Por Truman Capote

Hace algunos años, algo más de quince, un amigo y yo decidimos incluir en el programa de actividades sociales neoyorquinas la convocatoria de una serie de almuerzos con invitado sorpresa; la idea parecía suficientemente divertida para febrero, el mes más aburrido en Nueva York, así que mi amigo y yo invitamos a otros cuatro amigos a un almuerzo en un departamento. La idea consistía en que cada uno de los seis comensales aportase un invitado adicional, un invitado «misterioso», de ser posible alguien interesante y famoso, pero al que el resto de los comensales, o al menos la mayor parte de éstos, no conociera personalmente. Yo elegí al doctor J. Robert Oppenheimer, pero ya tenía un compromiso; la verdad es que ya no recuerdo a quién llevé.

Pero sí recuerdo el aporte de Lady Keith, que era en aquel entonces la señora Leland Hayward. Lady Keith, a la que sus amigos llaman Slim, es una alta y juguetona aristócrata criada en California (el norte de California, habría que especificar), dueña de las más hermosas piernas, tobillos y pies existentes. Su «sorpresa», Elizabeth Taylor, era, en comparación, prácticamente una enana; sus piernas, como las de la señora Onassis, resultan demasiado cortas para su torso, y la cabeza es excesivamente voluminosa en relación con el conjunto; pero la cara, con esos ojos de color lila, es el sueño de un presidiario, el rostro ansiado por cualquier secretaria: irreal e inalcanzable, y al mismo tiempo tímida, excesivamente vulnerable y muy humana, con un leve brillo de suspicacia resplandeciendo en el fondo de aquellos ojos lila.

Ya habíamos coincidido en una ocasión, una tarde de verano, en la granja de un amigo común en Connecticut. En aquel entonces su tercer marido, el fuerte, bajo y atractivo Mike Todd, aún no había sufrido el accidente aéreo, aún estaba vivo y casado con aquella hermosa criatura que parecía colada por él.

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A menudo, cuando las parejas hacen ostentosas exhibiciones de sí mismas, besándose, abrazándose y sobándose a todas horas…, bueno, uno suele imaginarse que la relación debe estar pasando por serias dificultades. Pero con ellos no fue así. Los recuerdo, aquella tarde, tomando el sol, echados en un campo lleno de margaritas, cogidos de la mano y besándose mientras una camada de seis u ocho gruesos cachorros de perro de terranova se revolcaban sobre sus estómagos y se enredaban con sus cabellos.

Pero no fue hasta que la reencontré como invitada de Slim Hayward que Elizabeth Taylor me impresionó, al menos como persona; como actriz siempre me había gustado, desde Nacional Velvet en adelante, pero sobre todo en el papel de la chica rica en Un lugar en el sol.

En los años que habían pasado desde nuestro primer encuentro, le habían sucedido muchas cosas, pero las dos peores eran que Mike Todd había muerto y que ella se había casado con el «cantante» Eddie Fisher, un hecho casi tan incongruente como las nupcias griegas de la señora Kennedy. Sin embargo, ninguno de estos sucesos había debilitado el febril encanto que, como una luz ligeramente parpadeante, irradia Elizabeth Taylor.

El almuerzo fue largo y hablamos mucho. Mi primer descubrimiento sobre ella fue que, a pesar de una graciosa abundancia de tacos, resultó ser, en diversos ámbitos, una moralista bastante estricta, casi calvinista. Por ejemplo, le perturbaba la idea de interpretar a la malhadada y hedonista heroína de Una mujer marcada de John O’Hara; tenía un contrato inquebrantable que la obligaba a hacer el papel (por el que ganaría un Oscar), pero le hubiera encantado poder dejarlo correr, porque: «No me gusta esa chica. No me gusta lo que representa. Su sórdida vacuidad. Los hombres. El acostarse con todo el mundo».

En ese momento me acordé de una conversación con Marilyn Monroe (no pretendo comparar a Elizabeth Taylor con Marilyn Monroe; eran pájaros de diferente plumaje, la primera una profesional de decisiones, la otra una mujer primaria, una insegura patológica dotada de un talento natural). Pero los planteamientos morales de Marilyn eran parecidos: «No soy partidaria de las relaciones de una noche. Acertada o equivocadamente, si voy por un hombre, siento que debo casarme con él. No se por qué; tal vez sea una estupidez, pero yo lo veo así. Y si no es eso, entonces tiene que significar algo más que una relación meramente física. Resulta gracioso, teniendo en cuenta la reputación que tengo, y que quizá merezca. Aunque a mí no me lo parece. Me refiero a que me la merezca. La gente no entiende lo que te puede pasar sin tu auténtico consentimiento; consentimiento interior».

