Por Ernesto Guajardo

 

 

La guerra es asunto de hombres, así se dijo por mucho tiempo, y como muchas afirmaciones de índole similar, han sido las propias investigaciones históricas las que han ido demostrando lo incorrecto de dicha frase. Lo mismo ha ocurrido con la comprensión de la guerra como un conflicto protagonizado solamente por uniformados, o bien, aquella noción que supone que la guerra es solo una serie de enfrentamientos armados, de diversa magnitud.

En efecto, la Nueva Historia Militar, que ha comenzado a difundirse en el mundo a partir de la última década del siglo XX, busca precisamente desarrollar una historia social de la guerra, como lo proponen Thomas Kühne y Benjamin Ziemann. De este modo, las nuevas investigaciones sobre la guerra incorporan ahora aportes provenientes de la psicología social, la antropología cultural, la sociología o cualquiera otra disciplina que se estime pueda aportar a una mejor compresión de los conflictos armados.

Ofrecer nuevas miradas sobre la historia militar de nuestro país es el objetivo de esta serie de crónicas que iniciamos ahora. Considerando que se ha conmemorado hace poco el Día Internacional de la Mujer, nos pareció interesante recordar acá la figura de algunas patriotas e insurgentes que, en el periodo de la Reconquista de Chile (1814-1817), participaron de manera activa en la guerra de la Independencia.

Cuando uno lee obras de divulgación sobre la historia de Chile, existen dos figuras femeninas que destacan en el relato referido a la Reconquista: Javiera Carrera y Paula Jaraquemada. Sin embargo, de ellas solo se relatan aspectos generales de su vida, o bien se reducen a menciones próximas a la anécdota; son presentadas como personalidades individuales, sin mayores relaciones de contexto.

Pues bien, las patriotas insurgentes que recordaremos aquí no solo poseían características como convicción, valentía o patriotismo, sino que, además, integraron diversas estructuras insurgentes que, durante el periodo de la Reconquista, fueron piezas fundamentales para el adecuado desarrollo de la guerra de zapa al interior de Chile.

 

 

La guerra de zapa

 

Como decíamos anteriormente, la antigua historia militar comprendía que la guerra se expresaba de manera fundamental en los hechos de armas, en particular, en aquellos que eran los más connotados, era la historia de las grandes batallas. Pues bien, la guerra no solo se compone de una serie de acciones armadas, también se expresa en una diversidad de actividades que pueden estar muy lejos de la dimensión épica de las pinturas decimonónicas. Esto se aprecia con claridad en el periodo de la Reconquista: salvo algunas acciones puntuales (asalto y toma de algunas localidades, hostigamiento a haciendas y partidas realistas) no existe en estos años un combate en regla, es decir, entre dos ejércitos formales –el realista y el patriota. Por el contrario, los enfrentamientos no solo son menores en su cantidad sino que, además, expresan el encuentro armado entre formaciones irregulares, conformadas en su gran mayoría por civiles, escasamente armados, en contra de un ejército profesional.

De hecho, uno de las críticas que se le puede hacer a la manera tradicional de comprender la resistencia patriota a la Reconquista, es que la redujo solo a la actividad de las montoneras, invisibilizando o relegando a un segundo plano las tareas realizadas por el servicio de informaciones patriota en el cual, además, participaban varias mujeres.

En efecto, la guerra de zapa fue una táctica impulsada por el general José de San Martín, en la cual confluían dos esfuerzos: aquellos que realizaban los integrantes del servicio de informaciones y los que posteriormente hicieron los montoneros insurgentes. Así, muchas veces sin llegar a ningún enfrentamiento armado directo, la guerra de zapa era la continuación, en las condiciones que había impuesto la Reconquista española, de la guerra de la Independencia.

De esta manera, podemos afirmar que existieron mujeres, civiles, por cierto, que participaron de manera activa y organizada en la guerra de la Independencia, ya sea integrando el servicio de informaciones patriota, o bien colaborando con las montoneras. A continuación, reseñaremos algunos casos.

 

La fortaleza de María Silva

 

El 17 de octubre de 1816, el general San Martín le escribe a Juan José Traslaviña y José Antonio Salinas; los invita a desarrollar actividades insurgentes en la de Aconcagua. Animosos, los patriotas se ponen a trabajar en cumplimiento de las instrucciones recibidas, e incorporan a estos afanes a Pedro Regalado Hernández, de Ramón Arístegui y Ventura Lagunas. Básicamente, deben recabar información sobre las fuerzas militares realistas y, además, generan agitación entre ellas, buscando así debilitar su disciplina y moral.

