto enrollado este huevón. ¿Quién es?
  • Español. Ismael Serrano. Es uno de mis cantantes preferidos.
  • … ¿Cuál es tu pregunta?
  • ¿Poliamorosa?
  • No te confundas. No es amor libre. No somos jipis ni cosa que se le parezca. Nada de comunidades, menos de andar trayendo niños al mundo que van a ser sacrificados por el calentamiento global y el cambio climático.
  • Entiendo, pero por favor háblame del poliamor.

 

Constanza miró la hora en su celular. Mezcló el vino con Coca y se sirvió su tercer vaso.

 

  • Verás. Somos un grupo de cinco, ya te lo dije. Solo cinco. Entre nosotros no existen jerarquías. Nadie puede aparearse por fuera. Y todos de a dos, o entre los cinco, podemos tirar sin restricciones. O tres o cuatro, depende de las circunstancias y, claro, la calentura de cada cual.
  • ¿Y el amor?
  • Nos amamos profundamente los cinco.
  • ¿Y eso es todo? –David se sirvió un Chivas Regal.
  • Para nada, no me entiendas mal, el sexo es lo menos relevante. Lo básico es nuestro rechazo a las convenciones y el espíritu de hermandad que nos une a toda prueba. La honestidad y transparencia son fundamentales. El poliamor constituye nuestra identidad, y las nuestras son relaciones de amor profundo, comprometido y a largo plazo.
  • Y yo, un dinosaurio, como dices, ¿qué pito toco aquí?… Espera necesito ir a hacer pis y ponerle soda al whisky –y salí del living comedor.

 

Sonó el citófono. Alcancé a decir qué raro desde la escalera, y le pedí a Constanza que lo atendiera.

Al volver me encontré con cuatro jóvenes muy instalados en los sofás. Dos con sendas chelas en lata ya abiertas, y otro par compartiendo un cuete.

 

  • Mi grupo –se adelantó Constanza-. Ya te hablé de ellos: Julio, Lupe, Andrea y Rodolfo –y me los presentó uno a uno.
  • Aquí no se fuma marihuana –alcé la voz-. Cero prejuicio, tengo indicación médica, y si no de papitas a la calle.
  • Perdón –dijeron al unísono Lupe y Julio, y este último apagó el pito dentro de una pequeña caja de plata.
  • Constanza, ¿me puedes explicar qué hacen aquí?
  • Andrea te lo dirá.
  • David te llamas, ¿verdad? –dice Andrea-. ¿Y tu apellido?
  • Así que eres judío como yo, ¿sefardí o asquenazi?, el mío es Filblum –preguntó y afirmó Rodolfo.
  • No lo sé, jamás me ha importado… Dale Andrea, ¿qué me ibas a decir?
  • Ya estás enterado por Constanza de quiénes somos. Debemos conocerte si es que vas a entrar a nuestro grupo. Y tú a nosotros.
  • ¿Qué estás diciendo?, Constanza no me ha dicho una palabra al respecto.
  • Separación de roles –dijo Constanza-. Yo ya te propuse –y me clavó la mirada.
  • Tú debes estar loca –y sentí que me atraía más.
  • Esta noche debemos definirlo –dijo Lupe-.Y tenlo claro guapo, nadie aquí es LGTBQI. En general, se mantienen dentro de la díada amorosa, la tradicional monogamia… Quizá con excepciones tienen uno o dos amantes sin cruces o no.
  • Lo de conocernos no está mal –mantuve la calma-, pero no tomaré ninguna decisión.
  • ¿Cómo así? –preguntó Rodolfo-. ¿Ni aún si te aprobamos hoy?
  • ¿Y qué te parecemos? –Andrea se alzó del sofá y abrazó a Constanza.
  • Pesados no son. La invité a cenar –la miré- para saber del poliamor, nada más… Y claro, les envidio la juventud y su apertura y rebeldía. Pero estoy hecho de otro cuerpo, de distinta mente, y diferente corazón. La tríada que nos constituye.
  • ¡Qué lindo! –dijo Rodolfo-. Eso debería ir en nuestro manifiesto.

 

Constanza se dirigió hacia mí. A medio camino se detuvo, giró y volvió a su asiento. Andrea la besó en la boca al pasar. Sentí celos.

