Por Marina Maggi

El cuarto poema de Trasandina, quinto libro de Ivonne Coñuecar, comienza con un verso que, más bien que confesar, declara: “No puedo ser sino autorreferente” (21). ¿Quién es la que se esconde detrás del silencio, dónde espera o agoniza, agazapado, el núcleo de dolor que despierta a la conciencia? ¿Quién es esa expatriada “a ambos lados de la cordillera” (21), aquella desconocida para sí que detenta y depone el poder de callar? Hablar es ese gesto de quebrar un cristal o de estrujar un manto, de abrir los sentidos al propio sufrimiento para decirse sin clemencia, desbaratando el fácil simulacro de “parecerse a cualquiera” (21). Y justo al borde del reconocimiento, justo cuando el mundo parece abrirse ante los ojos, el horizonte se descubre como trazo yerto sin promesa, como párpado cerrado y derrumbe sin eco:

esta soy yo y el mundo se desploma

el mundo

se mueve dentro de una cáscara

frágil y viscoso

un mensaje en las ropas de un refugiado

la espera apátrida donde

arremeten inútiles las palabras,

el mundo se recoge a sí mismo

y en el centro estoy yo

carente,

empequeñecida y de alma afásica (…) (21)

 

El sujeto se nombra y simultáneamente colapsa. Decirse es recobrarse para una patria que duerme, es reanimar la palabra para tajear la lámina complaciente de un paraíso mentido. La voz sabe que el relato está curtido, desmembrado, traspasado por la constatación febril de una indolencia salvaje. Entonces dice “yo” a modo de denuncia, como clavija de lo roto, insistencia de una fuerza entumecida que debe despertarse al dolor para ser, para que la existencia signifique. Nuestra tierra se encoge, se retira hacia el olvido de sí para esquivar el sueño del hogar y ponerse a merced del desastre. La temporalidad se ha espesado y no respira ya salvación: “siempre supe que nunca comenzaría/ aquello que todos tienen prometido” (21). Ante este movimiento impensado, el poema se propone como centro imaginario del páramo, como nervio latente del mundo entumecido. Y entonces, el primer signo, el calambre.

Tener la certeza de las cosas que nunca sucederán. Hacerse carne de lo imposible, transportarlo de un lado a otro de la cordillera. Ser ajena a ambos parajes para poder decir la destrucción del hogar y albergar en la palabra la exigencia de un advenimiento. Si el sujeto encarna la precariedad humana en la fragilidad de la propia voz, si elige no nombrarse sin más, es porque aguarda un anuncio que sólo en la vigilia migrante es posible. El desafío es habitar de otra manera, arrancarse de lo cotidiano para salvarse a sí mismo y rescatar al otro. La condición es no intentar hacer de esa transición, esa quebradiza y cambiante constelación de afectos, la pretensión de una identidad. Para ello es crucial sostener (como el reverso de esa espada de Neruda), la distancia con las palabras: desaparecer, embestir, asediar, resistir el deshielo, el punto en donde la lengua se desamarra, la deriva que parece sin fin, los abrazos que se desarman antes de tiempo.

Justo antes de la nostalgia, cuando el verso lame el abismo y estremece su verbo, despunta la niñez, como un iceberg agudo o una tumba rota. La infancia, esa patria perdida con la cual tropezamos:

siempre seré una niña

la infancia será siempre mi patria

la infancia será siempre mi historia

la obra gruesa, mi no lugar

el destiempo

la no conciencia de los padres

el cuerpo a prueba de golpes

la desconocida muerte (25)

 

Los primeros años son también la propia historia azotada por la incomprensión de los otros, apaciguada por la amistad y la visión de la cordillera, amenazada por el viento del sur. Es la pequeña patagona insomne, rumiante y solitaria, quien destaja el curso de una vida y lo precipita hacia un destino poético, quien asume la diáspora como exigencia ética de un mundo para todos. Es necesario no tener país para imaginar una patria. La Patagonia es esa extensión siempre abierta, sin nación a la cual sujetarse:

me he quedado sin país, vasto territorio sin país

es la imaginaria certeza de la Patagonia,

de la willimapu, de mi newen extirpado (…) (30)

 

La ascendencia mapuche es un voto de exilio, una fuerza latente que enseña a vivir en territorios dudados. No saber leer los gestos, no poder dar cuenta de aquello que sucede a nuestro alrededor, es también estar alerta a las señales, es construir paraje en la mirada. Existe un saber-hacer-mundo que sólo es posible a partir de la condición precaria, migrante, de quien habita fragmentos. Porque tal vez sólo en el desplazamiento, en la vigilia del entre, del no saber aún, puedan trazarse las huellas de una comunidad posible.

 

Marina Maggi

Poeta

Licenciada en Letras

Instituto de Estudios Críticos en Humanidades (UNR-CONICET)