Jorge Scherman Filer

(Enero de 2018)

1

El crimen o suicidio estaba distorsionado por una pintada lila sobre la pared: Yo no lo maté, aunque a veces se lo merecía. Who suicided Pedro? Fuck him!

Bobo ya sabía que Margaret Mitchell era el amor del muerto, Pedro Mairena, un curioso espécimen en la fauna literaria chilena: no era envidioso, no aspiraba o, más bien, rehuía y abominaba del éxito y la fama. Jamás buscaba portadas, no postulaba a becas de postgrado ni a fondos concursables, no dictaba talleres de escritura creativa, y odiaba los concursos literarios como si fueran la peste. Pero escribía como los dioses y nunca publicó nada. Su mantra era el de Gabo: escribo para que me quieran los amigos. Pedro Mairena, un mentiroso redomado, le importaba un rábano que lo amaran.

Margaret era una neozelandesa onda pueblos originarios que se vino a Chile a luchar por la causa mapuche. Tenía una larga experiencia en su país sobre el tema, y decidió internacionalizarse. Versión siglo XXI del internacionalismo proletario. Bella que castañeaban los dientes, y sabía tanto de los pueblos originarios del mundo que los intelectuales hombres, que eran sus pares en el tema y se morían por cogérsela, le huían como si fuese el demonio. Margaret los miraba y les hacía un corte de manga. Prefería amar a un indio. Pedro Mairena fue una excepción aunque, todo sea dicho, era mitad hindú, mitad chileno.

Bobo se preguntó: ¿Por qué el asesino es tan bobo que me quiere hacer creer que a Mairena lo mató Margaret? Mal que mal, casi nadie en Chile sabe inglés. Who suicided Pedro? Fuck him!, no lo escribe cualquiera. Ni siquiera en castellano.

Bobo fue a la casa de Margaret. No la encontró. Llamó a una amiga en Investigaciones. La neozelandesa había salido del país. Se emitió una orden de captura internacional. La Interpol haría la pega. Un eufemismo en este caso, porque Margaret ya estaba capturada en los brazos de un indio en plena selva donde la Interpol no se atrevía a ingresar. Claro, eso lo sé yo como narrador omnisciente indirecto libre -a lo Flaubert-. Bobo no tenía cómo puta idea saberlo. Igual le pasé el dato, pues este relato y la indagatoria tienen que avanzar para no frustrar ni engañar al lector.

A la sazón, Bobo partió a la selva tras la huella de Margaret. No la encontró por ninguna parte. ¿Será un navajo, un maya, un yoruba, un maorí? Dio la vuelta al mundo. La buscó en el África sub-sahariana y más al sur, en el norte de la América profunda, en la Oceanía más agreste, en la Latinoamérica olvidada al sur del Río Bravo. Todo fue pistas falsas, desvíos y equívocos. La neozelandesa brillaba por su ausencia.

Derrotado, se acomodó en ciudad Antigua de Guatemala. Se instaló en un boliche y pidió un pisco sour. El mozo, que era chileno, le dijo: “Usted es hueón o se hace”. “Perdón”, respondió Bobo, “estaba distraído, entonces tráigame una chela”. Le sirvieron una Negra Modelo, su preferida. “¿Dónde chucha se ha metido la gringa? Internet y la aldea global valen callampa”, pensó, y decidió volver a la patria.

Pero como Nuestro Señor es omnisciente, omnipotente y ubicuo, envió un ángel al sueño de Margaret. Margaret estaba soñando en la selva, luego del mejor polvo y orgasmo de su vida, y eso que desconfiaba del punto G. Una cascada orgásmica, múltiple, clitoriana y vaginal en verdad, que la hizo decirle al indio: “¡Gorgeuos Tupi! ¡In yaakumech!” (te amo, en maya quiché).

Y se durmió en sus brazos n! de feliz. Ahí fue cuando la visitó el mensajero de Dios y le dijo: “Vuelve a Chile, y cuéntales la verdad. Habla con Bobo, el detective estrella por esos lares, quien atiende en el edificio de la Telefónica. Es palabra de Yahvé”.

Margaret se despertó y tomó la decisión. Tupi jamás le pudo perdonar el abandono. La neozelandesa le había prometido quedarse en la Selva Lacandona, pero ¿quién es capaz de resistirse al llamado de Nuestro Señor?

Como Margaret desconfiaba de las autoridades, dadas sus actividades subversivas de larga data, decidió usar su pasaporte falso para abandonar Guatemala, con escala en Panamá, y recalar en Chile.