 

  • ¿Aprobado? –Constanza se paró y alzó su copa.
  • ¡Sí! –dijeron los cuatro con entusiasmo.

 

Me acordé de Lenin: ¿qué hacer? Me mantuve frío y solo dije:

 

  • Lo voy a pensar.
  • ¿Hasta cuándo? –Julio abrió la boca por primera vez.
  • Decido rápido, antes de una semana.
  • ¿Oka? –preguntó Andrea mientras le acariciaba el pelo a Rodolfo.

 

Silencio.

 

  • Se merece una oportunidad. A mí me encanta. David es diferente –dijo Constanza.

 

Silencio.

Los jóvenes corrieron la mesa de centro. Allí se tomaron de la mano armando un círculo. Alzaron los brazos y luego se trenzaron. Los observé perplejo.

 

  • Los voy a dejar a sus casas –y miré la hora: 4 A.M.
  • Ya te lo dije –Constanza miró a los demás-. Nos gusta andar en micro.

 

Los cinco se despidieron con un gesto cariñoso.

Volví a hacer sonar “Principio de incertidumbre”. Y me dormí junto al despuntar del alba.

 

 

III

 

Desperté cerca del mediodía, y luego de desayunar me quedé en casa el resto del domingo. Me pegué a Google en la Web buscando y leyendo todo lo que encontré sobre el poliamor. No era mucho, unas doce entradas decentes y algo aprendí. Me atraía y me provocaba rechazo a la vez. Hasta que me cansé tipo nueve de la noche.

Supe entonces, luego de haber conocido a Constanza y su gente, que ahora yo estaba demodé o, dicho en la pedante jerga académica, el “estado de arte” sobre mi tema se había quedado rezagado respecto a los fenómenos de la realidad social, lo que era muy común en las humanidades. Del poliamor no investigaba ni publicaba nadie, al menos dentro de mis redes de “especialistas”.

Cené y pensé en llamar a Amália y Daniela.

Opté primero por la brasileña. Activé el audio de los parlantes de mi equipo musical, para escuchar y disfrutar de su voz, de su castellano sin pausas, una perfecta bilingüe, quien había cursado la primaria y secundaria acá en Santiago. Y le conté del poliamor y todo de la velada en casa la noche anterior.

 

  • Ay David no me puedo creer que estés pensando en esa tal Constanza y unirte a su grupo cómo dijiste… ¿poliamor?
  • Solo te dije que la chica me atrae, nada más… Ah… y que no entiendo por qué me puse celoso cuando su amiga la besó.
  • Lo que pasa es que deseas deseas insisto tirártela como dicen ustedes pero para eso tendrías que culiar… perdón ser poliamoroso con los demás.
  • Yo jamás haría el amor con Constanza, y con los otros ni hablar.
  • Eres un mentiroso.
  • Amália querida, te juro que no.
  • Ateo redomado no jures en vano Dios te va a castigar esa joven podría ser tu nieta mejor arréglate con Catalina… me llamó…
  • ¡¿Qué?!
  • Leyó nuestra última conversión en tu WhatsApp anotó mi teléfono y me ubicó me preguntó qué pasaba entre nosotros me trató de zorra y otra serie de lindezas hasta que la calmé y le aseguré que nada pasa contigo estoy casada enamorada y feliz le dije… y ese lenguaje que usan con David me preguntó… nosotros somos así mucha confianza somos querendones y ya le perdoné a David que no quisiera tener un hijo conmigo.
  • ¿Le dijiste todo eso? No puedo creerlo, ¿hasta que no quiero un hijo?, lo acordamos como secreto. ¿También se lo dijiste a tu marido?
  • No… pero Catalina estaba desesperada y me sirvió para convencerla… nunca más nunca jamás entre tú y yo… al final me creyó.
  • ¿Y qué te dijo la Cata?
  • Si lo que dices es verdad y se lo trasmites a David que me llame tengo mi orgullo… la invité a Recife.
  • ¿Así? No te lo puedo creer.
  • Olvídate de tu tontera con la muchacha y llama a Catalina quien sabes no tuvo hijos y les haría muy bien tener una nieta putativa.
  • ¿Estás hablando en serio?
  • Estoy frente a mi cuadro de Jesús ayer le pregunté y me dijo que sí y le juré que te lo diría.
  • Eres increíble, jamás hubiera esperado algo así de ti.
  • No he cambiado… chao pichón y mucha suerte.

