Roberto Nordenflycht

Por José Miguel Carrera Cierto día, como “siempre”, Manuel se preparó para cumplir la rutina diaria de trabajador de oficina. Esa era la leyenda con que lo conocía la dueña de la casa donde arrendaba una pieza. A las ocho de la mañana, puntualmente, se despedía de ella y abría la reja del ante jardín, revisaba el buzón y de vez en cuando encontraba una de las cartas que él mismo se enviaba de vez en cuando para no levantar sospechas. Pero aquel no sería como todos los días en su “normal” vida de clandestino. Corrían los años finales...

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