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Por Gladys Díaz

Revista Análisis 1991

¿Qué extraño mecanismo se movió en mi computadora cerebral al ver a ese hombre en el interior de mi casa a través de la televisión, que revivió el dolor y la inmovilización de esa cachetada? Si el cuerpo de las víctimas puede recordar hasta un detalle tan infinitesimal, ¿cómo puede un hombre enfrentar al país sin arrepentimiento después de haberse sentido Dios y, en su omnipotencia, haber decidido quién vivía y quién moría? La opinión pública de este país sigue estremecida por el cúmulo de testimonios que aparecen y que seguirán apareciendo para revivir, informar, o llorar el dolor que este país ha acumulado y que nos hace ser una sociedad absolutamente enferma y, por ende, enfermos todos sus habitantes: víctimas, victimarios, héroes, colaboradores, seres activos o pasivos, sufrientes o indiferentes. La información hoy fluye porque hay un espacio, porque se va perdiendo el miedo y porque esta catarsis individual y colectiva, que significa sacar el dolor de las entrañas, abre una lucecita de esperanza para una futura sanación.

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Manuel Contreras en el regimiento Arauco de Osorno.

Y esa esperanza de “sanación” fue lo que Manuel Contreras en su desprecio total quiso ahogar. Y eso no hay que permitirlo. Un hombre enfermo de perversión no debió tener el espacio para agregar bacilos a este territorio, para volver a meter el miedo por las junturas apenas recompuestas del alma. Después del valioso testimonio de Blanca Luz Arce, creí que quedaba poco por decir al menos para alguien como yo. Pero apariciones televisivas y respuestas militares pretenden borrar el nuevo rayado de cancha y eso obliga a retomar el tema.

Blanca Luz Arce

En su informe, Blanca Luz Arce dice que nunca me vio en Villa Grimaldi, pero que sabía que estaba en la “torre”. La torre estaba al lado de la cabañita en que vivían ella, la Flaca Alejandra y Carola. Desde el cubículo en que me encontraba escuchaba sus diálogos. Una vez la Flaca Alejandra dijo: “Quisiera hacerle llegar unos cigarros a la Flaca Díaz”, y la Blanca Luz le respondió: “No te metas en problemas”. De ella se decían cosas terribles. En mi fantasía de prisionera llegué a temer un posible interrogatorio con Blanca Luz, más que a aquellos a los que fui sometida por expertos torturadores, especialmente entrenados. Sin embargo, al leer su testimonio la sentí tan hermana, que el único impulso que me nació fue correr a abrazarla, porque a ella sí que nadie de este mundo puede hacerle ninguna reparación al daño sufrido. Porque no es lo mismo vivir con los fantasmas de lo que a uno le hicieron y el dolor de nuestros muertos, que tener que cargar con las terribles consecuencias que provocó el éxito que los dinos tuvieron en “cosificar” a algunos compañeros y convertirlos en colaboradores.

Gladys en la revista Análisis

Gladys en la revista Análisis

Ese pequeño infierno

Ese 20 de febrero de 1975, entre las 10 y 11 de la mañana, Juan Carlos Perelman, “Juanca”, y yo hacíamos nuestro ingreso, vendados, esposados y encadenados, en el interior de un vehículo, a la Villa Grimaldi, sin sospechar siquiera que antes de su antesala conoceríamos el infierno mismo. Mientras me sacaban a patadas y me paraban en una forma tal que tuve la sensación de que estaba en el centro de un círculo de personas (efectivamente después supe que eran conocidos que debían asentir con sus cabezas, si realmente era yo) sentí la ronca voz de un hombre, que después se me haría odiosamente cotidiana (Marcelo Moren Brito): “Al fin te encontramos, pues Renata. Este es un día de fiesta, así que ligerito vamos a empezar a bailar”. Por algunas horas perdí contacto con la presencia de Juan Carlos. Las compañeras que estaban allí detenidas en esos días, cuentan que las llevaron a tomar el sol alrededor de la piscina y les dieron un berlín. Nada de eso era habitual, así que temieron que pasara algo que las alejara físicamente de las salas de “parrillas”. Alrededor mío, sólo gritos, empujones, patadas, groserías, zamarrones. Algunos escasos minutos, para que personas conocidas me convencieran de que “todo está perdido, saben mucho, no hay nada que hacer y es mejor hablar”, mostraron otra faceta de lo que comenzaba a ser mi nueva realidad.

