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Por José Miguel Carrera

La conocí hace más de un año, me dijo:

-Quiero escribir algo que tengo guardado desde hace mucho tiempo. ¿Me puedes ayudar? No sé cómo relatarlo y quiero que se conozca.

Por fin, después de muchos intentos, nos juntamos. Como todos los años ella estaba preparando un nuevo homenaje para Renzo. Lo hace siempre en el mismo lugar que murió explosionado, en la vereda. Esta vez será el viernes 3 de noviembre, en Lyon con Providencia, de esa misma comuna.

-Mañana juntémonos en la casa de mi hermana, lleva la grabadora.

Sentada frente a mí, con sus manos en las mejillas, como sujetando su cara de mujer bella y madura, comenzó su relato:

Su nombre era Ernesto Renzo Contreras Jorquera. Lo conocí en el Liceo 9 de Ñuñoa, ese que está en Eduardo Castillo Velasco con Ramón Cruz. Los dos estábamos en Tercero Medio. Estudiábamos juntos, bueno no estudiábamos mucho tampoco. Nos gustaban más las fiestas, íbamos a muchas. Él era muy alegre, chispeante, no era para nada parco y le gustaba el rock. Siempre nos sentábamos en la parte de atrás de la sala y hacíamos hartas cosas ahí, algunas no las puedo contar. Siempre me ayudaba con las pruebas, era seco para las matemáticas.

Él pololeaba, y una vez, en una de esas peñas solidarias que se organizaban en el Liceo, nos topamos en la cocina, y no sé cómo, quiso que le diera un beso y nos dimos un beso. Quedó la escoba con la polola, ella se enteró o le contaron. Renzo siempre había sido coqueto conmigo, y para qué estamos con cosas, seguramente con otras también, pero esta vez lo pillaron al perla. Era el año 1982, en plena dictadura. Yo le gustaba, una se da cuenta. Increíblemente no nos vimos más.

Tres años después nos encontramos de nuevo. Andaba en una moto, yo trabajaba de promotora y él estudiaba en la universidad, en la Católica de Valparaíso, me contó. En esa época nosotros con mi familia vivíamos en Macul. Mi hermana ya había viajado a la URSS a estudiar. La menciono a ella porque una vez, luego de ese último encuentro, Renzo fue a mi casa y yo no quise verlo, venía, uno en cada moto, con otro chico. Le pedí a una amiga que saliera a la puerta y dijera que yo no estaba. Finalmente, mi hermana fue y le dijo muy campante que yo no vivía en esa casa. Años después, cuando ya éramos pareja, se reía de esta negativa, porque las dos somos muy parecidas, igualitas decía, se dio cuenta que yo me estaba negando y mi hermana mintiendo. A él le gustaba salir en patota con sus amigos, a mí no mucho.

Al tiempo me contó que tuvo un accidente en su moto, cerca del Parque Juan XXIII, que está en Ñuñoa, se cayó y la mamá la vendió para que no se matara, nunca más anduvo de motoquero. Su mamá, Lila, era muy buena persona, comunista, estaba separada de su marido, un militar activo, suboficial mayor, Renzo era muy parecido a su papá.

Nos volvimos a encontrar de nuevo, como el año 85, en ese mismo parque. Ahora estudiaba en la USACH, me sorprendió, lo vi muy cambiado, serio, se vestía ordenado ahora, la ropa era de color café, con el pelo corto y llevaba un maletín como si fuera un ejecutivo que venía de una importante reunión, se notaba como más responsable.

En esa ocasión hablamos como cuatro horas. Yo venía de mi trabajo. Del parque nos fuimos caminando un largo trayecto hasta Agrícola con Macul. Le dije que tenía hambre y entramos a un local de esa esquina, un restaurant en un segundo piso. Recuerdo que comentó:

Este lugar está lleno de chanchos, CNI.

Igual comimos, cada uno un completo y unas cervezas.

