“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte ,tan callando.”

( “Coplas a la muerte de su padre”, Jorge Manrique)

Por Sue Martin

 

Dormir y despertar son acciones diarias, tan familiares, tan cotidianas, que no nos detenemos a pensar en ellas. Vienen muchos autores a mi cabeza Prometeo “y su deseo de despertar a los seres humanos a la consciencia”, Kafka con su “despertar a la cruda realidad”, El mito de la caverna de Platón “con su despertar desde las sombras” , las parábolas de Jesús con el llamado a despertar ”a nacer de nuevo” y muchos otros autores que trabajan en este tópico tan humano.

Hoy voy a referirme a un escritor contemporáneo, Carlos G.  Vallés , jesuita y discípulo de Tony de Mello, quien vivió muchos años en la India, donde enseñó matemáticas a cientos de jóvenes universitarios, con quienes estableció grandes lazos de hermandad. Comenzó a escribir artículos que extendieran sus fronteras de las aulas con sus alumnos, y así nació “Moral universitaria” donde hablaba de la problemática de los jóvenes universitarios de los años 60, este libro lleva más de 20 ediciones en todo el mundo: ¡estar despiertos! era su principal consigna; pero el texto que a mi parecer denota mayor profundidad en este tema es “Ojos abiertos, ojos cerrados” donde nos encontramos con  microrrelatos propios de las narraciones sufíes que conoció en su años en ese país  y nos invita a rescatar este concepto de estar siempre despiertos/alertas/no dormidos a la realidad que nos acompaña: despiertos a la vida, a nuestra propia existencia,  a las personas que nos acompañan, a los acontecimientos, a lo que nos es tan obvio, que dejamos de verlo.

Uno de estos textos “Cinco madejas” cuenta la historia de un rey avaro que toma de rehén a un hombre sabio de un pequeño pueblo, y pide como recompensa una elevada cantidad de dinero por su libertad. Reúnen lo que pueden, pero no les alcanza, entonces una viejecita que vivía apartada del pueblo, en cuanto sabe la noticia toma lo único que poseía que eran cinco madejas de hilo y acude al lugar de los captores a entregar su ofrenda, y mientras pasa por el pueblo muchos la encomian a desistir de aquella locura ¡qué valor tienen cinco madejas de hilo ante la petición de los captores¡; sin embargo la mujer escucha, calla y continúa su marcha hasta la puerta del cautiverio y ofrece al captor su ofrenda. Conmovido ante tal hecho, el sabio es dejado en libertad y cuando se le pregunta a la viejita por su decisión señala “no quiero que el día de mañana cuando Dios venga y me pregunte que hice por Hayarat Saheb cuando estaba en la cárcel, yo deba bajar la vista avergonzada”

Despertar es no sólo darse cuenta de las necesidades reales de otros, sino comenzar a andar, yo quiero ser igual que esa viejecita y ya comienzo a preparar mis cinco madejas de hilo.

 

Reflejos

 

Levantarme cada mañana se me hace muy pesado.

Caminar hacia el Instituto es una larga agonía

Las puertas se abren pesadamente y recorro esos pulcros pasillos en un silencio exquisito que adoro y que me pone nostálgica.

Mis pasos toman rumbo hacia el salón de profesores, tomo mis libros con rumbo a la sala V-101, donde me encontraré con los niños.

Entro despacio, cabizbaja, veo mi reflejo brillante, luminoso y escucho el silencio de este lugar.

Me siento, cierro los ojos y los rayos apuntan directamente a mis ojos cansados y sin brillo.

Mi espejo en la cartera me muestra varias patas de gallo que no conocía, mi rostro está ajado, pero hoy, especialmente me siento linda, el vestido azul con la camisa a rayas me sienta. Mi madre dice que siempre me veo bien así. Nadie más lo dice, sólo ella, pero yo le creo.

Repaso mentalmente mi clase, todo listo.

Cuando escogí ser maestra nunca pensé llegar a esto. Primero vinieron las demandas a las escuelas, luego a los institutos. Muchos abogados, fiscales, comparendos, juicios, apelaciones y finalmente ellos lo decidieron…

-Maestra, buenos días.

-Arturo, ¿cómo has estado? ¡Te has levantado temprano hoy¡

-Extrañaba sus clases, maestra.

-¡Qué amable, Arturo!

-Extrañaba verla.

-Pues ahora lo haremos durante ocho semanas.

-Eso será divertido.

-Maestra, me gustaría poder abrazarla.

– Arturo, ya sabes las reglas, nada de eso. Comencemos.

Entonces la pantalla se iluminó en todo su esplendor.