Por Oscar Ariel Cabezas

Como no pensar hoy en Chile a tan solo unos días del reventón social del 18 de octubre en aquella frase cuando en la película argentina La historia oficial (1985) uno de los estudiantes de la clase de historia, intempestivamente, le dice a la maestra: “La historia la escriben los vencedores”. La genealogía de esta frase está replegada en el centro de las formas con las que las revueltas populares han sido sofocadas o subordinadas al orden social dominante. La historia oficial en Chile no ha dejado de ser desde 1989, año en que se inicia la transición democrática, la historia escrita por quienes diseñaron el modelo neoliberal más exitoso de la región.

 

La evasión del boleto del metro iniciada por los estudiantes, mayoritariamente secundarios, ha sido apoyada de manera espontánea por una sociedad civil que había permanecido en silencio. La ruptura del silencio de las clases sociales más desposeídas rápidamente detonó la dinamita contra los abusos del gobierno de Sebastián Piñera. La sociedad chilena vuelve a despertar después de que los eventos del 2006 por la gratuidad de la educación (revolución pingüina) y la rebelión de los estudiantes universitarios (2011) pusieran en peligro la estabilidad del orden neoliberal. Un orden sostenido fundamentalmente por el pacto de las izquierdas tradicionales que se agrupan en la Concertación y la Nueva Mayoría y por una clase media con enorme capacidad de consumo y endeudamiento.

 

En el marco de la revuelta estudiantil contra la privatización desmesurada de la educación y el robo sistemático a los estudiantes aparecieron dirigentxs estudiantiles tales como Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Daniel Boric, Francisco Figueroa, entre otrxs. Lxs dirigentxs estudiantiles eran reconocidos por carisma político, formas asamblearias de organización, toma de decisiones y una voluntad de cambio sin precedentes. El movimiento estudiantil generó una especie de mística y renovó las prácticas de la protesta incorporando performance, batucadas y usos políticos del cuerpo que innovaron la lógica de la protesta y resistencia a “la educación heredada del pinochetismo”. La innovación de las formas de protesta  y el contenido ético de la consigna del fin al lucro en la educación permitió que el movimiento estudiantil captara el alma de una sociedad civil atolondrada y ensimismada en el consumo. El movimiento social estudiantil devolvió la ciudadanía política a una población domesticada en lo más íntimo de su subjetividad por el sistema crediticio.

 

Como efecto de los trucos universitarios que un Piñera joven titulado en Ingeniería Comercial aprendió en la Universidad de Harvard, el ciudadano crediticio o creditcard —como lo llamó Tomás Moulian en su seminal ensayo El consumo me consume (1999)pasó del empoderamiento que lo negaba como ciudadano político (pero lo realizaba en el paraíso de los malls) a ser un apremiado e insignificante sujeto endeudado. El endeudamiento, la falta de una cultura que detenga las pulsiones auto-agresivas y los instintos autófagos, la culpa del moroso, la competencia liberal y desafectada hasta la crueldad han dominado la sociedad neoliberal desde la intimidad. Las deudas y el fantasma de una vejez sin posibilidades de ser vivida de manera digna son recurrentes en el “oasis neoliberal” de América Latina. El endeudamiento con casas comerciales y bancos a propósito de las famosas tarjetas de crédito en las que está implicado el actual mandatario de Chile no deja de atormentar a más de cinco millones de chilenos. Lo que el movimiento estudiantil del 2011 hizo fue convertir el fenómeno de la deuda en educación sobre la denuncia al robo y el descaro con que el lucro en la educación constituye hasta el día de hoy un fenómeno no resuelto.

 

El reventón de los estudiantes, sin duda, fue en parte facilitado por el primer gobierno de Piñera que derrotó al candidato de la concertación (Eduardo Frei-Ruiz-Tagle) y se hizo con un gobierno que en materia de programas políticos y sociales no se distinguía mucho del de su antecesora Michel Bachelet, quien tuvo que lidiar con el reventón de más de ochocientos mil estudiantes secundarios el 2006. Pero quizá se pueda decir que para los estudiantes del 2011 fue más fácil reconocer en la derecha de Piñera un enemigo cuyos vínculos con las evasiones millonarias y el descaro en el negocio de la educación privada habían sido mayores que la complicidad del gobierno de Bachelet con el modelo heredado de la dictadura de Pinochet. Se sabe, por ejemplo, que Piñera está, entre varios delitos más, involucrado en la evasión de 2.862 millones de pesos chilenos. Esto no solo lo convierte en uno de los mayores evasores de impuestos de la nación, sino también en uno de los más grandes gánsteres de la política chilena.

 

La rebelión social del 2011 se hizo contra la política gansteril de Piñera y bajo su gobierno la ciudadanía recuperó la dignidad de la política. La sociedad civil de chilenos y chilenas junto al movimiento social de estudiantes del 2011 desencadenaron uno de los acontecimientos políticos más importantes del siglo veintiuno. El 2011 la crisis escaló rápidamente y la consigna del fin al lucro en la educación no solo parecía irrenunciable, sino que además, logró acoplarse a movimientos sociales preocupados por el negocio de las AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones). La rebelión de los estudiantes logró sensibilizar a los sectores ultrajados por el robo legalizado de uno de los negocios más rentables en toda la historia de los ultrajes del modelo neoliberal. Una AFP es un negoción aún más rentable que la posesión de un banco.  Si Bertolt Brecht hubiese vivido el tiempo de las AFP en Chile hubiese tenido que modificar su frase y decir: “Robar una AFP es un delito, pero más delito es fundarla”.