 

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Desde esa vez nos empezamos a ver más seguido. Una vez me “tanteó” para saber que pensaba yo de la política y de lo que se vivía en Chile. Como yo hablé de la dictadura, a él le gustó eso, se sintió como aliviado que pensáramos igual y confió en mí. Decía palabras como “mis hermanos”, “la familia” y yo no entendía porque hablaba así. Después me di cuenta de que era un léxico del Frente, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Me contó de su familia, la sanguínea y conocí su casa.

Nos hicimos pareja. Yo me quedaba en su casa, algo no muy bien visto en la época. Gracias a eso conocí a Lila y sus hermanas. Él era el menor de la familia y por eso le decían “nene”, especialmente su mamá. Supe también que era revolucionario y que era algo como un almacenero o “barretinero”, palabra que aprendí del lenguaje rodriguista.

Él era del Frente y yo de la Jota, en esos tiempos eran la misma organización, aunque por seguridad estaba cortada la conexión de una con la otra. Yo le prestaba mi casa para que hiciera reuniones con sus compañeros, varios de ellos iban armados. Una vez un amigo de mi mamá, abrió de repente la pieza y ellos estaban con las armas arriba de la cama. Las escondieron al tiro, pero igual se enteró mi mamá. Me hice la tonta cuando ella me preguntó y la cosa quedó ahí. Me da pena recordar a todos esos chiquillos. Éramos todos jóvenes y tan idealistas. Luchamos tanto, entregamos todo por una sociedad mejor y mira lo que tenemos hoy.

Vivíamos en peligro. Yo sabía el riesgo que corría siendo su pareja, pero lo quería y me comprometí con sus tareas revolucionarias, que terminaron siendo también las mías. Cuando caminábamos por las calles Renzo hablaba de la revolución triunfante, decía que cuando nos tomáramos el poder, todo sería nuestro, el pueblo tendría de todo, odiaba a la dictadura. Yo lo acompañaba en sus salidas y lo esperaba cerca de donde se contactaba con sus compañeros, pero sin ver quiénes eran.

(Por sus ojos aguados da la impresión de que comenzará a llorar, pero se recupera)

Renzo era bien milico para sus cosas, intransigente, bueno para discutir, en las peñas era bueno para discutir y nos terminaban echando de esos carretes, como dicen los jóvenes ahora. Le gustaba hablar de que la lucha revolucionaria era en serio y que las cosas había que hacerlas bien, pero igual nos echaban y a mí junto con él. Eran las típicas fiestas de la Jota de esos años, para reunir fondos. Siempre le pedía que se aguantara un rato antes de pelear, que no discutiera tan luego, que aprovechemos un rato la fiesta.

En su casa notaba o me imaginaba que su mamá sabía lo que Renzo hacía, ella también lo apoyaba. Seguro que sí. Siempre le decía que tuviera cuidado, él contestaba que si ella no podía hacer nada contra la dictadura: “Debes dejarme hacerlo a mí Lila”.

Tenía muchos ejemplares del Rodriguista en el dormitorio y un arma, como te conté. Participó de muchas cosas en el Frente, algunas importante, pienso. Daba todo por esa “su familia y hermanos”, como llamaba al Frente y sus compañeros. Estaba decidido a no caer vivo, lo repetía muchas veces.

Una vez viajando a Maipú desde Macul, lo que significaba atravesar todo Santiago, transportando “material” de la organización, nos tocó una calle donde se encontraba un control de militares. Yo me puse hablar sin parar con el chofer del taxi, para desviar su atención claro. Por su parte Renzo estaba listo con su metralleta entre las piernas para enfrentarse y yo… seguía hablando y hablando con el taxista, para que no notara nuestra tensión. Finalmente no revisaron nuestro vehículo. Él me felicitó después:

–Bien hecho compañera, así se hace.

