Drazen Petrovic, considerado uno de los mejores jugadores europeos de los años 80 y por muchos estamentos -prensa y público vinculado al baloncesto- como el mejor de la historia nacido en el viejo continente.
El croata vivió en carne propia la división de Yugoslavia, incluso peleándose con algunos de sus ex amigos del equipo, muriendo en 1993 en un accidente automovilístico. Un año antes casi había logrado el milagro en las olimpiadas de Barcelona: vencer al Dream Team norteamericano con Croacia.


Petrovic era un base y escolta hábil y talentoso, especialista en tiros de distancia, que fue muy joven contratado por el Cibona Zagreb, y el Real Madrid para luego pasar a los Blazers de Portland y al año siguiente a los Nets de Nueva York. Yugoslavia tenía una generación dorada: Toni Kukoc en los Chicago Bulls de Micheal Jordán y compañía; Vlade Divac en Los Lakers de Magic Johnson; y Dino Rada en Boston Celtics de Larry Bird. Es curioso pues estos últimos tres jugadores nombrados superaban los dos metros pero eran extraordinariamente escurridizos y con una técnica depurada. De más está decir que Paul Gasol o Dick Novizki no les llegaban ni a los tobillos. Pues Drazen Petrovic eran el doble de talentoso que sus compañeros. Cuando se transformaba en figura de la NBA -con más de 20 puntos por partido- y todos esperaban que su juego terminara con un anillo un accidente en Alemania le quitó la vida. Sin embargo ahí comenzaba el mito del mejor jugador de Europa de todos los tiempos.
Tal vez el mejor documental de su vida y de cómo el conflicto en Los Balcanes jugó en contra de esta generación dorada del basket yugoslavo es Hermanos y enemigos, Petrovic y Divac, narrado por éste último en una sólida producción de ESPN.