Por Ernesto Guajardo

 

 

El periodo de la Reconquista tiene una figura emblemática: Manuel Rodríguez. A su vez, este es reconocido, generalmente, con un apelativo: el guerrillero y ello, por último, supone una afirmación: en Chile, entre los años 1815 y 1817 existió una guerra de guerrillas. Sin embargo, ¿es esto efectivo? Nosotros creemos que no, o al menos no en la manera en que se suele concebir dicha modalidad específica de desarrollar un conflicto armado.

En realidad, lo que se desarrolló en Chile durante esos años fue la guerra de zapa, diseñada, planificada y dirigida por el general José de San Martín. En la ejecución de dicha táctica algunas acciones fueron realizadas por montoneros, los cuales, generalmente, eran organizados y dirigidos por insurgentes patriotas. Para explicar un poco más esto, consideraremos un hecho específico: el asalto y toma de Melipilla, realizado el 4 de enero de 1817.

Este hecho suele considerarse en la bibliografía como el inicio de las acciones patriotas insurgentes en el territorio nacional, durante el período de la Reconquista. Debido a ello, siempre ha tenido cierta relevancia simbólica, la cual también se ha transferido a la figura de Manuel Rodríguez o, al menos, a la manera en que se difunde su imagen como guerrillero. Esto se debe, creemos, a lo menos a dos factores. El primero de ellos es que esta acción es considerada por muchos como la primera acción propiamente insurgente, en gran medida debido al desconocimiento de la realización de otras acciones previas a esta, o bien a la dificultad de poder categorizarlas como propias de la insurgencia, esto debido a lo dispersas y menores de las mismas (como ocurre, por ejemplo, con los asaltos a los correos españoles). A ello se agrega el hecho de no poder establecer con toda precisión el deslinde entre las acciones realizadas efectivamente por la insurgencia, de aquellas que corresponden a expresiones de la delincuencia rural de la época. Por último, la gran escasez de registro documental de todas estas actividades no hace sino incrementar de manera significativa la dificultad de tener un cuadro general de las acciones insurgentes durante este período. Sin embargo, sí se puede sostener que el asalto de Melipilla, así como las otras acciones que le sucedieron –asalto y toma de San Fernando, asalto de Curicó– responden al plan estratégico desarrollado por el general José de San Martín. No es una acción diseñada o planificada de manera independiente por Manuel Rodríguez, ni menos aún desarrollada de manera fortuita. Esto, por cierto, no disminuye la relevancia de la misma: es el primer asalto a una localidad, realizado en el territorio nacional ocupado por el ejército español. No se cuenta con concentración de fuerzas insurgentes, ni caballares ni armamento suficiente. A pesar de dichas debilidades, Rodríguez es quien encabeza este asalto, quizás para instar con el ejemplo a la realización de las próximas acciones que se debían efectuar.

Al intentar reconstruir los pormenores del asalto a Melipilla, es posible distinguir con mucha claridad dos categorías entre quienes realizaron esta acción. En efecto, por un lado podemos distinguir a los insurgentes, es decir el núcleo inicial constituido por Manuel Rodríguez y los cuatro patriotas que lo apoyan (Ramón Paso, José Guzmán, Galleguillos, y un exsoldado que nunca se pudo identificar). Por el otro, se encuentran los montoneros, esto es, aquellos campesinos que fueron incorporados a esta acción, de una manera u otra.

Nos parece que esta acción nos permite explicar con mucha claridad la diferencia entre una categoría y otra. En efecto, si nos remitimos a las definiciones de la Academia Española de la Lengua, el insurgente remite al individuo “levantado o sublevado”, mientras que el montonero tiene diversas acepciones, todas las cuales refrendan nuestro punto: “Hombre que, no teniendo valor para sostener una lucha cuerpo a cuerpo, la provoca cuando está rodeado de sus partidarios”; en Argentina es el “individuo de la montonera”, mientras que en Bolivia y Chile, corresponde al “hombre que lucha en montón, es decir, en grupos desordenados”. Nos parece que las definiciones propuestas muestran de manera nítida la distancia que existe entre el insurgente y el montonero. En el primer caso, corresponde al sujeto que se levanta contra una autoridad, lo cual supone, a lo menos, un cuerpo mínimo de ideas, eventualmente una estrategia y una táctica lo que, a su vez, implica algún nivel de organización. En el segundo, como se aprecia con claridad, la constitución de la montonera es temporal, sin estructura ni necesariamente un ideario común definido.