 

Al día siguiente me dirigí a la oficina de personal en mi facultad. Yo pertenecía al Departamento de Género y Diversidad Sexual. La secretaria me atendió muy amable.

 

  • ¿Qué desea don David?
  • Que inicie los trámites. ¿Dónde tengo que firmar? No pido el bono. Lo más rápido posible.
  • Igual tomará varios meses. Y debe hablar con el decano.
  • Perfecto, lo haré ahora mismo
  • Puchas que lo siento –se le escapó-. Igual le conviene el bono, es harta plata.
  • Me moriré antes de que lo tramiten. Tengo una enfermedad terminal… Poliamor –lancé con sorna.
  • ¿Y qué es eso? Nunca la había escuchado.
  • Yo tampoco hasta hace dos días… el corazón explota de repente como una bomba de racimo y hasta ahí no más llegamos.
  • ¡Qué terrible!… rezaré por usted.
  • Mejor tramíteme rápido mis papeles.

 

Me los extendió y demoré más de 10 minutos en leerlos y firmarlos.

 

  • Ahí están, y muchas gracias Carmen, no solo por hoy, sino que también le agradezco su amabilidad y diligencia durante 30 años.

 

No dijo nada. Se paró, rodeó su escritorio y me abrazó. Lágrimas se deslizaban por su rostro. Le correspondí y luego de separarnos me despedí con un simple adiós.

Tuve suerte, el decano estaba libre. Le expliqué.

 

  • Pero no puedes dejar de ir al seminario en Lisboa, comienza en dos días, sería un desprestigio para la Facultad.
  • No iré y punto.
  • Y además tienes que terminar tus cursos e investigaciones –dijo cual si fuese un témpano de hielo.
  • Mis papers están terminados, y mis cursos cierran este mes que viene, cumpliré.
  • Siendo así, no hay nada más que decir, ya tienes la edad y el derecho para jubilar.
  • Lo sé –y me levanté del asiento-. Me dedicaré a vender sopaipillas en la calle, las pensiones no alcanzan –y le extendí la mano.
  • Sabes que odio el zapallo –río y me dejó con el brazo estirado.

 

Me dirigí al estacionamiento. Me monté en el Mercedes y conduje por la ciudad como si levitara.

Almorcé en mi restorán italiano preferido. Gnocchi a la boloñesa y un vaso de vino rojo, el más caro de la carta, de la cosecha más antigua. Supe que debía volver a casa y hacer una llamada que podía definir mi destino. Cancelé la cuenta, y conduje muy lento sin importarme los bocinazos e insultos que me lanzaban desde los vehículos traseros hasta que llegué a mi morada.

Me serví un whisky y marqué el celular de Daniela.

 

  • Hola rey, cómo estás.
  • Complicado –y le conté todo.
  • Esa Catalina nos hace un flaco favor a las mujeres.
  • ¿Por qué?
  • Actúa como una cacatúa, me salió verso sin el mayor esfuerzo. Mira que meterse en tu WhatsApp. Una ordinariez.
  • Quería saber, ¿qué tiene de malo?
  • Debió ir de frente contigo. Mira que escribirte esa misiva y después de meses llamar a Amália.
  • Dice estar aún enamorada de mí. Dani, ya sabes, el amor es el punto más bajo del intelecto. Estabas de acuerdo conmigo.
  • Ok… Chao a ese par de arcaicas y copuchentas. Me interesa en verdad la oferta de esa Constanza y su poliamor.
  • ¿Qué debo hacer?
  • Tómalo. Antes de que cierres los ojos por última vez. Ya quisiera yo que se me presentara una oportunidad así. De solo pensarlo se me sube la libido.
  • ¿Hablas en serio?
  • Sí pajero. Besitos– y me cortó.

 

Terminé el trago y miré mi celular. Fije la vista en el ícono de los contactos telefónicos. Lo pulsé. Ahí estaban los nombres, uno exactamente después del otro: Catalina, Constanza.

Me alcé del sillón del living, cogí el I-Phone y lo arrojé con furia al sofá.

Y rompí a llorar.

 

Grisha Scherman Filer

Escritor