Por Eduardo Leiva Herrera

1997. Gonzalo Millán estaba sano, lúcido, brillante. Lo había conocido cuando organizamos con Redolés un “Festival de poesía joven” en el teatro Novedades. “Novedades en la poesía”. Leyeron, creo, como 30 poetas menores entonces, de treinta años. Entre ellos, creo recordar a Nadia Prado, Francisco Véjar, Jesús Sepúlveda, Malú Urriola, Julio Carrasco, tal vez, y, entre los menores, un tal Sebastián Centella, que hoy es conocido como Sebastián Lelio. Para el cierre de cada jornada –fueron dos días- invitamos a un par de poetas mayores. Millán fue uno de ellos.

Algunos años después, cuando él ya había decidido hacer solamente sus talleres de autobiografía, le convencí de que hiciera uno sobre poesía latinoamericana, y así estuvimos reuniéndonos con un buen grupo de personas, en la Biblioteca Municipal, ubicada entonces en la Quinta Normal, una vez por semana, durante tres meses. Sus exposiciones eran transparentes, clarificadoras, precisas. Millán era muy distinto a cualquier artista que hubiera conocido. Mesurado, estable, era siempre un agrado conversar con él. Más de alguna vez nos tomamos unas cervezas en un bar del cual sólo queda un terreno vacío, en Alameda al llegar a República, y me contaba de sus viajes, del “Situacionismo” y sus relaciones con unos “okupa” en Holanda, o de la triste anécdota de los niños que morían encerrados en los refrigeradores que la gente abandonaba en las calles, en Canadá. Pareciendo ser el escondite perfecto, los chicos se encerraban a la hora del juego, sin advertir que no es posible abrirlos desde adentro. La dramática historia se convirtió, claro, en poema:

“Encontrarán siglos después,
cuando sólo queden los envases
de una sociedad
que se consumió a sí misma,
sus restos
de pequeño faraón dentro
de un refrigerador descompuesto,
enterrado
bajo unas pirámides de basura.”
(“Niño”, incluido en “Vida” de 1984)

Poco después acordamos que hiciera uno de sus talleres de autobiografía, en “San Antonio de Padua”. La iglesia que nos acogía para desarrollar actividad cultura con los vecinos del llamado barrio “Matta sur”. A partir del Carnaval de San Antonio de Padua, primero una pequeña fiesta parroquial que tuvimos la ocasión de apoyar hasta que se convirtió en el mayor espectáculo callejero de la ciudad, organizamos un sinnúmero de talleres artísticos. Entre ellos, estuvo Gonzalo Millán. Producto del taller, hicimos una pequeña publicación –donde reunimos los resultados con otro que dirigió Lilian Elphick en el barrio Yungay-. Yo me di el lujo de compartir espacio con ellos, escribiendo una presentación. Gonzalo Millán remató la propia con estas palabras:

“Pienso que nuestras relaciones personales son distintas voces de una misma historia; nuestras vidas, variaciones de una vida mayor y ensayos de una posible vida mejor.”

Y en el ensayo se agota la vida. Habíamos perdido contacto. Ya sabíamos que estaba enfermo. Me pidió una vez unos textos para publicar en un número que preparaba de su “El Espíritu del Valle”, la revista que dirigió durante varios años. Luego de eso no pude contactarlo. Todo era secundario, creía yo, así es que no molesté más. Y un día Gonzalo Millán ya no era esa voz que era, esa variación. Un día era parte del Misterio de la vida mayor. Encontré hoy un ejemplar de esa publicación. Aquí está vibrando apenas perceptiblemente.