La segunda sorpresa fue descubrir lo muy leída que parecía ser Elizabeth Taylor; no quiero decir que hiciera ostentación o que se las diese de intelectual, pero resultaba evidente que le interesaban los libros y, aunque de una manera desordenada, había leído muchos. Y hablaba sobre ellos con una considerable comprensión del proceso creativo. En resumidas cuentas, hacía que uno se preguntase sobre los hombres de su vida; con la excepción de Mike Todd, que hacía gala de cierta brillantez y desparpajo, el resto de sus maridos hasta aquel momento -Nicky Hilton Wilding y el señor Fisher- no habían destacado precisamente como luminarias; ¿de qué demonios podía hablar con ellos aquella mujer tremendamente despierta y de mente rápida? «Bueno, una no siempre logra cobrar la pieza que desearía. A algunos de los hombres que realmente me gustaban, no les gustaban las mujeres».

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Y entonces empezamos a hablar de un amigo común, Montgomery Clift, el joven actor con el que había compartido cartel en Un lugar en el sol, y por el que experimentaba un sentimiento protector. «¿Sabes?», me comentó, «ocurrió en mi casa. O mejor dicho, justo después que dejase mi casa. Había bebido mucho y perdió el control del coche. Estaba realmente muy bien antes de eso…, antes del accidente. Bueno, siempre había bebido demasiado…, pero fue después del accidente cuando se convirtió en un adicto a todas esas pastillas y calmantes. Y nadie sale indemne de eso a perpetuidad. Hace más de un año que no lo veo ¿y tú?».

Le dije que sí, que lo había visto. Me llamó pocos días antes de Navidad y parecía en forma. Me preguntó si tenía algún compromiso para comer, y como no lo tenía, pues sólo pensaba ir de compras navideñas, me propuso invitarme a comer a Le Pavillon si le llevaba conmigo. Durante el almuerzo bebió un par de martinis, pero estuvo sensato y muy divertido; sin embargo, al salir se metió en el lavabo de caballeros, y allí debió de tomarse algo, porque al cabo de unos veinte minutos volaba.

Estábamos en Gucci y él había escogido y amontonado sobre un mostrador unas dos docenas de carísimos jerséis. De pronto, los agarró todos y salió caminando tranquilamente a la calle, donde estaba lloviendo a cántaros. Tiró los jerséis al suelo y empezó a darles patadas.

Los empleados de Gucci se lo tomaron con calma. Uno de los dependientes sacó un bolígrafo y un talonario de facturas y me preguntó: «¿A nombre de quién debo cargar estos jerséis?». El hecho era que, realmente, no lo sabía. Dijo que necesitaba alguna identificación, así que salí a la calle, donde Monty seguía propinando patadas a los jerséis (observado por un creciente grupo de mirones), y le pregunté si tenía alguna tarjeta de crédito. Me miró con una altivez absolutamente maníaca y desproporcionada y me dijo: «¡Mi rostro es mi tarjeta de crédito!».

El rostro de Elizabeth Taylor, con esos ojos siempre tan acuosos, adquirió un aire aún más brumoso. «No puede seguir así. Eso lo va a matar». Estaba en lo cierto: lo hizo. Y si no lo hizo antes fue en gran medida gracias a la comprensión e insistencia de Elizabeth, en un período en el que los productores se mostraban reticentes a contratar a Clift y en el que trabajaron juntos en De repente, el último verano, que fue la última actuación destacable del actor y una de las mejores de Elizabeth Taylor, con la excepción, muchos años después, de la finura, mal genio e histeria contenida con las que enriqueció el papel de la esposa alcohólica en ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Albee.

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Pasaron varios años antes de que volviéramos a encontrarnos, en esa ocasión en Londres, donde ella estaba esperando el momento de poner rumbo a Roma y al papel de protagonista en aquella Cleopatra predestinada al fracaso. Ella y el «Pinche», tal como llamaban muchos de sus amigos al señor Fisher, vivían en un ático del Dorchester.