Esto se puede comprobar, además, en tres momentos distintos de esta acción. El primero de ellos es la propia conformación de la fuerza que asaltará Melipilla: primero se constituye el grupo inicial, de insurgentes, el cual comienza a reclutar a campesinos que se convertirán en montoneros. El segundo es cuando se realiza la repartición de los bienes que se encuentran en el estanco: los primeros en recibir parte de ellos son los insurgentes, el resto es entregado –sin orden ni jerarquía alguna– a los montoneros y a los habitantes de la villa que quisieron participar de dicho reparto. Por último, cuando los insurgentes deciden retirarse de la zona aledaña de Melipilla –en donde se han escondido–, lo hacen de manera independiente, sin informar ni convocar a los montoneros los cuales, a su vez, comienzan a disgregarse, disolviendo de esa manera la existencia acotada, temporal, de la montonera que asaltó la villa.

En lo que dice relación al tipo de armamento del cual disponían los insurgentes, este se distingue claramente de los objetos o instrumentos con los cuales se arman los montoneros. Sin embargo, al momento de realizarse un enfrentamiento con las fuerzas españolas, esta distinción no tendría mucha significación, toda vez que el uso y porte de armas estaba castigado por el Reglamento de 1815, emitido durante la Reconquista, en el cual, tanto las piedras como los palos eran considerados como armas (“Nadie podrá cargar armas prohibidas, y las permitidas sólo a sujetos privilegiados, y al que se encontrase con aquellas o con otras de esta clase como garrotes, laques o piedras sueltas, sufrirá la pena de cuatro meses de prisión, si fuere noble, y si plebeyo, en el presidio por primera vez; por la segunda, un año de destierro; por dos, el que reincidiere; por tercera con gravamen, doscientos azotes por las calles, como está mandado por Real Cédula, colgándosele al cuello el instrumento de su delito”, señalaba dicho Reglamento).

Es evidente que los insurgentes se preocupan de tener la mayor cantidad posible de armas, pero aún así, el acopio que logran realizar evidencia su escasez y diversidad: los cinco hombres disponen de seis pistolas, una tercerola, cuatro sables y una daga. A este armamento hay que agregar las lanzas que han tomado en Melipilla.

Es difícil poder determinar mayores detalles de estas armas, por ejemplo, si las pistolas tenían sistema de llave de chispa o llave de percusión (una diferencia que incide en la rapidez con la cual se puede realizar el disparo). Sin embargo, en ambas modalidades –así como también ocurre con la tercerola– los insurgentes podrían haber realizado solo un disparo, ya que en caso de haberse enfrentado a las fuerzas españoles hubiera sido muy difícil volver a cargar sus respectivas armas. De este modo, Rodríguez, su asistente y Ramón Paso estaban en condiciones de reaccionar de manera rápida, a escasa distancia y poder de fuego, luego de eso deberían pasar al combate cuerpo a cuerpo, con sables, junto con Guzmán y Galleguillos.

Cabe señalar, además, que las armas que portan los insurgentes eran apropiadas para quien se desplazaba montado a caballo; en efecto, todas ellas constituían en la época parte del armamento tradicional de la caballería ligera, como queda expresado, por ejemplo, en el oficio de José Miguel Carrera a la Junta Gubernativa sobre la organización de los cuerpos de caballería: “un soldado de caballería ligera, que ha de cuidar, conocer y usar por principios, una tercerola, dos pistolas, sable, montura y caballo”, indica.

En lo que dice relación al armamento de los montoneros, como hemos visto, este en realidad se constituye por un conjunto variopinto de utensilios domésticos o herramientas de trabajo, las cuales se toman, para esgrimirlas como posibles armas. Una de las primeras observaciones al respecto es que esto implica que los montoneros deberían luchar cuerpo a cuerpo; por lo mismo, es de suponer que su predisposición de ánimo a asumir dicha posibilidad debería haber sido bastante alta. Por cierto, esto solo podría haberse comprobado si esta montonera hubiese entrado en contacto con las fuerzas españolas: solo en la realización de dicho enfrentamiento podría haberse determinado hasta qué punto estaban comprometidos los montoneros con la causa a la cual los convocaban los insurgentes.