 

Las “AFPs” encargadas de inmunizar y velar por las pensiones de hombres y mujeres que durante toda su vida trabajaron y que con suerte han llegado sanos a su vejez viven vampirizadas por una institución cuyo único fin es el lucro a través del robo de la vida ajena. Este fenómeno tiene exactamente las características de lo que en el lenguaje del marxismo se conoce como capitalismo por desposesión. El vampirismo de las AFP surgió justo en el momento en que el mundo de vida de la sociedad chilena comenzaba a ser completamente tomado por la “razón neoliberal”. En los años ochenta la fundación de las AFP coincide con la precarización laboral y el intento de la dictadura por resolver el desempleo a través de lo que se conoció como el Programa de Ocupación para Jefes de Hogar (POJH). Vampirismo y desposesión de la vida de millones de chilenas y chilenos han sido prácticas institucionalizadas desde los primeros años de la dictadura.

 

Sin embargo,  tal como lo muestra el libro de Tomás Moulian, Chile actual: Anatomía de un mito (1997), es solo en los años ochenta que el dispositivo de terror (golpe militar, torturas y desapariciones) logra entrelazarse al dispositivo de saber (Constitución de 1980), esto es, una sofisticada máquina conceptual cuya potencia ha permanecido en el tiempo asegurando un poder ilimitado a las Fuerzas Armadas y a las instituciones neoliberales que vampirizan y desposeen de las posibilidades de una vida democrática a la mayoría de los chilenos. Las AFP son una de las peores cloacas destinadas a denigrar la vida. Se trata de un tipo de institución que degrada la vida mediante el robo de la energía de vida humana para convertirla en capital que se usa para el enriquecimiento de gánsteres de cuello y corbata. El movimiento social contra las AFP es un movimiento contra una de las peores herencias de la dictadura. Este movimiento no siempre aparece vinculado a otros movimientos de protestas. Su lucha básicamente consiste en que el sistema de pensiones debe pasar a manos del Estado. Para que esto llegue a ocurrir habría que cambiar  prácticamente todo el sistema institucional heredado de la dictadura y consolidado durante la llamada transición a la democracia.

 

Una de las instituciones que habría que cambiar de raíz y que es parte de los más sentidos malestares de la ciudadanía es el sistema de Isapres. Las Isapres constituyen verdaderas máquinas de extracción de dinero ganado con el sudor de las chilenas y chilenos, y funcionan generando todo tipo de corruptelas entre el negocio de los médicos —que producidos por un sistema orientado a la ganancia del dinero la mayoría ya no trabaja por vocación— y el del incremento de la tasa de ganancia de farmacias orientadas al lucro. La salud no es un bien social  garantizado, sino el privilegio de las clases medias y acomodadas. Pero en un país donde la salud es también uno de los negocios rentables del sistema neoliberal nadie puede sentirse seguro. Los médicos no son confiables, nunca se está seguro de si el examen que le han pedido es parte de las estrategias de extracción de dinero o si es realmente una necesidad del conocimiento médico.

 

Las Isapres han convertido los hospitales en casinos en los que el paciente va a probar su suerte. Nadie está seguro en un hospital donde la mayoría de los médicos que trabajan en el sistema privado han dejado de profesar su saber médico por vocación y lo han convertido en el medio para ensanchar ganancias a costa de la vida de la ciudadanía. En un país que funciona sin equidad en salud, si no se tiene un médico amigo todo médico te parecerá un mata-sanos. Este sistema de salud privatizado hasta el tuétano y orientado sin piedad al lucro deja fuera de este bien social a las clases subalternas, a los más desposeídos, a los inmigrantes que deben morir en la indignificación del mundo de vida.  El sistema de salud estatal es uno de los más débiles de América Latina y bajo las condiciones del neoliberalismo extremo no tiene ninguna posibilidad de prosperar. Las Isapres son uno de los núcleos neurálgicos del sistema neoliberal y junto a las AFP y el endeudamiento bancario componen el malestar de la sociedad chilena o lo que algunos seguidores de Pierre Bourdieu suelen llamar violencia estructural y estructurante.

 

Esta violencia ha venido estructurando la sociedad chilena desde antes de que se produjera el pacto democrático con los militares el año en que parecía que la democracia —después de 17 años de una dictadura genocida— se consolidaba trayendo la “alegría” según la famosa consigna del NO. La alegría nunca llegó y lo que se impuso, siguiendo la lectura, por ejemplo, de analistas como Nelly Richard y, recientemente, Miguel Valderrama fue la postdictadura. Este concepto, en su complejidad, designa la imposibilidad de dejar de hablar de la continuidad de la dictadura.  Si el concepto tiene algún sentido, más allá de toda su problemática con la memoria de una izquierda en duelo o derrotada, lo tiene como concepto que tensa el dispositivo de la democracia. En otras palabras, el Chile actual que logró configurarse a través del dispositivo del terror y el dispositivo del saber (constitución del 80) requería un tercer dispositivo; el dispositivo de la democracia. Es este dispositivo el que aseguró el Frankenstein de lo que conocemos como sistema neoliberal y del que hoy el dispositivo de la democracia parlamentaria es su más fiel sostenedor.