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Anduvimos juntos varios años, unos cuatro, vivíamos como pareja, su pieza era nuestro mundo, y ahí él tenía a veces una sub ametralladora y una granada hechiza, siempre a la mano. También confeccionó una trampa caza bobo.

-No me agarran vivo y me llevaré unos cuantos CNI conmigo. Los chanchos se mueren conmigo- decía.

Renzo era de mediana estatura, uno de sus amigos más leales le decía “chico”, claramente caminaba a ser calvo, usaba unos tremendos bigotes, sus ojos eran muy negros y yo lo encontraba fuerte y me gustaba. De su universidad, que puedo decir, casi no lo veía estudiar, en verdad se dedicaba casi el cien por ciento de su tiempo al Frente. Su vida era el Frente y yo su “ayudista” más leal. Muchas veces por su disciplina no podíamos salir. Sobre todo cuando debía recibir una llamada de su jefe, nos pasábamos horas y horas sin salir de la pieza, esperando la bendita llamada. Su actividad rodriguista la hacía en fundamentalmente en Santiago, aprendí lo del “contra chequeo”, siempre lo hacía, yo notaba que tenía gente a su cargo.

Era un hombre valiente, siempre hablaba de la muerte, no le tenía miedo.

-Nos pueden matar, y yo le contestaba:

– Ya po, así será, que sea lo que sea, morimos no más- siguiéndole la corriente.

Era de ideales nobles, quería que terminara la dictadura y mejorara la situación del pueblo, leía mucho, me emociona recordar todo lo que me contaba de sus sueños para el futuro y de cómo sería todo después que triunfáramos.

(Otra vez las lágrimas a punto de brotar)

Más de una vez me acompañó a las marchas, pero no le gustaban, se sentía mal cuando no andaba armado, por lo de la represión de los pacos, su jefe le llamó la atención por ir conmigo a esas marchas, lo tenía prohibido.

Recuerdo que después del atentado a Pinochet, Renzo me dijo que había quedado “descolgado”. Y tal como muchos rodriguistas, no estuvo de acuerdo con las posturas del Partido Comunista con respecto al Frente y la continuidad de la lucha contra la dictadura, por eso se acercó a los del Frente Autónomo, creía que se podía seguir luchando. Con un conocido consiguió contactos, no aceptaba la idea de quedarse sin hacer nada combativo. Se sentía un militar combatiente.

Renzo murió explosionado frente al Centro Comercial Panorámico, en Lyon con Providencia, una bomba le explotó, dicen, a las 23:45 horas, lo raro es que tenía planificado un encuentro como a las 21:00 horas, por eso su muerte nunca ha quedado clara, he leído que él pondría un bomba mucho antes de ese encuentro de las 21:00 horas, por eso es raro que él anduviera paseando esa bomba hasta la hora que murió explotado. Fue terrible eso.

Recuerdo haberle dicho que esperara mejor un nuevo contacto, algo más seguro.

Un mes antes de su muerte yo soñé premonitoriamente con ella, se lo dije, y bromeando me contestó que él era como “He Man”, el héroe de un comic de la época.

La última vez que nos juntamos fue en compañía de un amigo que había llegado del exilio y que tristemente nos contó que se había enterado de la muerte de un conocido de él, un chileno que había estado también en Alemania, lo habían matado en el sur. Era como el 1 de noviembre, ese muchacho no era militante de nada, yo lo conocía por las clases de teatro que hacía. Luego se supo que dos jefes del Frente Autónomo aparecieron muertos a finales de octubre del 88, Raúl Pellegrín y Cecilia Magni. Me quedó dando vuelta esa conversación con ese compañero de teatro.

Nos despedimos, jamás imaginé que no vería nunca más a Renzo con vida.

Al siguiente domingo fui hasta su casa como habíamos acordado. Me abrió la puerta su mamá.

– ¡Está muerto el Renzo!

Que terrible, yo no sabía nada.

