Por Esteban Vilchez Celis

Chile tiene un tema con la obediencia y la autoridad. Uno grave. Nuevamente soy minoría, pues, según la encuesta Cadem, el 78% de los encuestados apoya la conducta del carabinero que le disparó a un chico de 20 años por insistir, más allá de toda prudencia, en eludir un control vehicular. Parece que a los chilenos les resulta muy natural resolver los problemas, entre ellos “las faltas de respeto a la autoridad”, con la violencia, incluso con balas en contra de un civil desarmado.
Chile es un país golpeador de niños; ¿qué tan extraño es, entonces, que sea también baleador de jóvenes desobedientes? Es nuestro sello. Se han escrito páginas de sangre por el tema de “la autoridad”. Recordemos lo ocurrido en el edificio del Seguro Obrero, tomado por un grupo de jóvenes liderados por Jorge González Von Marées, el 5 de septiembre de 1938. La matanza de estos jóvenes “nazis” (seguramente no entendían ni remotamente el desprecio “racial” que Hitler, Goebbels o Goering hubiesen experimentado hacia ellos) se debió a que el presidente de la República y otro carabinero, el general Humberto Arriagada, se tomaron muy en serio esto de “respetar a la autoridad”. Qué importa que sean jóvenes, que dejen padres desolados, que hubiese sido posible simplemente desalojarlos. No, no, la autoridad, ante todo. Así que, vamos con los balazos, las bayonetas y los descuartizamientos. En el tomo 2 de la Historia Secreta de Chile”, de Jorge Baradit, usted puede leer un desolador relato de lo ocurrido. Es que se había puesto en entredicho a “la autoridad”. ¿Santa María de Iquique no fue lo mismo?
La obediencia, el acatamiento y el respeto a la autoridad, a los adultos, al patrón, a la iglesia. ¿Es lo más importante? Si un 78% cree que estuvo bien el carabinero, esto ya ni siquiera es un discurso de la derecha históricamente opresora, sino que uno de la “inmensa mayoría” del país. Lo que solo prueba que no es infrecuente la parálisis de la razón en las masas.
Veamos por separado algunas cuestiones para entender el problema.
Primero, está la conducta del joven de Uber. Un error. Una infracción. En el caso concreto, la orden de detener el auto para un control policial era razonable y debía ser obedecida. Si era injusta, mejor aguantarse: los carabineros creen mucho en la autoridad, pero no tanto en la vida. Estamos todos de acuerdo en que el chico se equivocó. Vamos a la segunda cuestión, ¿qué hacer ante ese error? ¿Disparar?
Para respondernos esto, debemos adelantarnos un poco. Ya tenemos claro que la “obediencia a la autoridad” es un valor muy apreciado por los chilenos. Aunque personalmente me parece un valor bastante relativo y poco atractivo, pues el análisis crítico y el pensamiento autónomo siempre me han parecido mucho más útiles para una sociedad sana, en este punto solo admitiré que sea un valor. Incluso, un gran valor. Pues bien, supongo que ese mismo 78% pensará que la vida humana, la de un joven de 20 años desobediente y que hace Uber, es valiosa también.
Así que tenemos que analizar la forma en que se relacionan dos valores importantes: obedecer a la autoridad y respetar la vida de las personas, incluidas las desobedientes. Porque supongo – aunque quizás sea solo la suposición de un optimista – que nadie cree que cualquier desobediencia merezca balas, golpes o violencia. Tratemos, entonces, de compatibilizar los dos valores y de imaginar cuándo uno puede ser sacrificado a favor del otro: la obediencia a favor de la vida y la integridad física o estas últimas a favor de la obediencia.

