Por Francisco García Mendoza

…y tú sabes que los gays
nos reconocemos fijando la vista
en los ojos profundamente.
ÁNGELES NEGROS

A veinte años de su polémica publicación (1994), cuando entonces el vespertino La Segunda anunciaba en su titular: “Libro gay con platas fiscales”, se reedita el conjunto de relatos bajo el título Ángeles negros (2014), del escritor chileno Juan Pablo Sutherland. Hoy, con el sello Mago Editores vuelve a presentarse, quizá ya no con el impacto mediático de los años noventa, el libro con el que el autor se dio a conocer en la escena literaria local.
Por sus relatos transitan personajes marginados, en el sentido de que sus acciones deben ejecutarse en la complicidad de un espacio íntimo; deambulantes nocturnos, que recorren la urbe en la búsqueda de un lugar al cual pertenecer; sujetos y familias quebradas por la realidad en la que viven, una suerte de sujetos resignificantes del flaneur del diecinueve: aquí lo que se busca en el paseo citadino no es otra cosa que el encuentro de un cuerpo otro que, espejeado por el mismo estado de clandestinidad, habite también el espacio de claustrofóbica complicidad amorosa, deseante y sexual: se recorren los bares, la disco, las casas amigas, la plaza, el Santa Lucía, el Puente Lira, la Avenida Santa María, un sauna en Providencia, conventillos en Matucana, Santo Domingo y San Pablo, o el cubículo de un baño anónimo.
En “Catedral 1990” son los indicios de miradas los que configuran el deseo de los protagonistas: “Ahora todo era distinto. Podía llegar a catedral 1990 sin preocuparme que alguna vieja nos espiara desde los portones toscos o desde esas cités a punto de caerse” (16). El ojo adquiere connotaciones vigilantes, es el órgano confirmador de la sospecha acusatoria: “Esas miradas, que al comienzo nos extrañaron, pronto se volvieron familiares durante la noche. Me preguntaste si pololeaba, respondí que no, aunque en ese tiempo todavía frecuentaba a Sebastián; pero eso no lo iba a decir. Además, no sabía si podía contarte la verdad. Era un riesgo que no quería correr” (18-9); o también en el relato “Como si fuera otro”, que inicia afirmando que “Lo miraban habitualmente, de costumbres las miradas se clavaban en sus piernas, en su paquete aprisionado en los jeans, en su trasero fabuloso” (21), en donde el ojo es el órgano voyerista que permite aflorar el deseo que el contexto público no permite. Vuelve el órgano inquisidor en el relato titulado “Ángel con alas rotas”, el tercero del volumen, cuando el protagonista, un sujeto que deambula por ciertos parajes de la capital en busca de algún encuentro, comenta: “El sol pega fuerte, las gafas son imprescindibles en estas ocasiones, lo recorro. Tiene buen cuerpo (…) En segundos me vuelve a mirar, sabe que me estoy pajeando mentalmente con su cuerpo” (35). E incluso, luego de un juego de miradas que atraen al protagonista a la seguridad sexual de la habitación del sujeto deseado, este comenta que “Mis ojos con zoom marcan cada línea. Supongo que es un juego porque se da cuenta de que me lo devoro con la mirada” (36).
El ojo también es un espacio de refugio, que permite el deleite sexual sin la necesidad de exponerse al cuestionamiento social que implicaría el contacto corporal o el libre flujo del deseo. En el mismo relato, el sujeto que ha invitado al protagonista a su pieza en algún cité del centro de Santiago, y cuya mascarada implica establecer relaciones, fracasadas, claro está, con mujeres que le permitan la construcción de una identidad heterosexual aceptable, realiza una confesión que pareciera haber guardado para sí durante años: “Repite que no tiene problemas en tirar con hombres, me confiesa que se enamoró de un compañero de básquetbol en la enseñanza media. Nunca se lo declaró, solo lo observaba en la ducha o cuando entrenaban sin que el otro se diera cuenta” (37-8).