Otro rasgo a destacar es la utilización del factor sorpresa. Esto se evidencia en la opción por realizar un desplazamiento nocturno en dirección al objetivo, así como en el control de las posibles filtraciones de información que pudieran dar cuenta del movimiento que se realizaba. De este modo, cuando los insurgentes y los montoneros llegan a Melipilla, en la villa no existe ninguna noticia que hubiese podido anticipar el asalto.

Un aspecto digno de mencionar son los objetivos sobre los cuales se concentró la atención de los insurgentes: todos ellos tuvieron un carácter político, económico o militar. De este modo, se detiene al subdelegado del partido, Julián Yécora, en cuanto representante del poder político y administrativo español; se ocupa y saquea el estanco real, que representa el orden económico de la Colonia y, por último, se queman las astas de lanzas y sus moharras se arrojan al río Maipo, lo que implica un claro objetivo militar: disminuir la capacidad ofensiva del enemigo. No existe ninguna mención al ejercicio de algún tipo de violencia en contra de particulares, ni siquiera en contra de vecinos realistas. La única excepción que se podría considerar es el asalto al español Damián el cual, dadas las circunstancias de su encuentro con la montonera, no puede considerarse de manera estricta como una agresión antojadiza a un individuo, sino como una oportunidad de estimular el estado de ánimo de los montoneros, así como también respondía a la necesidad de salvaguardar el secreto del desplazamiento hacia Melipilla.

En todo caso, esta acción ser diferenciará de otras, más que por lo realizado en la villa, por un hecho puntual ocurrido en sus alrededores y que, claramente, no correspondía ni a los objetivos ni a la planificación inicial del asalto a Melipilla, nos referimos a la captura del teniente español Manuel Tejeros.

Como hemos visto, los insurgentes no estaban enterados de la presencia del oficial en las proximidades de Melipilla y la decisión de capturarlo se tomó sin mucha demora. Sin embargo, según lo que refiere Barros Arana, la voluntad de Rodríguez, al momento de retirarse de la villa, era llevarse también al subdelegado de la misma. ¿Cuáles serían las razones de esto? Por un lado, el efecto político y militar de una acción como esta es muy nítido, a tal punto que podría considerarse dicha consecuencia como una motivación razonable. Sin embargo, las condiciones materiales, logísticas, para poder respaldar una decisión de este tipo no parece que existieran en la zona. En efecto, la captura o secuestro de estos españoles obliga a los insurgentes a disponer, por lo menos, de un lugar donde mantener a los apresados. Considerando la forma en que se desarrollaron los hechos, no parece probable que esto haya sido tenido en cuenta y, menos aún, resuelto. De hecho, ni siquiera estaban contemplados inicialmente en el repliegue de los insurgentes, luego de realizada la ocupación de Melipilla y los problemas que ello implicó se expresaron, primero, en la fuga del asistente de Tejeros y luego en la muerte de este. Pero, además, ¿capturarlos, para qué? ¿Para un intercambio por otros prisioneros o para cobrar algún tipo de rescate? ¿Solo por realizar una acción que busque desmoralizar a la fuerza enemiga y fortalecer a la propia? Es tan particular este hecho que pareciera que, en todo el período de la Reconquista, no existe una acción similar. La evidente premura en la toma de decisión, así como la improvisación en su realización, evidencian que los insurgentes, Manuel Rodríguez incluido, no tenían una planificación detallada o, al menos, la definición de un determinado curso de acción para una circunstancia como esta.

Por último, es de interés considerar que, tanto los montoneros como los insurgentes ocuparán la misma táctica de repliegue y dispersión de aquí en adelante: abandonar la localidad ocupada, antes de que lleguen las fuerzas enemigas; ocupan los accidentes naturales de la geografía para facilitar su repliegue; evitar, en lo posible, el enfrentamiento con las fuerzas enemigas que los persiguen.