Al arribar, llamó un Uber y se fue directo donde Bobo. Tocó la puerta. Apenas le abrieron lanzó: “Soy inocente”. “Eso está por verse, esto acaba de empezar”, le respondió Bobo y la invitó a entrar a su oficina. “Llegué aquí gracias al ángel del Señor”. “Bendita usted que tiene un buen pituto en las alturas, le ayudará”, le contestó el detective. Y cerró la puerta.

 

2

 

Pedro Mairena era un bicho raro. Había nacido en Uttar Pradesh, en el norte de la India. Hijo de padre diplomático y una madre hindú, amante del yoga y la meditación. Una oriental de piel oscura, ojos intensos, túnica blanca y la marca del bindi en el centro de la frente.

Pedro aprendió desde muy joven tres lecciones budistas de Indra Kashfi: el desapego (carencia de miedo a la pérdida y la inseguridad); que el dinero va y viene y no debemos ser su esclavo; y que la fama y el éxito en la vida no provienen de acumular bienes y el afecto de los demás, sino de la libertad interior, un logro que en esencia consiste en la paz del propio corazón y una mente luminosa y compasiva. “¿Y cómo operan estas enseñanzas?, mamá Indra”. “Lo sé hijo por experiencia propia. Ya sabes, mi hermana Anna fue la primera esposa de Marlon Brando. Él desconoció estas lecciones, y fue infeliz en la vida. Logró la fama a los 23 años, nunca entendió qué era el desapego, y vivió atado al dinero. Al margen de la cámara y de su talento sublime, y a pesar de su éxito, hizo mucho daño a los suyos”.

Un día, cuando Pedro ya tenía trece años, Indra lo invitó a su pieza, y acostada en la cama lo conminó a sentarse a sus pies y le leyó: “El cristianismo promete todo y no cumple nada. En cambio, el budismo no promete nada y cumple todo”. Pedro la miró y le preguntó: “¿Quién escribió eso?, mamá Indra”. “Nietzsche, quien también dice que el cristianismo llama a evitar el pecado mientras el budismo a evitar el sufrimiento y el dolor”.

​Pedro se quedó pensando y al otro día le contó todo a su padre. Lo mandó con viento fresco de vuelta a Chile donde sus abuelos paternos. Le quedó la cagada para siempre en la cabeza. Ahí comenzó su drama. Por lo del apego al dinero y al éxito que encontró al sur-sur-oeste de Los Andes.

 

 

 

 

3

 

Bobo, que no tenía un pelo de leso -ya lo han visto-, se embobó con Margaret desde el momento en que la amante de los pueblos originarios se le sentó al frente. Un flechazo heavy, donde se cumplía a cabalidad el dicho de mi tío Santiago: el amor es el punto más bajo del intelecto.

​Bobo cachó al pihuelo que estaba expuesto y se dijo: que este amor repentino, inesperado, no me nuble la mirada; el crimen de Mairena, ¿o el suicido?, es harina de otro costal. Hablaba sin que se le notara el embeleso, pero sus ojos denotaban el enamoramiento. La neozelandesa lo captó de inmediato. “No le pondré el gorro a Tupi para zafar de este lío”, pensó, claro que en inglés. Se había enamorado de Tupi; no obstante, le dio el plantón.

​Bobo quería calmar su ansiedad, por no decir su calentura, así que le ofreció un whisky con hielo y le señaló el frigo bar. “Solo tomo leche de coco”, dijo Margaret con voz sensual. “Es que de esa no tengo. Pero puedo bajar a comprársela”. Sonrió, abrió su cartera y sacó una botella de medio litro con su logo: una palmera en una playa del Caribe (ya saben, una postal para promover el turismo). Coconut Milk, Jamaica.

– Dígame señor detective, ¿te puedo llamar Bobo?, qué quieres saber –en un castellano sin ripio, una perfecta bilingüe.

– ¿Desde cuándo conoces a Pedro Mairena?

– Conocerlo, lo que se llama conocerlo, nunca. Fue en 2011, en las marchas estudiantiles.

– ¿Estás por la gratuidad en la educación? Sé que llegaste al país tras la causa mapuche.

– Correcto… Yo en verdad, casi totalmente de acuerdo.

– ¿Cómo así?

– Al 10% más rico no le daría la gratuidad.

– Entiendo.

– ¿Qué entiendes?

– Que pinchaste con Pedro Mairena en la Alameda.

– Exactly. Pero fue más que un pinchazo.