Me han sacado el scotch de los ojos y la venda, y creo que ese es el instante preciso en que empiezo a medir la dimensión del horror. La voz de otro oficial, que también se me haría espeluznantemente repetida (Miguel Krassnoff Martchenko) grita: “Que pasen los de Valparaíso”. Y a unos diez metros de mí, pasa una fila de personas semidesnudas, amarradas, vendadas, con el pelo en desorden, cada uno con un brazo puesto en el hombro del anterior. A sus costados, hombres de civil, armados, les pegaban culatazos, les hacían zancadillas y les gritaban soezmente. No me pareció nadie conocido. Dudo que fueran reconocibles en ese estado de desamparo, errante en que avanzaban, sin siquiera percatarse de que eran parte de un show para “Renata”. “Ahora que pasen los de Conce, los de Internacional, los del G1, del cinco…”. A medida que el desfile, con las mismas o peores características, continuaba, porque unos iban con heridas en la cabeza, con los cuellos hinchados, cojeando mientras sangraban, fui reconociendo a queridos amigos, a inolvidables camaradas. Y fui tomando conciencia de cuán golpeada estaba mi organización, y si la expresión es aplicable, “olí la sensación de derrota que había entre esos detenidos”. Pasaron sólo a los hombres. Conté a vuelo de pájaro más de cien. ¿Cómo iba yo a imaginar, por ejemplo, que de ese grupo venido de Valparaíso, y donde no reconocí a nadie, prácticamente todos iban a desaparecer?

Era tarde, en la noche, cuando se suspendieron las sesiones de parrilla, alternadas con intentos de convencimiento a través de la participación del “bueno”, que para cada preso era distinto. En algunas ocasiones nos parrillaron simultáneamente con Juanca, en otras en cuartos separados, en otras hicieron que cada uno presenciara la tortura del otro. En alguno de esos momentos nos enteramos de que ya no teníamos nombre ni apodos. Juanca era el número 1021 y yo era 1020.

1021

Juan Carlos Perelman, siendo estudiante universitario en Concepción, había formado parte de una minúscula organización llamada Grama, que pasó a conformar el MIR en el Congreso constituyente de 1965. Sin embargo, y a pesar de que en aquel grupo político original había sido uno de sus más altos dirigentes, después de participar de la fundación del MIR, se automarginó para dedicarse a estudiar. Se recibió de ingeniero químico y luego hizo un postgrado en economía. Prácticamente ausente de las luchas políticas de fines de los sesenta y del gobierno de la UP, se reintegró a la militancia pocos meses antes del golpe. Le gustaba hacer tareas subalternas, era silencioso, daba su opinión sólo cuando se la pedían, inmejorable amigo de sus amigos, sacrificado, sensitivo, austero, tremendamente modesto, a pesar de venir de una familia de clase media acomodada y de poseer una sólida formación intelectual. El dolor que su desaparecimiento dejó entre quienes lo conocimos, ha sido tan grande, que su dimensión no pudo ser plenamente expresada en la película “Imagen Latente”, con que su hermano Pablo lo homenajeara, ni menos puede serlo a través de mis limitadas palabras. Como lo he dicho en innumerables ocasiones, a Juan Carlos lo sacaron el 28 de febrero, o sea, ocho días después de que fuimos detenidos junto a Carmen Díaz Darricarrere, Allan Bruce, René Roberto Acuña Reyes, Manuel Eduardo Cortez Joo, Rodrigo Ugaz Morales, Hugo Daniel Ríos Videla, Iván Monti, Jaime Vásquez Sáez, alguien me dijo que era “el viejo” de Lo Hermida, y otros.

