Más allá de las estadísticas (a veces, meros datos anecdóticos), de si fue efectivamente el mejor mundial, de si la FIFA acertó de una vez por todas con el VAR o de las visiones de los seguidores del fútbol que no conocen de la ponderación (aquéllos que prácticamente ven las cosas en blanco y negro), Rusia 2018 deja múltiples lecciones en torno a lo que es su esencia: el “deporte rey” en si mismo.

Pero no me detendré en todo, sino que en algunos aspectos, pero siempre pensando en el fútbol chileno y su mayor capital: la selección adulta (disculpen si el concepto “capital” suena tan neoliberal, pero estamos en un contexto en que encaja en pleno). Tampoco me detendré en el Francia campeón del mundo. Estamos de acuerdo en que allí Lloris, Pogba, Griezmann, Nbappé o Giroud son de “otro planeta”. Como también lo son Vida, Modric o Rakitic, en Croacia; Courtois, Hazard o Lukaku, en Bélgica; Pickford, Trippier o Kane, en Inglaterra…Pero insisto: no me detendré allí porque me extendería demasiado.

Es más: tampoco lo haré para opinar si Deschamps es mejor entrenador que Dalic por el sólo hecho de haber ganado el mundial como técnico y como jugador. De paso creo que Martínez Montoliu y Southgate son dueños de historiales igualmente interesantes. Pero en ellos hay un punto en común que en el fútbol sudamericano y, sobre todo, en el nuestro se ha perdido: la idea de proceso en el sentido de secuencia larga, ideas claras y, por cierto, altibajos.


Es cierto: Chile clasificó a Sudáfrica 2010 con un entrenador: Marcelo Bielsa y fue noveno. Clasificó a Brasil 2014, donde fue noveno; fue campeón como anfitrión en la Copa América 2015 con otro técnico: Jorge Sampaoli. Fue campeón en la Copa América del Centenario en Estados Unidos el 2016 y vicecampeón de la Confederaciones 2017 con otro deté: Juan Antonio Pizzi. Se mantuvo un concepto: sentido colectivo, frontalidad (ir abiertamente a ganar los partidos) y el evitar la especulación, al menos hasta mediados del año pasado.

Problemas de indisciplina, falta de manejo de grupo del adiestrador y, por ende, la pérdida del concepto esencial de la “generación dorada”(iniciado por Bielsa en 2007 con auspicio de José Sulantay). Es allí donde está la explicación del juego ramplón y anunciado de nuestra selección en los partidos decisivos, que debió haber ganado y los perdió con claridad (0x3 con Paraguay en el Monumental y 0x1 con Bolivia en la Paz). No bastó con contar con nombres rutilantes (Bravo, Medel, Isla, Vidal, Aránguiz, Vargas o Sánchez) si no estaban rindiendo lo suficiente.

Procesos, esquemas, flexibilidad

¿Qué hubiese ocurrido si Bielsa hubiese seguido o, al menos, Sampaoli no hubiera tenido la ambición desmedida de tomar un fierro tan caliente como la selección argentina?. No tengamos la mirada tan chata en el sentido de pensar en obtener todos los campeonatos posibles, pero sí, por lo menos, pensemos razonablemente en que habría logrado mantenerse más fuerte el concepto referido. En otras latitudes lo lograron Deschamps, Dalic, Martínez Montoliu y Southgate. La idea de hacer prevalecer una idea de hacer fútbol no es de la noche a la mañana, ni de un año para otro: es esfuerzo, disciplina, constancia y una mirada integral pensando en las divisiones inferiores. Evidentemente el apoyo directivo es fundamental.


Otro factor elemental: quizás nos llamó más la atención el sacrificio de Croacia por sobre el pragmatismo de Francia, el contragolpe letal de los galos en comparación al juego aéreo de Inglaterra; las pegadas precisas de los británicos en relación a la capacidad de reacción de Bélgica; o el sentido colectivo de los belgas más que la garra de los croatas, pero eso revela algo más atractivo todavía: no hay un esquema de juegos válido. Como planteó el ex futbolista y hoy comentarista, Rodrigo Goldberg, no hay un esquema que haya ganado en forma exclusiva campeonatos: todos los esquemas han ganado campeonatos.


Dicho de otro modo: a los recursos disponibles se les saca el mejor partido según capacidades y circunstancias: en el caso particular de Francia: saber cuando defender, saber cuando atacar, saber cuando aumentar la intensidad, saber cuando bajar las revoluciones. ¿A mayor posesión del balón, probabilidades de mejor resultado? Otro mito derribado.

El tema es administrarlo mejor, no la cantidad de tiempo.


En el caso de Chile hay nuevas figuras: quizás Nicolás Castillo no es Alexis Sánchez, pero el colombiano Reinaldo Rueda ya lo tiene en sus nóminas y sabe lo que puede rendir (y lo que no debe hacer). Lo relevantes es tomar estas enseñanzas del mundial muy bien: son tiempos en que el sentido colectivo adquiere otro matiz, quizás no tan vistoso, pero sí enfocado a un equilibrio entre líneas y un sentido del sacrificio mayores, lo que no deja de ser interesante. No hay duda en que el tener centrales altos ayuda y mucho, pero no creo que sea del todo gravitante.
Será el tiempo de Maripán, Roco, Reyes, Sagal o Araos, por ejemplo, sin descartar todavía a los consagrados. Pero lo mejor que dejó este mundial en materia futbolística deberá ser considerado por el entrenador caleño para flexibilizar y darle nuevos y atractivos matices al concepto de frontalidad que ha hecho brillar a Chile en los últimos once años. En septiembre se vienen los amistosos contra Japón y Corea del Sur. El próximo año la Copa Amèrica Brasil 2019 y, posteriormente, las clasificatorias para Qatar 2022. Definitivamente el tiempo no se detiene.

Gonzalo Figueroa Cea

Periodista

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