– ¿Qué me quieres decir?

– Bueno… terminamos esa noche tirando en su escritorio, rodeados de libros en las cuatro paredes.

– Ya sé que Pedro Mairena era escritor.

– Exactly. Pero de bajo perfil.

– Eso también lo sé. Lo que me intriga es si tú te declaras inocente, ¿por qué se habría suicidado? ¿Él mismo hizo esa pintada para despistar? ¿Quién querría matarlo?

– Peter no se suicidó.

– ¿Cómo lo sabes?

– Era bipolar, pero un ciclotímico extraño. Solo vivía la parte alta, la de la euforia. Los suicidas son los de la parte baja, cuando se deprimen durante un tiempo prolongado.

– ¿Qué me quieres decir exactamente con lo de la euforia?

– Hasta los treinta años fluctuaba en ciclos cortos entre la manía y la depresión. De ahí en adelante se pegó en la manía. Su cabeza era un torbellino, una mezcla extraña de psicosis y lucidez.

– Veo que lo conocías muy bien.

– Fuimos amantes más de un lustro.

– ¿Por qué dices amantes? Ni tú, que yo se sepa, ni Mairena eran casados.

– Es que yo… es que yo tengo varias aventurillas en el Wallmapu.

– ¿Eran entonces una pareja libre?

– Algo así, aunque yo en verdad lo pondría de otra manera. Me corrijo.

– ¿Cómo?

– Bueno… ¿cómo te lo digo? Amigos con ventajas y sin desventajas.

– Entiendo.

– ¿Qué entiendes?

– Nada. Por eso me llamo Bobo.

– Yo no lo maté. Si no, no estaría aquí.

– ¿Por qué huiste del país?

– Jamás.

– ¿A dónde fuiste?

– A la Selva Lacandona, tenía una cita que no podía esperar.

– Yo anduve cerquita. En una de esas podríamos habernos encontrado.

– Mira tú –coqueta-, al fin yo vine a ti.

– ¿Te imaginas quién podría haberlo matado?

– Busca por el lado de las tribus literarias de la capital. Es lo único que se me ocurre.

– ¿Alguna en particular?

– A Peter no le gustaban ni Parra ni Bolaño. Pero eso no quiere decir nada.

– Nunca se sabe, gracias de todos modos.

– Entre tú y yo no hay gracias, ¿te parece?

– Sí.

– ¿Me puedo ir? Se me acabó la leche de coco.

– Una última pregunta: ¿Te quedarás en Chile?

– Sí, al menos por un tiempo.

– ¿Dónde te puedo ubicar?

– En el Wallmapu.

– Pero si llega hasta el Océano Atlántico. Eso dicen los mapuches.

– Exactly. Anota mi cel.

– ¿Aceptarías una invitación a cenar? Ya es hora.

– No.

– Dame tu número.

 

Margaret se lo canta. Bobo lo marca. Suena el celular de Margaret. Se para y dispone a abandonar la oficina.

 

– Eres más bella de lo que me habían dicho.

– Primera regla del género policial: el detective no puede ser el asesino. Segunda, y esta es mía: la sospechosa no debe aceptar invitaciones del sabueso.

 

Bobo ríe con ganas y la acompaña a la puerta. En verdad lo embarga la tristeza del despecho.

 

 

 

 

4

 

Pedro Mairena tuvo su primera crisis a los veinte años mientras se hartaba de huevos duros y tomaba pipeño como un cosaco en La Piojera. Estaba solo en una mesa leyendo Los detectives salvajes, y de repente se desplomó. Era casi medianoche, y lo llevaron a Urgencia a la Posta Central. En su billetera encontraron solo unas pocas lucas, su cédula de identidad y la tarjeta Bip! Y un poema recién empezado con dos versos y un tercero inconcluso, escrito en papel tissue con letra clara: “Parra y Bolaño unidos jamás serán vencidos y están sobrevalorados/sus epígonos les avivan una cueca larga/una cueca más fome que la misma cueca y …”.

​El mozo de La Piojera, quien lo llevó a la Posta Central, tomó de su billetera el valor de la cuenta y del taxi ida y vuelta, y desapareció. El doctor que lo atendió diagnosticó “coma etílico, póngale un purgante, que cague y vomite, luego déjenlo dormir”. La enfermera puso cara de asco y procedió a seguir las indicaciones.