Yo creí que todo ese grupo se había ido a libre plática. Ellos también. Juanca me dejó su chomba.

Pero como cuatro días después un grupo de agentes –que no eran ni los que nos habían detenido, ni “interrogado”– a través de empujones y golpizas, me preguntaron por Juan Carlos, que dónde estaba, que cómo se podía llegar a él. Lo que parecía tan esquizofrénico tenía una explicación. Juan Carlos tenía un entrañable amigo argentino que, a comienzos de los 70, se había comprado un departamento en el cual vivía. Al desatarse la xenofobia de 1973 fue llevado al Estadio Nacional y regresó a su país en cuanto recuperó su libertad, dejándole a Juan Carlos un poder amplio para la venta del inmueble y envío del dinero. Agentes de cuarta categoría, al revisar las cosas sacadas de nuestro departamento, encontraron el poder. Hace muy poco pude reencontrarme en Chile con este amigo argentino y con la dirección de su antigua casa. El actual destino de ese inmueble constituía una prueba irrefutable de la detención, secuestro y desaparición de Juan Carlos, pero yo nunca había podido entregarla en ninguno de los tribunales en los que testifiqué. Hace unos días, haciéndome pasar por la secretaria de un abogado, fui a esa dirección. Está convertida en la oficina y vivienda del jefe de la Junta Administrativa de Vigilancia de todo un enorme cuerpo de edificios de departamentos. Los habitantes de ese condominio pagan allí sus cuotas por tal servicio. El jefe que me atendió en un tono agresivo no quiso contestar mis preguntas, ni darme el nombre del propietario. Al requerir más antecedentes, a un grupo de mujeres que tomaban sol junto a sus hijos en el parque del condominio, me señalaron que se trataba de una empresa privada de vigilancia y que existía el fuerte rumor que pertenecía a Manuel Contreras.

En torno al caso de Juan Carlos Perelman, se produjeron otras complicaciones. Estando ya en libre plática me llevan un día a la oficina del siniestro comandante de Tres Álamos, coronel Conrado Pacheco (que dicen que ahora está loco). Dos tipos de civil, sin mostrar ninguna credencial, se identificaban como de Investigaciones y nuevamente me preguntan que dónde está Juan Carlos. Les respondo que si se trata de un chiste, que la pregunta corresponde que se las haga yo a ellos. “¿Qué cree usted que pasó con él?” –me preguntaban. “Si realmente ustedes no son de la DINA y buscan seriamente a esta persona, yo creo que o la tienen en algún campo clandestino junto a otros desaparecidos, o de lo contrario, lo mataron” –respondí. Los dos sujetos afirmaron con mucha seguridad: “No está en ninguna cárcel del país. Eso ya está corroborado”. A continuación añadieron: “¿qué explicación podría tener que esté muerto él y viva usted?”. Entonces interpreté esta extraña visita a Tres Álamos como una forma velada de amedrentamiento, en la medida que yo denunciaba, cada vez que había ocasión, la presencia de aquellos compañeros hoy desaparecidos, en las cárceles secretas de la DINA. Con mayor razón el caso de Juan Carlos, con quien fui detenida. Al parecer, la explicación era otra. Aunque parezca psicótico, lo buscaban de verdad. La familia Perelman estaba emparentada con el cardiólogo del Vicepresidente de Estados Unidos. La presión de gobierno a gobierno para exigir la libertad de Juanca era intensa. Creyendo que tenían de alguna forma que cerrar el capítulo la DINA, en concomitancia con los servicios de inteligencia argentinos, hicieron aparecer un cadáver semicalcinado en las afueras de Buenos Aires. Portaba la cédula de identidad de Juan Carlos Perelman. El, quien nunca fue clandestino, había sido detenido con este mismo documento, el que le fue arrebatado al ingresar a Villa Grimaldi. Su primo, Ricardo Wilhem, fue a reconocerlo. La cédula de identidad era correcta, pero el cadáver semicalcinado correspondía a una persona diametralmente distinta físicamente y cuyas huellas digitales no correspondían.