Teniendo presente lo recién dicho, ahora estamos en el siguiente escenario: hay un desobediente, un joven que no le hace caso al carabinero y pretende irse del lugar sin sujetarse al control vehicular. Lo hace acelerando el auto a menos de 1 o 2 kilómetros por hora para forzar al carabinero a despejarle la vía. Convengamos, en aras de la sensatez, que la conducta era irrespetuosa, pero en ningún caso ponía en riesgo la vida ni la integridad física del carabinero, pues lo que habría ocurrido, de no mediar los disparos, es que el uniformado hubiese quedado a un lado, sin lesiones de ningún tipo, y el joven se hubiese ido. Decir que estaba en peligro la vida o la integridad física del carabinero es alejarse de la evidencia. Decir que lo estaba atropellando es ignorar la objetiva diferencia entre “atropellar” (dos cuerpos entre los que media una distancia mínima y en el cual el de mayor masa golpea al otro a una velocidad que le permita, precisamente, golpear o impactar) y “empujar” (un cuerpo se junta a otro, sin dejar distancia, y procura moverlo del lugar en que se encuentra, a una muy baja velocidad). La próxima vez que vaya a un concierto lleno de gente, como los de U 2 o Lucho Jara, comente a sus amigos que “lo atropellaron toda la noche”, a ver si le entienden.

Entonces, el carabinero empujado por este joven desatinado resuelve dispararle. Sinceremos el tema: no es que lo estén atropellando, no es que el carabinero pueda morir o ser fracturado; el tema es que está siendo desobedecido. Y frente a esta desobediencia, la mejor solución que se le ocurre a este garante de la seguridad ciudadana fue disparar a un joven sentado en el auto a través del parabrisas. No suena muy racional, ¿verdad?

Creo que en esta conducta hay dos problemas muy graves: uno, es la desproporción de la reacción del carabinero; el otro, la irracionalidad del medio escogido, habiendo alternativas mejores.

Si quien desobedece es un sujeto armado que está asaltando un banco y que se niega a bajar el arma con que apunta al dueño del banco, parece razonable dispararle, considerando que los asaltantes de bancos tienen mal genio y son muy peligrosos y que suelen matar personas durante sus actividades laborales informales, lo que podría costarle la vida al dueño de un banco, que son, en cambio, personas habitualmente bondadosas y moralmente intachables.

Pero si también se le dispara a un joven de 20 años que no se detiene en un control vehicular, uno se pregunta si puede ser razonable una misma reacción frente a agresiones tan disímiles en intensidad y gravedad.

Si usted apaga el incendio de su auto con el extinguidor, nadie se asombrará; pero si también tiene la costumbre de apagar sus cigarrillos con él, seguramente todos pensarán que no distingue bien las situaciones. Eso es porque su reacción es desproporcionada. Las balas, señores carabineros, deben reservarse para casos extremos, en los que se enfrenten agresiones reales y objetivamente peligrosas o actos delictivos especialmente graves.

Además, sólo habría sido una conducta racional si hubiese sido la única posible, si no hubiesen existido alternativas mejores para conciliar el respeto a la autoridad y cuidar la vida o la salud de un joven de 20 años. Por ejemplo, dejar pasar al desobediente y, con la patente, posteriormente ir a buscar al infractor al domicilio o simplemente dirigirle un parte empadronado de dos millones de pesos, para saciar la sed de respeto a la autoridad que embarga a este país. Podemos dictar una ley en que la desobediencia injustificada a la orden de un carabinero tenga una pena pecuniaria relevante.

La tesis popular de que no haber disparado significaría que nadie obedecería ya a ningún control vehicular y que siempre las personas “le echarían el auto encima a los carabineros” es lo que se llama “argumento de la pendiente resbaladiza”, según el cual mostrarse permisivo en algo conduciría irremisiblemente al caos, la destrucción, el apocalipsis y, quizás, a un mundo dominado por zombies. Es el mismo argumento según el cual luego de aprobarse el divorcio, vendría Sodoma y Gomorra; o el que subyace en la idea de que, tras la aprobación del aborto en tres causales, las mujeres usarían el aborto como un agradable método anticonceptivo, despreciando la comodidad de las inyecciones hormonales o las pastillas anticonceptivas. El preclaro diputado UDI, Gustavo Hasbún, incluso previó lo que todos los demás, miopes nosotros, no pudimos ver: el fin de la Teletón.

No. Haber dejado pasar al chico en lugar de balearlo no habría hecho que los demás chilenos nos acostumbrásemos a empujar a los carabineros con el capó de nuestros autos.

No sé usted, pero, para mí, los cigarrillos se apagan en los ceniceros y no con extinguidores.