Por Gonzalo Figueroa Cea

El proyecto de la «U»: ¿tres años serán suficientes?

Sergio Vargas y Rodrigo Goldberg, históricos del club, toman un «fierro caliente» en la crisis de la institución. Se tienen mucha fe.

 
Es cierto: Universidad de Chile 2019 no tiene por qué parecerse a 1988 en materia de fútbol. Y hay motivos de sobra para argumentar al respecto: no se ha llegado al tercio del desarrollo del campeonato nacional, el club cuenta con una infraestructura deportiva digna de admiración (al margen de la caricatura simbólica de la falta de estadio propio) y no hay una situación de quiebra o algo parecido a ésta (salvo que Heller decida el destino de su inversión en la sociedad anónima controladora, Azul a Azul, como quien manda a embargar parte de su propiedad).
Lo de la ‘U’ es una crisis deportiva. Y quiero fundamentarlo con mis propias letras: queda expuesto que cada entrenador por sí mismo no es el problema como tampoco los jugadores en tanto plantel. El problema tiene un matiz diferente: falta de conducción, de una línea clara o (como lo detallarían las mentes más sesudas) de un concepto. Lo expongo en términos simples: si el estilo de juego debe privilegiar el orden, la presión y el ataque constante, eso es ya un concepto. Sonará grandilocuente, versero y fácil de decir. Pero es un concepto. Está conformado por ideas diversas pero todas apuntan a lo mismo: un juego vistoso para los hinchas. Por lo tanto hay una línea y hay una conducción, aunque sólo sea teoría.
¿Qué le pasó a la «U»? La lucha de egos en los entes superiores se extendió al ámbito del plantel (incluyendo al cuerpo técnico). Conclusiones: decisiones erráticas, contradictorias y conflictos que derivaron a resultados deportivos no satisfactorios y, últimamente, abiertamente desastrosos.
No quisiera detenerme en las personas que han pasado o están en el club o son pieza clave en la sociedad anónima Azul Azul. Independiente de las funciones o las jerarquías, a la hora de las críticas más duras los nombres de Heller, Aguad, Arias, Kudelka, Hoyos, Pinilla y Herrera surgen espontáneos en la boca de muchos hinchas de la enseña azul. Pero darles espacio acá, al menos para el análisis, no es mi idea (además creo que es un ejercicio un tanto inoficioso).

u2019(as Chile)

 
Un proyecto…y antecedentes
Es allí donde entran a tener preponderancia Sergio Vargas y Rodrigo Goldberg. Y es por tres razones: la credibilidad ganada como comunicadores ponderados y razonables; son parte de la historia linda del club (quizás, en el caso del arquero, a la altura de símbolos como Leonel, Salas o Rivarola, situación parecida a lo que ocurre con «Chamaco», Caszely, Barticciotto o Paredes, en Colo Colo) y tienen un proyecto.
Sin ir demasiado al detalle, hay varios elementos allí, en el proyecto mismo, que pesan y harto: la identidad (el proceso formativo influye mucho acá, con jugadores que seduzcan por su capacidad técnica, potencia, velocidad, especialización en cada puesto pero también adaptabilidad e inteligencia para jugar), los valores (aspecto aparejado con el anterior, donde resaltan atributos como el respeto, la solidaridad, el sentido del esfuerzo y la responsabilidad), un estilo de juego basado en el control e ir al frente sin renunciar a distintos esquemas, la misma forma de jugar en todas las divisiones, que los refuerzos sean elegidos con pinzas, que en tres años al menos el 40% del plantel esté formado por canteranos y que cada cuerpo técnico tenga un perfil que se condiga con la identidad deseada.
Creo que estas ideas son coherentes en tanto tales. Es lo que se espera de un club con recursos y alta convocatoria. Se ha enfatizado que el proyecto es demasiado ambicioso: puede ser si se considera que el Colo Colo campeón de la Copa Libertadores 1991 necesitó cinco años y fracción, que el elenco de Universidad Católica 1993 vicecampeón de la misma competencia – la más importante de clubes a nivel continental- fue resultante de una política del club de la franja vigente desde fines de los años 70, que el subcampeonato de la misma contienda por parte de Unión Española en 1975 fue consecuencia de una planificación larga que tuvo como cimiento un concepto de los dirigentes más la presencia y tenacidad de grandes figuras, al igual que las versiones de 1981 y 1982 del Cobreloa vicecampeón de América, cima fraguada desde el origen del club en la antigua segunda división.
Es más: si buscamos el por qué de las mejores épocas de los azules, el «Ballet Azul» que brillara en los 60 tuvo sus primeros (y modestos) peldaños al Olimpo a principios de los años 50. El representativo que llegara a semifinales de la Libertadores de 1996, prácticamente el mismo del bicampeonato 1994-1995, no hubiese existido sin la crisis que llevó al plantel de honor a segunda división en 1988. Por añadidura, si no hubiese tenido lugar una virtuosa política de promoción y contratación de refuerzos y no hubiesen estado varios de los protagonistas del período de mayor gloria del chuncho en los noventa, es probable que el bicampeonato 1999-2000 tampoco hubiese sido realidad.
Como complemento relevante, el mayor logro en la historia del club: la Copa Sudamericana 2011, responde a una apreciable recuperación desde la quiebra de 2007. Más allá del paso de diversos entrenadores y el uso de distintos esquemas, la apreciable mejoría futbolística del primer equipo en esos cuatro años tuvo su mayor eco en el plano internacional, con sucesivas buenas campañas que se extendieron hasta 2012. ¿Nombres?. Nos podríamos alargar acá, pero al menos concedamos los honores al entrenador Jorge Sampaoli y jugadores de la talla de Marcelo Díaz, Charles Aránguiz, Gustavo Lorenzetti, Eduardo Vargas y Gustavo Canales, entre otros.
Conclusión: tres años podrá parecer poco o insuficiente, pero cuando se reconoce la gravedad de una crisis deportiva (no sé si aplicar el concepto de «institucional») y hay al menos un proyecto que plantea un cambio radical tras el reconocimiento de esa crisis, quiere decir que hay una señal de seriedad. Y eso los hinchas más sensatos siempre deberán agradecerlo.
Gonzalo Figueroa Cea
Periodista
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