La soledad

Desde que se llevaron a los compañeros el 28 de febrero, me quedé sola en la torre, me cambié a un cubículo un poquito más largo, que al menos me permitía sentarme con las rodillas flectadas, en vista de que todas las mini-celdas estaban desocupadas. Volver de los “interrogatorios” y que nadie te preguntara… “¿Te dejaron muy mal Flaca?” o… que alguien cuando te llevaban gritara: “Fuerza, preciosa, todos estamos contigo”, se convirtió en algo casi insoportable. La soledad frente a tanto horror me producía una sensación indescriptible de vacío. Alrededor del 4 de marzo llegó a la torre Alfredo Rojas Castañeda. Sin saber quién era, al sentir sus pasos engrillados, grité: “Pónganlo a mi lado, por favor”. Traté de “ponerlo al día” sobre el sistema en la torre. Nos sacaban dos veces al día al baño, y ése era nuestro único contacto con la población de presos. A veces algunos estaban barriendo, o lavando platos o haciendo trabajos manuales por cuenta de los guardias, y en forma rápida y nerviosa pasaban por nuestro lado y nos entregaban información. Alfredo preguntó mi nombre y se alegró al escucharlo. No nos conocíamos, pero se había encontrado con alguien que le había contado que al parecer a mí me habían muerto. Fuimos vecinos alrededor de un mes y medio. Había sido director de Ferrocarriles y era socialista, estaba inactivo, sólo dedicado a sus negocios particulares, relacionados con su profesión de ingeniero civil. Yo no entendía por qué estaba ahí. Me contó que había sido detenido en el 74, entregado por alguien sólo por haber sido socialista. Dijo que en aquella primera detención lo trataron muy mal, pero al parecer se convencieron que estaba “en otra”. Entonces le ofrecieron que colaborara. Sólo tenía que firmar un papel en el que se comprometía a llamar a un determinado teléfono si veía o sabía dónde estaba un grupo de personas socialistas que conocía y que le escribieron en un papel. No debía decirle a nadie que había estado preso, y a su mujer debía tejerle una historia con un viaje a la playa por negocios. A Alfredo le pareció un trato muy fácil de escabullir, y lo firmó. Cumplió contándole la historia playera a su mujer, y se puso seriamente a pensar en salir del país con su familia, que incluía un hijo por nacer con el que soñaba en voz alta, permanentemente. Hablaba siempre de su madre, a quien adoraba porque, prácticamente sin recursos, lo había apoyado hasta ser ingeniero. Como estaba descolgado, no se sentía en peligro. Pero un día se encontró con uno de los compañeros de la lista en la calle y le dijo: “Ándate de inmediato del país. No te puedo decir por qué estoy enterado, pero te andan buscando. Y la cosa está brava. Unos meses después esa persona fue detenida por otras circunstancias. Y al subir a la camioneta que lo llevaba a Villa Grimaldi, distraídamente un agente dino le preguntó: “¿Sabías que te andábamos buscando?”. Y el detenido, sin medir las consecuencias de su respuesta, casi en forma mecánica dijo: “Sí, me lo contó Alfredo Rojas”. Eso bastó para que lo esperaran a la salida de su casa. “Había traicionado un compromiso con las Fuerzas Armadas de Chile y eso se castiga con la muerte”. El detenido que cometió este error tuvo la posibilidad de reconocer en la misma Villa Grimaldi esto a Rojas, y recibir su perdón. Alfredo era un ser humano excepcional, le gustaba analizar conmigo los errores cometidos durante la UP y solíamos discutir mucho, a través de un sistema de conos de papel de diario, a través de un hoyito, que hecho con un clavo, atravesaba la tabla que dividía las celdas. Al menos en ese casi mes y medio o tal vez más, que fue mi vecino, jamás fue interrogado o torturado. Eso lo hacía tener muchas veces la certeza de que lo iban a matar. Pero a veces amanecía optimista y hacía poemas para su esposa. Se hacía la idea de que su hijito ya había nacido y también le hacía versos para cuando “tuviera quince años”. Se autocriticaba de no salir jamás a pasear con los suyos. Hablaba de otro hijo pequeño al que nunca jamás había llevado a un carrusel, y se aprestaba a enmendar ese error, si sobrevivía. La única vez que lo sacaron de la celda, fueron unos guardias que llevaban su chequera y le pidieron que firmara un cheque por una cantidad, para mandar a arreglar el auto que le habían confiscado y que estaba fallando, “porque vas a salir uno de estos días, y es mejor que lo tengas bueno”. Lo hizo, pero quedó muy preocupado. Tuvo la sensación de que se le cerraba el círculo. A los dos o tres días, regresaron en busca de otra firma, pero esta vez para un cheque en blanco. Previamente le habían sacado con subterfugios, la cantidad de dinero que tenía en la cuenta, que era mucha, porque estaba relacionada con un montón de pagos que tenía que hacer su empresa. Alfredo se resistió a firmar esta vez. Le explicaron que el dinero sería utilizado para el pago de la patente del auto, y que el monto no se sabía. Estaba consciente de que la firma de ese cheque final era como su sentencia de muerte. Los tipejos que le iban a sacar el dinero lo hacían porque ya estaban enterados del destino de Alfredo. Lo amenazaron con su familia y finalmente firmó. Encogida en un ovillito cada vez más pequeño, escuché toda la negociación. Y cuando se fueron, el bueno de Alfredo, me dijo… “¿Oíste, verdad?, firmé mi condena a muerte”. Ni siquiera se me ocurrió una mentira piadosa. Jamás he podido ver un carrusel en una revista o en una película, sin recordarlo. Mi hijo creció, hoy es un hombre y nunca lo llevé a un carrusel, siempre le pedí a alguien que lo hiciera por mí.