Yo ya había estado a menudo en aquel ático, porque otro amigo había vivido en él. Oliver Messel lo había remodelado, y era bastante bonito, o lo había sido; durante la estancia de Elizabeth Taylor, las habitaciones estaban tan repletas de gatos en plena muda de pelo, de perros en estado semisalvaje y de una atmósfera global de caótica mezcolanza, que no era fácil rastrear el toque de Messel.

La primera noche que vi a Elizabeth Taylor en aquel entorno, intentó por todos los medios endosarme un encantador gatito que había recogido en la calle. «¿No? ¡Qué malo que eres! No puedo cargar con toda esta…», y abrió los brazos en un gesto que englobaba la magnitud de sus cargas: bichos suficientes para proveer a una tienda de animales, un secretaria que estaba sirviendo bebidas, una doncella que entraba y salía de la habitación con paso rápido, desplegando unos vestidos que acababan de traer («Vienen todos de París. Pero la mayoría tengo que devolverlos. No puedo permitírmelos. No tengo un centavo. Y él tampoco. Debbie Reynolds, con perdón por la expresión, se lo ha chupado todo».), por no mencionar al «Pinche», que estaba sentado en el sofá, frotándose los ojos como si estuviera tratando de desperezarse después de echar una cabezada.

-¿Que pasa? -le preguntó ella-. ¿Por qué no paras de frotarte los ojos?

-¡Es por la lectura! -se quejó él.

-¿Qué tanta lectura?

-Aquello que me dijiste que tenía que leer. Lo he intentado. Pero no puedo.

Ella apartó los ojos de él desdeñosamente.

-Se refiere a Matar a un ruiseñor. ¿Lo has leído? Acaban de publicarlo. Me parece un libro maravilloso.

Sí, lo había leído de hecho, le comenté, la autora Harper Lee, era una amiga de mi infancia. Crecimos juntos en una pequeña ciudad de Alabama, y su libro era más o menos autobiográfico, un roman à clef; y la verdad es que se suponía que Dill, uno de sus personajes principales, era yo.

Ya lo ves -le dijo ella a su marido-. Puede que no tenga muchos estudios, pero de un modo u otro, sabía que lo que contaba en el libro era real. Me gustan las cosas reales.

El «Pinche» le lanzó una extraña mirada.

-Oh, ¿de verdad?

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Al cabo de unos días, le telefoneé una mañana, y fui informado por su secretaria de que estaba en el hospital, algo que la prensa vespertina de Londres confirmó: LIZ EN ESTADO CRÍTICO.

Cuando el señor Fisher se puso al teléfono, el hombre ya estaba inclinado hacia el abismo de las lamentaciones: «Parece que voy a perder a mi nena». Se le veía apesadumbrado, aunque no con la elegancia que él pretendía.

Entonces me enteré de que finalmente ella no había muerto, así que me pasé por el hospital para llevarle algunos libros y, para mi sorpresa, fui conducido directamente a su habitación. Me quedé muy impresionado por lo pequeña que era; al menos no estaba en una sala común, pero aquel claustrofóbico armario, completamente copado por una estrecha cama metálica y una silla de madera, no parecía un anfiteatro apropiado para la lucha entre la vida y la muerte de una reina de la pantalla.

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Estaba muy animada, a pesar de que era patente que había pasado por un horrible trance. Se la veía mucho más blanca que las sábanas del hospital, y sus ojos, sin maquillaje, parecían amoratados e hinchados, como los de un niño lloroso. Se estaba recuperando de una neumonía. «Tenía el pecho y los pulmones llenos de una especie de espeso fuego negro. Tuvieron que hacerme un agujero en la garganta para drenarme el fuego. Fíjate», dijo, señalándose una herida en la garganta obturada con un pequeño tapón de goma. «Si me quito esto, me quedo sin voz», y se lo quitó y, efectivamente, se quedó sin voz, cosa que me alteró de una manera que la divirtió.

Se estaba riendo, pero yo no oí su risa hasta que se reinsertó el tapón. «Ha sido la segunda vez en mi vida que he sentido que me moría, que he tenido la certeza. O tal vez la tercera. Pero ésta ha sido la más real. Era como cabalgar sobre un mar encrespado. Y deslizarse después tras la línea del horizonte. Con el rugido del mar metido en la cabeza. Supongo que en realidad era el ruido de mi dificultosa respiración. No», dijo, respondiendo a una pregunta, «no estaba asustada. No tuve tiempo para estarlo. Estaba demasiado ocupada luchando. No quería traspasar ese horizonte. Y no lo haré. Eso no me va».