Quizá uno de los relatos más notables sea “Una chica en el techo de su casa”, cuyos protagonistas toman distancia y escapan de la ciudad que los absorbe, que los consume, que los acosa. Casi como un respiro de alivio, el narrador comenta:

Desde ese día comencé a ir a casa de Pamela, más bien voy al techo de su casa, que no resulta nada de cómodo. Me siento como una de aquellas palomas viejas, que sólo observan cansadas dando vueltas. La ciudad es vieja y hermosa desde aquí. La Catedral de Lourdes recorta el cielo y parece despegar como una gran nave extraterrestre. Nos vemos pequeños, un letrero luminoso de Lucky Strike nos tiñe de rojo los rostros (53).

La altura del techo y la panorámica de la ciudad funcionan como lugar de encuentro, como espacio de reflexión, como el punto de fuga del caos de una sociedad en la que estos sujetos no calzan. Ellos son arrojados al margen, pero al mismo tiempo también buscan ese margen. Se sienten parte, se sienten cómodos a pesar de los pocos metros cuadrados por los que deambulan: “Anoche discutí con Ismael (…) No comprende algo tan simple como querer estar anclado a un lugar” (54). La ciudad abierta es un espacio de emergencia, de violencia y represión, quizá de ahí que la incomodidad y el desarraigo desaparezcan en el techo de Pamela, la muerte como tema se vuelve mucho más asimilable, casi como una conversación entre dos amigos que quieren matar el tiempo, que charlan entre latas de cerveza, que observan cómo el brillo de un avioncito de papel “(…) se pierde al caer y Pamela comienza a decir que ahora prefiere el vuelo de las palomas” (55). En este último punto, cabe destacar que aparece la idea de que si bien el espacio privado, el lugar clandestino alejado del ojo vigilante y moralizador, pasa a ser un refugio para la libre circulación del deseo -y por ende de las ideas libertarias- es también un espacio de represión que los protagonistas de los relatos anhelan dejar. La contradicción es evidente: la prisión es el único lugar que permite la libertad. Muchas veces ese espacio adquiere la forma de la disco o de una casa cómplice, como en el relato “Como si fuera otro” en donde aparece un personaje fugaz: “La Jani se las sabía todas, gran reina de los conchazos, madre eterna de la bohemia de Recoleta y protectora de cuanto hombre bueno llegara a su casa” (21).

A la versión original del año 94, el autor ha agregado tres relatos más (incluidos ya en la reedición de 2004 con la editorial Metales Pesados). Si bien el texto de Sutherland podría ser catalogado como representativo de los años noventa o finales de los ochenta, y quedarse anclado como ícono del Chile de aquellos años, hay varias situaciones y marcas que hacen posible que el libro hoy en día siga vigente en términos generacionales. Más allá de lo obvio del tema de la inclusión de la diversidad sexual y de la cierta apertura en términos moralizantes y de los espacios, quizá uno de los detalles más notables sea el comentario del protagonista del relato “Como si fuera otro”, cuando dice: “Sólo esperaba tirarme en el sofá, tomar una cerveza, hacerme un pito y mirar a Los Simpson en el Canal 13” (30).
¿En qué ha cambiado la sociedad chilena que Sutherland describía en sus relatos? ¿Cuánto se ha avanzado en términos de inclusión y visibilización de las minorías sexuales, de las mujeres, de los inmigrantes? ¿Es posible hoy un titular como el de La Segunda de aquellos años? ¿Seguirán siendo Los Simpson en veinte años más la mejor programación para tirarse en un sofá a fumar y tomar una cerveza, para matar el tiempo o para practicar el ocio?
Sin proponérselo quizá, la narrativa de Juan Pablo Sutherland traspasa los límites temáticos que marcaron a una generación, se instala nuevamente en 2014 como acertado crítico de la realidad del Chile actual, como renovado autor que ofrece con casi las mismas palabras que hace veinte años un recorte de la intimidad, de la disidencia de una minoría que ve en la ficción un espacio de apertura y complicidad escritural. Ángeles negros es un libro que reúne diez relatos autónomos y cada uno con la seguridad de una prosa que lo hace recomendable para los lectores de ayer, de hoy y de cualquier tiempo venidero en un país al que le cuesta entrar un poco en las lecturas de la cotidianeidad.