Pedro Mairena despertó doce horas después. Se veía bien, aunque como cualquier resaca digna de ese nombre le dolía la cabeza y lo invadía la culpa. “El pipeño estaba pasado, iba recién en la mitad de mi cuota”, pensó. Se vistió y abandonó la Posta Central haciéndose el loco y con el pecho henchido, más orgulloso que pato de silabario.

Al llegar a la calle donde debía tomar la micro, avanzó hacia el paradero y se sentó. No había nadie. Rompió a llorar y gritó al cielo: “¡Madre mía!, ¿por qué no estás aquí? ¡Mi padre me ha abandonado!”. Era verdad, odiaba a los poetas, le quitó la mesada y lo desheredó. Y Pedro Mairena no tenía un puto peso para pagarse un viaje a la India.

Se sentía preso en un país que aborrecía y decidió volver a La Piojera a terminar la media cuota de pipeño que le faltaba. Sobre comer más huevos duros abrigaba dudas, quizá pernil con papas cocidas.

“Me voy caminando”, se dijo, “así me ahorro el pasaje, ¡maldito TranSantiago!”. Revisó su billetera y encontró un billete de veinte lucas que no recordaba: “Mamá Indra, el dinero va y viene, ¡vaya uno a saber por qué!”. Decidió que podía pagar el pernil con papas cocidas, y hasta tomarse de bajativo un Jack Daniels.

 

5

 

Bobo decidió googlear a la neozelandesa. Puso: “Margaret Mitchell, activista de la causa de los pueblos originarios”. Se encontró con 28.500 resultados en 0,34 segundos, y en primer lugar su biografía en Wikipedia. Sonrió y entró a la página.

​Estoy parafraseando y resumiendo, pues Margaret más que una biografía tenía un prontuario a los ojos del panóptico de la Interpol. Su foto de medio cuerpo, se alivió Bobo, no mostraba un piyama a rayas con su número. Se bebió al seco un whisky y procedió a leer.

​Opera con nombres falsos, aunque se sabe que nació en Oakland en 1987. De padre calvinista, pastor, y madre agnóstica, profesora primaria. Hija única que estudió en una prestigiosa escuela en su ciudad natal. Titulada en Historia en la mejor universidad de Nueva Zelandia. Master en Economía Política y Ecológica en la Universidad de Toronto. Y doctora en Ciencias Políticas en Princeton, con mención en “Indígenas” (sic). “¡Chucha madre!, una intelectual”, se le escapó a Bobo y se sirvió otro vaso de Ballantines.

​De ahí venía el prontuario de la Interpol. Huelga de hambre seca y encadenamiento a las rejas del edificio de los Tribunales de Justicia en Auckland por la causa maorí. Participación en grupos guerrilleros en Somalia y, lo más impactante para Bobo, se le atribuían amores con el Subcomandante Marcos y un hijo en común. En Wikipedia había un llamado a pie de página: “Información no confirmada, a quien tenga datos firmes, se ruega hacerlos llegar”. Bobo rió: “Esta mujer jamás ha parido, se le nota en los ojos”.

​Y luego su presencia en Chile. Fotos de Margaret participando en guillatunes, su estilo culto y refinado, multicultural, tras las peticiones de los mapuches, levantando sus demandas y exigencias de liberación de sus presos. Bobo no pudo evitarlo: en esas palabras, en ese tono, estaba la cadencia al hablar de Margaret.

​Sintió que la amaba aún más. Pero más que nada sintió miedo y se preguntó: ¿Quién es esta mujer que me llevará al abismo?

 

6

 

– Hola Bobo, ¿how are you?

– Hey Margaret, I do not speak English at all.

– Lo sé, ¿qué quieres de mí?

– ¿Dónde estás?

– Adivina –voz sensual tras el auricular.

– En el Wallmapu.

– Tibio, tibio.

– ¿Estás sola?

– As usual. Sí y no.

– ¿Conoces a Nicolás Arismendi?

– Puede ser.

– ¿Cómo que puede ser? Él se veía con tu Peter.

– Esa es una post-verdad.

– ¿En qué sentido?

– En que es lo que tú quieres escuchar.

– Falso. Tengo una prueba y quiero que me la corrobores.

– A ver… -Bobo la interrumpe.

– Margaret, Arismendi conocía a Mairena desde la universidad, es poeta y envidiaba al occiso.

– Eso es verdad, la santa verdad.

– ¿Qué más sabes de Arismendi?

– … Hummm… ¿Te lo digo o no te lo digo?…

 

Bobo espera.

 

– Está enamorado de mí… Bueno, eso dice él.

