Por Ivonne Coñuecar

Fotos de Juan Manuel Nuñez M.

 

Sabido es el resumen histórico que nos enseñaron de Chile, cómo podríamos haber sabido que se trataba de una estrategia para invisibilizar la Memoria y pretender que el pueblo pierda la fuerza que encuentra en su historia, en su narrativa, en contarse a sí mismo. Es esa sensación colectiva de antigüedad que nos hace encontrarnos hoy como pueblo. A mi, me enseñaron hasta 1973, luego silencio. No había más historia de Chile. Estábamos en sexto básico, 1992. Recuerdo que cuando el profesor dijo “pronunciamiento militar” yo dije dictadura, entonces los rostros de mis compañeritos se desfiguraron, les estaba lanzando una palabra que no conocían o que les habían dicho que no dijeran jamás. Casi tan terrible como decir sexo en nuestro colegio católico. Tenía una pulsión de nombrar aquello que nadie nombraba, que escuchaba en conversaciones leguleyas de mi viejo entre los susurros de principios de los noventa y el miedo.

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Fue después de los 40 años del Golpe Militar que la opinión pública se atrevía a llamar dictadura a la dictadura, sin ningún apellido ni inflexión dudosa de voz, no más régimen ni gobierno militar, aunque aún cuesta decirles genocidas a los genocidas, herencia de la medida de lo posible. Aquella conmemoración, de la que sacaron ventaja todas las instituciones y medios de comunicación que les encanta ir de 5 en 5 o de 10 en 10 si se trata de conmemoraciones, sirvió de alivio, estaba esa historia oculta en el día a día que nos aplastaba con la rutina adormecida. Los canales de tv se convirtieron en salas de declaraciones que animó también a las voces de vecinos y familiares a salir del silencio del trauma, aunque también hubo quienes no pudieron verbalizar el daño, pero los vimos llorar, y con esa realidad encima, no pudimos hacer más que abrazarlos. No sabremos nunca la magnitud de las heridas que dejó la dictadura.

La Memoria es esa gran construcción que nos adeudamos y que hoy como país nos pasa la cuenta. El neoliberalismo voraz decidió tragar y dejarnos una educación donde todo vestigio de muerte, desapariciones, tortura se esfumó, fue reemplazada por la línea industrial educativa funcional al sistema, contra el deseo. Borraron también los años que marcaron a nuestros padres, los años de educación pública y gratuita, chilenos que hablaban con elocuencia y se afirmaba bien la esperanza, una historia que solo conocías por la voluntad de esa vieja escuela, ese amor por el pensamiento crítico y el conocimiento. Un Chile en blanco y negro. “Se alegraron de que todo comenzara con la palabra democracia / todo me lo enseñaron con la derecha, vieja costumbre colegial / jamás hablaron de derechos”.

Y en esa construcción de Memoria es la calle la que debe registrarse como el lugar donde el pueblo se expresa. Tras el ensañamiento de las fuerzas armadas y de orden durante estas movilizaciones, y esa indolencia y sordera hacia la población que pacífica levantó sus legítimas demandas y despertó de ese letargo neoliberal. El lunes 28 de octubre llegaría la comisión de Derechos Humanos de la ONU, tras la alarmante declaración de guerra del presidente Piñera, que envió a su pueblo a una máquina del tiempo macabra hasta los años más duros de la dictadura. Al miedo lo superó el hastío y la estafa histórica. Tras el Estado de excepción, hubo muertos, heridos, detenidos, torturados, desaparecidos, una represión como solo puede aplicarla la omnipresencia Estado, dejando en la indefensión a la ciudadanía.

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La gente no paró de marchar, ni de marcar las ollas que dieron ritmo al aviso de que Chile había despertado y ya no volvería a dar ni un paso atrás. Al paso de las marchas, las paredes, esa imprenta del pueblo diría Rodolfo Walsh, fueron marcadas también con los mensajes que para la sordera e incapacidad del presidente, quedarían como recados; décadas de un sistema opresor, décadas de cuerpos privatizados. Sin embargo, el gobierno disfrazó de limpieza y cuidado de la ciudad lo que fue un borrado de las inscripciones que el pueblo fue dejando a su paso, como reclamo y como denuncia. La limpieza se centró en ese Santiago que se sacó el maquillaje. Fue con la misma falsa ingenuidad que se conoce en los ojos de la bondad con olor a cinismo, y esa buena onda light con la que responden las entrevistas, disociados, donde el pueblo es el enemigo poderoso. Quisieron limpiar las calles y paredes que contenían los mensajes de la violenta empresa que habían emprendido. No sirvieron ni las escobas ni la pintura.