Sin embargo, los conspiradores son delatados por un oficial español, lo que inicia la búsqueda y captura de todos los involucrados. Así, uno de los piquetes llega hasta la casa de José Antonio Salinas, ubicada en el fundo o Chacra del Carmen, en Putaendo. Al no encontrarlo, apresan a su esposa, María Silva, quien comparte con él sus ideales independentistas y, por ello, también le acompaña en sus labores de colaboración con la insurgencia.

Los realistas le preguntan por la ubicación de su marido; como ella no les responde, el oficial a cargo ordena que se le azote. Es atada a un pilar, y es azotada con un látigo, hasta que pierde el conocimiento. Sin embargo, no confesó ningún indicio, ninguna pista que pudiera conducir a su marido. Su tenaz y estoica lealtad no serviría de mucho: su esposo y otros insurgentes fueron detenidos y tres de ellos, el propio Salinas, Hernández y Traslaviña, serán ahorcados en la Plaza Mayor de Santiago, el 5 de noviembre de 1816.

 

 

Águeda Monasterio: una integrante del servicio de informaciones

 

Desde el inicio de la Revolución Águeda Monasterio tomó parte activa a favor de la Independencia. En el periodo de la Reconquista puso a disposición su casa, ubicada en el barrio de La Chimba, en Santiago, para otorgar refugio a los emisarios del general San Martín.

Vicente Grez acota este matrimonio no pertenecía a la aristocracia criolla: “En su salon, modesto salon por cierto, no se reunia el mundo elegante sino esa sociedad mas seria, mas severa, que vive del trabajo i que debe esclusivamente a él las comodidades i placeres de que disfruta. Esa sociedad constituia la fuerza democrática de la revolucion; todos aquellos espíritus deseaban la independencia con la república. (…) En el centro de este grupo de obreros laboriosos se alzaba dominadora la señora Lattapiat; su talento su carácter, sus virtudes i entusiasmo, la habian hecho naturalmente el jefe de aquella reunion de hombres austeros”.

¿En qué consistía la labor de Águeda Monasterio? Según lo señala Vicente Grez, esta era fundamentalmente la redacción de comunicaciones hacia los emigrados en Mendoza, informando de la situación al interior del territorio. Esta actividad la realizaba junto a su hija, Juana. Para Ana Belén García López, Monasterio llegó “a ser una pieza clave en la red de espionaje patriota durante la etapa de la reconquista realista”. Por su parte, los redactores del libro La inteligencia militar en Chile, indican que sus propiedades fueron ocupadas como recursos logísticos del servicio de informaciones: “Su situación económica y la ubicación de las propiedades que poseían, les ofrecían grandes posibilidades para realizar la difícil comisión de servir de enlace a los espías patriotas. La viuda de Latapiat tenía, además de los dos fundos mencionados [‘La Monja’ y ‘El Algarrobal’, ubicados en Rinconada de Los Andes], una amplia casona en Santiago, en la calle Merced N° 40. En las tres partes los agentes del Ejército de los Andes encontraban refugio, instrucciones y medios para realizar sus riesgosas operaciones”.

Vigilada por los realistas, fue sorprendida con correspondencia dirigida a San Martín, debido a lo cual se le encarceló. Con el objetivo de obtener información referida a los contenidos de dichas misivas, así como de otros integrantes del servicio de informaciones, se preparó un simulacro de su ejecución y de suplicio de su hija: Águeda Monasterio fue condenada a muerte en la horca, y a Juana se le condenó a perder su mano derecha por mutilación. La madre aceptó ambas condenas, negándose a entregar antecedentes que pudiesen involucrar a otros patriotas. Finalmente, ninguna de las dos condenas fue aplicada: los realistas solo buscaban amedrentar a las detenidas, a fines de lograr alguna confesión. Águeda Monasterio fallecería pocos días después, de estos hechos, el 6 de febrero de 1817.

 

Luisa Recabarren y la resistencia civil

 

Luisa Recabarren era una representante de la elite criolla. Durante la Patria Vieja las figuras más destacadas del proceso revolucionario se dieron cita en su salón: desde Camilo Henríquez a Luis Carrera. En octubre de 1814, luego de la derrota del ejército patriota en la batalla de Rancagua, su esposo, Gaspar Marín, pasó a la clandestinidad. Ella siguió viviendo en su casa, pero por las noches lo visitaba, hasta que él partió al exilio, hacia Argentina.

Recabarren, ya sin recursos, debido a que sus bienes fueron confiscados por los realistas, inició una correspondencia con su marido, en la cual le enviaba toda aquella información que pudiese ser de utilidad a los emigrados en Mendoza. Del mismo modo, cuando recibía correspondencia desde el otro lado de la cordillera, se ponía en contacto con los patriotas que se habían quedado en el país, para compartir con ellos las novedades.