Tal vez no; no como a Marilyn Monroe y a Judy Garland, que habían suspirado por traspasar ese horizonte y algún arco iris aún más oscuro y antes de lograrlo intentaron el viaje en innumerables ocasiones. Pero, a pesar de todo, había ciertos rasgos comunes que las hermanaban a las tres, Taylor, Monroe y Garland; conocí bastante bien a las dos últimas, y sí, realmente había algo. Un extremismo emocional, una necesidad peligrosamente intensa de ser amadas más que de amar, el impetuoso deseo de un jugador incompetente de romper una mala racha.

-¿Te apetece un poco de champán? -me preguntó, señalando una botella de Dom Perignon puesta a enfriar en una cubeta junto a la cama-. Se supone que no debo beber. Pero… bueno. Quiero decir que cuando has pasado por lo que he pasado yo…

Se rió y una vez más se destapó la incisión de la garganta, silenciando su risa.

Descorché el champán y llené dos espantosos vasos blancos de plástico del hospital.

-¡Ah! -suspiró-, ¡qué maravilla! Me encanta el champán. El problema es que provoca un mal aliento crónico. Dime, ¿has pensado alguna vez que te estabas muriendo?

-Sí. Una vez tuve una inflamación de apéndice. Y en otra ocasión, vadeando un riachuelo, me mordió una serpiente de agua.

-¿Y tuviste miedo?

-Bueno, era un crío. Claro que tuve miedo. No sé si ahora lo tendría.

Reflexionó, y dijo:

– Mi problema es que no puedo permitirme morir. No es que tenga ningún gran compromiso artístico…, antes de lo de Mike, antes de lo que le pasó, estuve planteándome dejar el cine; pensaba que ya estaba harta de ese maldito asunto… Sólo compromisos económicos y afectivos; ¿qué sería de mis hijos? ¿O de mis perros, bien mirado? -Se había acabado el champán. Le serví otro vaso, y cuando volvió a hablar parecía estar haciéndolo básicamente consigo misma-: Todo el mundo quiere vivir. Incluso cuando no quieren, cuando creen que no quieren. Pero de lo que estoy segura es que me va a suceder algo. Algo que lo cambiará todo. ¿Que crees que puede ser?

-¿Amor?

-¿Qué clase de amor?

-Bueno… ¡Oh! El típico.

-No puede ser nada típico.

-Entonces, ¿quizá una experiencia religiosa?

-¡Vaya tontería! -Se mordisqueó el labio, preocupada. Pero al cabo de un rato rió y dijo-: ¿Qué tal amor combinado con una experiencia religiosa?

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Pasaron varios años antes de que volviésemos a encontrarnos, y cuando eso sucedió me pareció que era yo el que se estaba sumiendo en una experiencia religiosa. Era una noche de invierno en Nueva York, y yo estaba en una limusina con Elizabeth Taylor y Richard Burton, el talentoso vástago de un minero que había sustituido al «Pinché».

El chofer del actor estaba alejándose, o trataba de hacerlo, de un teatro de Broadway en el que Burton actuaba. Pero el coche no podía avanzar debido a los miles, realmente miles, de personas que alborotaban en la calle, vitoreando y aullando, empeñados en ver un instante a los amantes más célebres desde que la señora Simpson se dignó aceptar a su rey. Caras húmedas y fantasmales se aplastaban contra las ventanillas del coche; fornidas muchachas en un exaltado estado de excitación libidinosa aporreaban el techo; y cientos de personas que salían de otros teatros se encontraban de pronto absorbidas por la concentración de alegres llorosos fanáticos admiradores de la pareja Burton-Taylor. La escena era como un alud que hubiera quedado bloqueado y que nada, ni siquiera un pelotón de policías a caballo acosando a la multitud con sus porras -con bastantes buenos modos- podía mover.

Era evidente que a Richard Burton, un hombre de ojos claros, melodiosa voz de acento galés y tez tan áspera que se podía encender un fósforo en ella, le encantaba aquel follón.

-Es todo un fenómeno -comentó sonriendo con una perfecta sonrisa repleta de costosos dientes-. Elizabeth viene todas las noches a buscarme después de la función, y cada vez aparecen estos…, estos…, estos…

-Maniacos sexuales – interpuso fríamente su esposa.

