Por Ana Leyton

Desde el prólogo, escrito por el célebre periodista y director de la desaparecida revista Análisis, Juan Pablo Cárdenas, advertimos que nos encontraremos con una publicación que responde a una investigación profesional de rigurosa mirada, contextualizada en la región donde el periodista y académico Gabriel Canihuante reside desde el año 1993.

Un libro es un gran aporte cultural, y en este caso específico, un aporte a la memoria de la trayectoria periodística regional, desde la conciencia local y provincial hasta el concepto país. El texto es una referencia valórica en un tiempo presente en que se nos muestra como el periodismo está lejos de ser lo que fue en su origen. Esta obra rescata el periodismo que nace como una importante necesidad obligada por la reciente declaración de Independencia en 1818, evidencia de ello es “El Minero de Coquimbo” donde Hipólito Belmont se refería al proceso de emancipación de las Américas en el siglo XIX. Un periodismo que se hace cargo de la transformación social, que da confianza y que quiere educar ya que abarca los grandes temas que le interesan a la ciudadanía.

Gabriel-Canihuante

 

Canihuante nos entrega un estudio sin precedentes y comprometido con su perfil periodístico, lo acerca a través de un lenguaje que se pone al alcance de la comprensión de quien lo lea. Es una fuente de información muy bien focalizada que a través de la palabra cercana y dinámica, conduce al análisis y la crítica, por lo tanto, a la interacción permanente en medio de su lectura; aunque, en sus primeras páginas nos encontramos con una larga descripción de su metodología investigativa, presentación necesaria, pero poco amigable.

Es un libro que hace historia, donde claramente el centro de atención es el texto periodístico. La Serena, Coquimbo, Ovalle, Illapel y Vicuña son las localidades que contaron con esta actividad a partir del siglo XIX y la muestra en estudio es de 22 periódicos seleccionados, señalados en la metodología. Aparecen nombres como “El minero de Coquimbo” ( La Serena,1828), “El Eco de Coquimbo” ( Coquimbo, 1849), “El Periodiquito de la Plaza” (La Serena, 1851), “El Tamaya” (Ovalle, 1876) “El Norte” (Illapel, 1883), “El Elquino” (Vicuña, 1885), El Choapa (Illapel, 1904), La opinión del Norte (Illapel, 1913) entre otros. Llama la atención que en varios de estos periódicos se integre el concepto de literatura y a veces más, específicamente, el de poesía, lo que lleva a descubrir la unidad entre periodismo y actividad literaria.

El autor nos regala la posibilidad de conocer en detalle y profundidad las inquietudes del ciudadano de la época, incluso su pensamiento; y el proceso con todas las variables inferidas desde la sola descripción del tipo de acontecimientos, preocupación desde el lugar en cuestión, diarios que nacen con el claro objetivo no sólo de la divulgación, sino que además, de la denuncia crítica y la investigación.
Uno de los periódicos descritos y analizados que más llamó mi atención desde su nombre fue “El Periodiquito de la Plaza” elogiado por uno de los hombres más cultos de la época, José Victorino Lastarria, ya que presenta la creatividad e idealismo de su editor, que además se autocalifica de “pigmeo de la prensa” dicho irónicamente, como adelantando el sarcasmo percibido en círculos de elites intelectuales; además, acusa no tener día fijo de publicación, lo que lo hace contar con el efecto de lo inesperado, también tiene un eslogan “El pueblo no se rinde al tirano”. Sobre este singular medio escrito, acusa Gabriel Canihuante, que en el texto titulado “Al caso” donde “se describe e intenta explicar en qué consiste la ocupación armada por tropas irregulares de un sector de la ciudad de La Serena como forma de manifestación contraria al gobierno de Manuel Montt” dice “Este es un texto muy bien escrito que evidencia en el autor una mezcla entre inspiración literaria y convicción ideológica. Es un texto con rasgos poéticos” dice aludiendo a su autor, el liberal Juan Nicolás Álvarez Borcosqui, “El Diablo Político”

También encontramos la presencia de poetas, escritores de la época, como es el caso de la gran maestra Gabriela Mistral, cuando aún firmaba como Lucila Godoy, personajes cultos e idealistas como Manuel Concha, Manuel Magallanes Moure, el cura Pedro Vega, el político Eduardo Sepúlveda, personas que ejercen la labor periodística provocando estragos sociales desde su perspectiva ideológica y cultural.

Gabriel Canihuante logra llevarnos al recuerdo de un periodismo ético que nos hace evocar con nostalgia la pérdida de nuestro perfil cívico. Pone frente a nosotros, la importancia de esta actividad vital para el desarrollo intelectual y crítico.

Es un libro que debe considerarse seriamente para su estudio, ayudaría en disciplinas antropológicas y sociológicas referente a la conformación de nuestra sociedad regional. Es un libro que, aunque su estructura metodológica nos posiciona en una investigación rigurosa, invita también a ser leído como crónica, ya que en él se encuentran variados relatos de interés público, que sorprenden y atrapan, narrados con objetividad periodística pero también con la maestría lingüística de un escritor ameno.