Por Jorge Scherman

En una breve columna anterior sobre este tema, publicada por Urbe Salvaje, planteé en esencia cuatro cuestiones. Primero que los psiquiatras y/o psicoanalistas no pueden hablar por nosotr@s l@s ciclotímic@s, pues se trata de una vivencia que se les escapa desde su posición teórica y externa.
Segundo, que la bipolaridad es una experiencia que instala a la persona en el infierno (depresión) o el cielo (manía o psicosis). Un sufrimiento inenarrable o una sensación de omnipotencia excitada donde los límites se esfuman. Luego se vuelve a la tierra y un@ se pregunta qué me pasó y por qué. No hay respuesta, excepto que tu mente se fue, huyó de la realidad.
Tercero, postulé que el estado manía o depresión era una metáfora o sinécdoque de
tod@s aquell@s mal llamados “subalternos”, tomando el término de Gayatri Spivak, quien plantea que nadie puede hablar por el o la otr@.
Y cuarto, que la opción de l@s ciclotímic@s es morir o vivir. La tentación del suicido en caso de una depresión (aguda y prolongada), o la lucha por la vida contra viento y marea (litio mediante, fármaco clave que nos modula o equilibra la mente y nos sostiene).
Recibí tres comentarios y opiniones de mujeres, ¿por qué será? Parece ser que los hombres rehúyen el tema aunque, hasta donde sé, la bipolaridad no es exclusiva, pero sí más común entre los hombres.
Romina, terapeuta, me dice que las vivencias de un(a) bipolar son claramente muy distintas a las de una observadora externa y cómo relata esa observación, que no alcanza a parecerse al otro o la otra. Y, finalmente, que nunca jamás la observadora reflejará, sino solo de manera pálida, la experiencia del o la bipolar. Entonces, digo yo, me reafirma que nadie puede hablar por nosotr(a)s.
Otra profesional del área, Fernanda, me dice que mi columna original despierta el interés de saber más de qué se trata el asunto de la bipolaridad. Pues bien, se trata de luchar por recobrar el equilibrio mental a partir de un ciclo anímico mucho más alterado en comparación al común de lo(a)s mortales. Esto te conduce a una vulnerabilidad extrema y al miedo de que no retornes a tener control sobre tu mente. Y a que tus pulsiones te superarán. Tu corazón y tu cabeza son un torbellino que desconoces hacia dónde va a dirigir sus flechas. Caminas como si estuvieras pisando huevos. Nadie (familiares, parejas, amigo(a)s) te entiende cabalmente y en sus ojos se refleja el desconcierto. Al principio uno(a) no se da cuenta de esa perplejidad, pero pasado el tiempo con la experiencia de lidiar con la enfermedad, ves en esas pupilas, en esos gestos, en ese dolor, que yace ahí una pregunta clave: ¿qué le pasó a este(a) huevón(a)? Nada, excepto que se te corrió al menos una teja (te bajaron los turururos, me dice mi amiga Antonia, vaya a saber uno(a) qué son los turururos). Y que esa teja puede ser restaurada, no importa cuánto llovió o tembló. “La ventana está rota y entra la lluvia” (Jack Kerouac, en On the Road). Oh… cuánta depresión o euforia. Tarde o temprano, vía litio, antidepresivos, ansiolíticos, inductores del sueño, o antipsicóticos, terapia quizás, vuelves a tu equilibrio mental, y la vida continúa tan enigmática, tan frágil. Con su belleza y las penas habituales de cualquier ser humano.
Y, por último, Eugenia, una gran amiga escritora, dijo en Facebook ante mi texto original: “Comparto una columna de mi colega y amigo Jorge Scherman. Sus palabras me interpretan completamente. Sonó un poco apostólico, ji ji, somos bichos, bichas en un planeta de bichos. Todos parecidos con los mismos órganos, penas y dolores, somos ordinarios y corrientes pero singulares, en realidad, somos bien raros los seres humanos”.
En resumen, la denominada normalidad es una trampa. L@s que se autodefinen de “curander@s” de la mente, el cuerpo y el corazón no pueden entrar a cabalidad en ese ser que pretenden curar de sus “males”.
L@s “subaltern@s” siempre, siempre, nos vamos a fugar por las porosas fronteras de todo poder canónico.
Frente al misterio, a lo arcano del ser (reitero: mente, corazón y cuerpo), los fármacos y las terapias, siendo necesarias, no dan el ancho.
A fin de cuentas solo vale para nosotr@s la pulsión de amar, crear y vivir.