-Estas multitudes entusiastas -le corrigió él, con un ligero tono de reprimenda-, esperando…, esperando…

-A ver a un par de monstruos pecadores. Por el amor de Dios, Richard, ¿no te das cuenta de que el único motivo de que ocurra esto es que piensan que somos unos pecadores y unos monstruos?

Un viejo que se había subido sobre el capó empezó a gritar obscenidades cuando de pronto el coche emprendió una abrupta huida y él resbaló del capó y cayó bajo los cascos de los encabritados caballos.

Elizabeth Taylor estaba trastornada.

-Eso es lo que siempre me preocupa. Que alguien salga mal parado.

Pero a Richard Burton no parecía importarle.

-Sinatra estaba con nosotros la otra noche. No lograba sobreponerse. Dijo que nunca había visto nada parecido.
Estaba realmente impresionado.

Bueno, era de verdad impresionante. Y deprimente. A Elizabeth Taylor la deprimía, y cuando por fin llegamos al hotel en que se hospedaban -y en el que se había concentrado otro grupo para aclamar su llegada-, se sirvió una especie de vodka triple. Y Richard Burton hizo otro tanto.

El champán siguió al vodka, y el servicio de habitaciones trajo un bufé de madrugada, no precisamente maravilloso, del que Burton y Taylor dieron cuenta con voracidad; me he percatado de que los actores y bailarines parecen sentir a todas horas un incontrolable apetito, a pesar de lo cual su peso se mantiene en un extraño y etéreo nivel (incluida Elizabet Taylor, a la que nunca, cuando no está ante las cámaras, se le ve tan rolliza como en algunas ocasiones aparece en las fotografías; la cámara tiene la tendencia a añadir unos quince kilos: y en eso ni siquiera Audrey Hepburn es una excepción).

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Gradualmente uno iba tomando conciencia de la excesiva tensión entre ellos dos, con constantes confrontaciones verbales, una réplica reminiscente del marido y la mujer de ¿Quién teme a Virginia Woolf? A pesar de todo, era la tensión de una aventura amorosa de dos personas que han contraído un mutuo compromiso físico y psíquico. Jane Austen afirmó en cierta ocasión que toda la literatura giraba en torno a dos temas: el amor y el dinero. Richard Burton, un conversador excepcional, abarcó el primer tema («Amo a esta mujer. Es la mujer más interesante y excitante que he conocido jamás») y el segundo («Me interesa el dinero. Nunca he tenido un centavo y ahora lo tengo, y quiero…, bueno, no sé que consideras ser rico, pero eso es lo que quiero ser»). Estos dos asuntos, y la literatura; no actuar, sino escribir: «Nunca quise ser actor. Siempre soñé con convertirme en escritor. Y eso es lo que seré si se detiene todo este circo. Escritor».

Cuando dijo esto, los ojos de Elizabeth Taylor brillaron llenos de orgullo. Su entusiasmo por aquel hombre iluminó la habitación con la intensidad de un montón de farolillos japoneses.

Él salió del cuarto para descorchar otra botella de champán.

-Oh, nos peleamos -dijo ella-. Pero al menos vale la pena pelearse con él. Es realmente brillante. Lo ha leído todo y puedo hablar con él; no hay nada sobre lo que no pueda hablar con él. Todos sus amigos…, Emlyn Williams le dijo que era una locura casarse conmigo. Él era un gran actor; podía convertirse en un gran actor. Y yo no era nada. Una simple estrella de cine. Pero lo más importante es lo que sucede entre un hombre y una mujer que se aman. O entre cualquier pareja que se ama.

-La lluvia me provoca somnolencia. No me apetece beber más champán. No. No te vayas. Beberemos de todos modos. Y entonces, o bien todo será maravilloso, o nos enzarzaremos en una gran pelea. Él opina que bebo demasiado. Y yo sé que él lo hace. Trato de seguir amándolo. Seguir adelante. Siempre quiero estar donde está él. ¿Te acuerdas cuando, hace mucho tiempo, te dije que había algo por lo que quería vivir?

Cerro las cortinas y dirigió la mirada hacia mí, sin distinguirme; Galatea escrutando algún remoto horizonte.

-Bueno, ¿que opinas? – Pero era una pregunta que ya llevaba implícita la respuesta-. ¿Qué crees que será de nosotros? Supongo que cuando encuentras lo que siempre has deseado, eso no es el principio de un comienzo, es el principio del fin.