– Mairena publicó un poemario con un seudónimo, ¿es verdad?

– Ni idea Bobo. Te lo juro.

– Bajo el nombre de Ignacio Serey.

– ¡¿Qué?!

– Tal cual.

– Pero si Martillar en el mar está considerado el mejor poemario latinoamericano de este siglo. ¿Peter lo escribió? I can’t believe it.

– Me temo que sí. Ay, no sé… no sé si me temo.

– ¿Y qué tiene que ver Arismendi con esto?

– Aún no lo tengo claro, pero intuyo que hay una relación.

– Me dejas de una pieza.

– ¿Cuándo vienes a Santiago? Te reitero mi invitación a cenar.

– Si voy, te pincho el cel.

– ¿Sabes si Arismendi es de los epígonos de Parra/Bolaño? Tú me diste la pista.

– Exactly.

– Te espero en el KAI mañana a las nueve de la noche. Ya reservé mesa.

– Eres un cabrón, pero allí estaré.

– Todo sea por saber quién suicidó a Pedro Mairena.

– I do not love you. Or may be… I am innocent.

– I really love you. Aunque lo hubieses matado –ya ven, Bobo se la jugó.

 

7

 

Pedro Mairena era nictálope. Un gato que escribía solo de noche. Había trabajado en su poemario durante diez años. Seis poemas largos en treinta páginas. Abría el libro con el poema “Volando hacia el porvenir del ayer”. Y su verso estrella: “Demuéstrame que la vida no es solo este instante, solo este sueño y pesadilla, solo este dolor, esta felicidad”. Y cerraba con el poema titulado “Retrocede si quieres avanzar”, que contenía tres versos de antología: “Dos pasos atrás uno adelante, dijo Lenin/miraba hacia el pasado/con la vista fija en el porvenir”.

​Pedro Mairena se contactó con la editorial Huella. Pactó la publicación bajo el nombre de Ignacio Serey, y la promesa de que su nombre jamás sería revelado a cambio de no cobrar jamás derechos de autor.

​Celebró en su casa solo. Bebiendo Jack Daniels y fumándose un par de porros. Mientras miraba Los unos y los otros, su película preferida de Claude Lelouch.

 

 

8

 

Bobo sabía por experiencia que en el ayer se hallaba la huella del presente. Así llegó a Arismendi. Ya estaba enterado de las disputas literarias entre las tribus capitalinas. Pensó que eran unos bocones que se peleaban por la prensa. Cruzó información y se dijo tate, aquí está la madre del cordero, mi Margaret sospecha bien.

​Se apersonó en la casa de Arismendi. Este lo recibió haciéndose el inocente, y Bobo decidió no irse con sutilezas. Le apuntó con la pistola al centro de la frente y espetó: ¿Tú mataste a Pedro Mairena?

​Arismendi temblando le respondió a la chilena: yo no fui. Bobo bajó el arma y le dijo te creo. Y agregó: ¿Qué pasó?, ¡tú sabes!, no me huevees o te mando al patio de los callados; fui a la editorial Huella, y prometiste un libro de poemas sensacional, mejor que el de Serey.

​Arismendi se quebró y cantó. Yo sabía que jamás Pedro saldría del anonimato. Lo extorsioné con revelar el secreto, a menos que escribiera un poemario a mi nombre. Se negó y le dije: si no accedes te delato. Y me fui de su casa.

​¿Tú escribiste la pintada en el muro?, le preguntó Bobo. Sí, dijo Arismendi. Volví al otro día y lo encontré muerto, se había pegado un balazo en la nuca. Me sentí bien, ahora el camino estaba abierto, podré conquistar a Margaret, ¡a la mierda la poesía! Después pensé, la neozelandesa nunca me va a inflar, ¡a la mierda Margaret!, que la revienten, concluí. Y tú además te llevaste la pistola, afirmó Bobo alzando la voz. Sí.

​El detective llamó a su amiga de Investigaciones. “Inducción al suicidio”, le dijo junto a los datos de Arismendi. Sabía que no tenía un caso penal. Soy el que devela el crimen, pensó, pero fracasa.

 

9

Bobo esperó en el KAI.

​A las doce de la noche le llegó un WhatsApp de Margaret: “Estoy en la Selva Lacandona. Ya lo leí, I got it all. Eres un genio. Gracias. Beso en la mejilla”.

​Bobo pagó la cuenta. Y se fue caminando por la Avenida Perú hacia el barrio Bellavista.

Jamás en su vida había sentido tamaño dolor.