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Dibujos de Antonia Boza

Es la calle el lugar donde se pisa el neoliberalismo con la impronta de un pueblo que vuelve a ser comunidad y lo registra en las paredes, en la desesperada necesidad del recado cuando los medios de comunicación no son confiables, no son interlocutores válidos, y se necesita del mensaje, como evidencia, sobre todo cuando la línea editorial es solo una, y juegan al mediático show para diluirlo todo y dividirnos. Son entonces las paredes ese espacio donde la calle no calla. Donde la calle deviene museo, deviene honestidad y crítica, y construye Memoria.

Ese día lunes 28 de octubre las paredes de la estación de metro Baquedano y de otras calles amanecieron cubiertas de dibujos simplones y naif, con mensajes vaciados de contenidos que pretendían ser de unión, una unión que el pueblo ha consolidado en las marchas en este nuevo encuentro para salir de aquella normalidad que se convirtió en un cruel aparato de sumisión. Dibujos de impronta aséptica que taparon las denuncias y nuestro reclamo por dignidad, intentaron borrar todas las huellas del pueblo que gritó y fue herido en esos espacios. ¿Quién podría prestarse para este lavado de imagen para tapar la violencia del Estado? Antonia Boza, la autora de los dibujos, argumentó en su cuenta de instagram que había compartido esos dibujos porque quería entregar un mensaje de unión y que nada era político. Además, para que la exculpación sea completa y de punto final, lamentó haber tapado gráficas e ilustraciones de otros artistas.

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Varias fueron las denuncias en redes sociales y reclamos de ilustradores y artistas callejeros que van dejando huella mientras avanzan en las movilizaciones, todo el político, y el insulto de tapar el trabajo de otro corre como provocación y complicidad del silenciamiento. A las pocas horas Boza dejó en privado su cuenta.

Sabido es que en Argentina el trabajo de construcción de Memoria es permanente y ha sido un lugar conquistado  como parte de la esencia de un pueblo. El trabajo de la artivista Ro Ferrer es reconocido y valorado, sobre todo desde los feminismos y derechos humanos, “jamás podría prestar mis dibujos ni mi arte para silenciar al pueblo para ponerme del lado de los violentos, del neoliberalismo. Espero que les hermanes chilenes puedan seguir construyendo con esta base que han generado de justicia social, de gran poder colectivo”. Agrega que el arte siempre ha podido utilizarse para pelear contra distintas opresiones, contra las distintas violencias, y que ella es una constructora de sentido colectivo, porque cuando se pueden encontrar nuestras voces y nuestros espacios también hay que sumarle esa responsabilidad y ese compromiso.

Apropiarse de realidades ha sido la tónica camaleónica del gobierno para diluir este movimiento; una manera disuasiva para desviar la atención, confundir, cansar y restarle validez. “Claramente, esto es nuevamente una táctica del gobierno ya que se anunció la visita de la ONU por los maltratados derechos humanos en estos días. Cada rayado es un grito, la estación Baquedano se comprobó que es un centro de tortura, ahí pintaron los muros con sangre, y esa pintura si que no saldrá de la memoria de la gente. El presidente hablo de que estamos en guerra, y acá estamos protestando legítimamente por nuestros derechos y una vida mejor”, relata el obrero gráfico Guido Kid Salinas, que entre sus trabajos más reconocidos se encuentra “Guardianes del sur, una resignificación de personajes históricos del pueblo mapuche.

Al registrar la calle le vamos dando espesor existencial a esto que sucede como una ola, vamos construyendo un museo donde cabemos todos, y aunque lo borren, esta vez iremos por la Memoria, y también por la Verdad y la Justicia. Nada más en la medida de lo posible. No es un loop. No se puede esconder la historia, ni las muertes ni las torturas, menos pretender borrar a los millones de movilizados, que dentro y fuera del territorio deseamos dignidad, porque somos dignos de construir el país que queremos. La honestidad de la calle no se borra. La historia de las ciudades se conoce por las inscripciones que vamos dejando, que leemos, cada vez que caminamos y sus paredes nos avisan, abren la curiosidad y crean relato.