Producto de las indagaciones realistas, Recabarren fue detenida y se le pidió que entregase los nombres de las personas que recibían correspondencia desde Mendoza, o bien que acudían a las reuniones en las cuales dichas misivas se leían. Como ella se negase, el 4 de enero de 1817 se le llevó en calidad de detenida al monasterio de las Agustinas. Después del triunfo patriota en Chacabuco, el 12 de febrero, ella recupera su libertad.

 

 

María del Carmen Palazuelos: quemar todas las naves

 

Francisco Villota y María del Carmen Palazuelos tienen varias cosas en común. La primera de ellas: ambos provienen de connotadas familias realistas en Chile; la definitiva: los dos abrazarán la causa patriota, hasta las últimas consecuencias.

En 1815, Villota comienza a colaborar como enlace y correo del servicio de informaciones, viajando desde la zona de Teno hasta a capital, Santiago. Sus actividades insurgentes serán conocidas por algunos, incluyendo a la familia de María del Carmen. Debido a ello, la pareja decidirá fugarse hacia la hacienda de Teno. A partir de ese momento, ella decide ponerse al margen de las normas sociales, culturales y religiosas imperantes en la sociedad aún colonial.

En una calma relativa pudieron estar en esa zona, hasta inicios de 1816, cuando una patrulla realista, con las instrucciones de búsqueda y captura de Francisco Villota, llegó a la hacienda del patriota. Producto de ello, María del Carmen y Francisco debieron huir, refugiándose en una quebrada ubicada en los cerros de Huemul. Allí aguardaron unos días, mientras otros patriotas preparaban las condiciones para cruzar clandestinamente la cordillera, rumbo a Mendoza. Se sumaron a ellos José María Leiva, Juan Pablo Ramírez, el teniente de milicias Pablo Millalicán y el alférez Vicente Soto. El 21 de abril de 1816 comienzan la travesía, rumbo a Mendoza. A la altura de Los Queñes se les sumará el capitán de artillería Antonio Millán, también perseguido por los realistas. María del Carmen Palazuelos hizo el trayecto a lomo de mula: tenía cinco meses de embarazo e iniciaba así un periodo de exilio; al terminar la revolución de la Independencia se encontraría solo con su hijo: Francisco Villota morirá en combate, meses después, enfrentándose a soldados realistas, cumpliendo la tarea de contención, para permitir la huida de sus montoneros.

 

 

La participación de la mujer en la guerra de la Independencia

 

Repensar la participación femenina en la guerra independista implica, necesariamente, considerar de manera crítica la mirada decimonónica sobre el rol de la mujer en la independencia. Esto no solo exige analizar desde otras perspectivas obras como Las mujeres de la Independencia, de Vicente Grez, sino también cuestionar afirmaciones más recientes, como la que expresa Omar Letelier en su artículo “Heroínas de la Independencia nacional”, cuando señala que desea recordar a aquellas mujeres que “sin haber empuñado la espada ni la pluma, sostuvieron con su acción y su verbo decidido la noble causa de la Libertad Patria”.

En efecto, es necesario redefinir lo que significa “participar en la guerra”; es imprescindible reconocer las actividades que realizaron los y las integrantes del servicio de informaciones, como labores complementarias del combate, es decir, como otras expresiones del enfrentamiento. En ese sentido, la comprensión de la guerra debe ir más allá de la consideración de los hechos armados propiamente tales y reconocer su carácter multiforme. Así es posible reconocer que todas las mujeres que integraron el servicio de informaciones patriota estaban participando, y de manera activa, en la guerra por la Independencia.

Asumir la participación femenina en la guerra independentista implica, además, una segunda condición, indisoluble con la primera: todas ellas serán, necesariamente, civiles. La guerra, entonces, no solo no es un asunto exclusivo de los hombres, sino que tampoco solamente de los uniformados.

Quedan muchas aristas aún sin investigar, como para poder configurar un cuadro más completo y detallado sobre este tema; en particular, la información sobre la participación de la mujer popular en este proceso es prácticamente inexistente, no existen antecedentes como para poder identificarlas, ni menos construir semblanzas biográficas de cada una de ellas; tampoco para determinar la ubicación geográfica donde actuaron, o realizar categorizaciones socioeconómicas de ellas. A pesar de algunos significativos aportes realizados en los últimos años, como ocurre con “Involucración y desempeño femenino en la Independencia de Chile, según cartas y periódicos de la época”, de Daniela Dupré Huidobro; “…Y las mujeres, ¿dónde estuvieron? Mujeres en el proceso independentista chileno”, de Patricia Peña;  “Las mujeres en la Independencia de Chile: acciones y contribuciones”, de Tania Mella Lizana y “De patriota o sarracena a madre republicana. Las mujeres en la Independencia de Chile”, de Sol Serrano y Antonio Correa Gómez, todavía investigar la participación de la mujer en la revolución de la Independencia, desde la perspectiva de la Nueva Historia Militar, es una tarea pendiente.