-¡Está muerto, está muerto!- gritaba y entró a la casa dejando abierta la puerta para que yo entrara. Al momento me vino a la mente lo que yo le dije el último día cuando me dejó en mi casa:

-Renzo no te metas, espera un contacto seguro, no te metas en cosas o “rojos”, hasta que todo se aclare.

Se enojó conmigo:

-Chica tú me estay reprimiendo y eso no me gusta nada, deja de decirme lo que tengo que hacer.

Era martes y nos despedimos.

(Ahora si las lágrimas son incontrolables, pero se limpia la cara rápidamente como queriendo ocultarlas).

No puedo parar, tengo que terminar de contarte todo.

Entré a su casa, la mamá me dio el paso.

-Renzo murió repetía, está muerto mi “nene”.

Fui hasta la pieza, como siempre lo hacía, donde hacíamos vida de pareja desde hace cuatro años y me encontré a su papá. Me vio, pero no me habló, se daba vueltas y vueltas por el dormitorio, con las manos en la cabeza, parecía buscar cosas, armas, no sé, balbuceaba, el pobre estaba como ido. Tampoco se hablaban con la señora, ni con sus hijas, todo era desolación. El padre y yo, solos ahí, todo era horrible.

Ya no tenía nada que hacer en ese lugar, el dormitorio ya no era mío, mi mundo con Renzo había terminado, no estaba más él y salí, no podía comprender lo que me estaba pasando, iba de tumbo en tumbos afirmándome de las paredes.

Días después entregaron el cuerpo de mi compañero a su familia, el cajón estaba sellado. Toda su muerte fue como la soñé, yo se lo venía diciendo y no me hizo caso.

El entierro fue muy triste y terrible, yo no paraba de llorar, se turnaban para estar un rato conmigo, los compañeros de la universidad que estaban ahí y que eran amigos de Renzo me consolaban, diciendo que todo era culpa de ellos por haberlo vinculado con un contacto. No era culpa de ellos, en realidad él mismo buscó vínculos y se contactó por otro lado. Había chanchos de la CNI en el lugar, miraban a todos los que llegaban al entierro, como si esperaran a alguien en especial.

Su madre, Lila, era una mujer fuerte, también me consolaba, incluso me cantó un estribillo de una canción revolucionaria al oído: “y en el día que me muera, mi lugar lo tomas tú” (el himno de la CUT de Quilapayun). Impresionante de fuerte esa compañera, había perdido a su hijo, su “nene” y en medio de ese inmenso dolor tenía la entereza y el valor para alentarme a mí.

Al tiempo volví a encontrarme con la mamá de Renzo en la Vicaría de la Solidaridad; ella, ayudando a los familiares de los ejecutados políticos de la dictadura y yo colaborando con los presos políticos. Nunca la olvido.

Termino aquí, no puedo seguir más, disculpa y gracias.

A modo de reflexión final:

Este valiente relato, habla del amor, pero de ese amor lindo y comprometido con la justicia y la lucha, interrumpido por la brutalidad de la dictadura. Escuché conmovido cada palabra, observé cada gesto y sentí mía cada lágrima, pues está lleno de dolor y también de añoranza. Trata de sueños juveniles de amor del bueno. Por la maldita dictadura, quizás cuantas compañeras o compañeros quedaron esperando una noche o un día, en la casa, en la cama, en un café, o en el asiento de la plaza, continuar ese lindo beso dado a la rápida porque había un contacto por hacer. Esos amores no pudieron continuar, quedaron a la orilla de un abismo negro y doloroso. Trasmitirlo es vida también. Agradezco la valentía de Pelusa, compañera de Renzo, combatiente rodriguista en los años 80.

(*) “El joven Ernesto Patricio Renzo Contreras Jorquera, 24 años, estudiante universitario (…). Según la versión oficial, intentaba colocar un artefacto en un edificio comercial, aunque los familiares lo negaron en todo momento.

CODEPU, un caso no reconocido por la Comisión de Verdad.