Ellos y sus miedos

Pasaban los días. Y Carrasco, uno de los cuatro compañeros que dio una conferencia de prensa desde la DINA por televisión el 19 de febrero, me susurró al oído en una espera frente al baño: “Flaca, cuídate mucho en lo que dices y haces. Baja el tono, ponte mansa. Se está discutiendo tu suerte y están divididos. Unos creen que te pasaste de viva y otros, que eres tan cuadrada que, a lo mejor, es cierto que no sabes nada”. Al Negro Carrasco, como todo el mundo sabe, lo mataron. Aquel valioso consejo que yo tomé muy en cuenta, debe haberme ayudado también a conservar la vida. De los “interrogatorios físicos” se había pasado al “tratamiento psicológico”, que iba dirigido a que perdiera la noción de tiempo y espacio, a despersonalizarse, a “cosificarse”. Eran los tiempos de las drogas, las inyecciones de pentotal, las sesiones de hipnosis, los golpes por los golpes, ya sin preguntas. Pero algo había pasado. No era ya la noche en que en uno de sus turnos, el teniente Pablo (Ricardo Lawrence Meires) me ofreció gentilmente un pedazo de sandía, después de un día completo de descargas eléctricas sobre mi cuerpo. Uno en esas condiciones se deshidrata y tiene mucha sed. Pero si se bebe agua, van estallando las vísceras. Algo era distinto. Radio Balmaceda había dado lectura a uno de los cinco recursos de amparo que mi familia había interpuesto, pero que habían sido respondido con un “no ha lugar, porque no se encuentra detenida”. El que difundió la emisora había sido acompañado por el testimonio de un detenido que aseguraba haberme visto en Villa Grimaldi, en muy grave estado.

Notaba que, aunque se me seguía hostilizando, había preocupación porque no me muriera y un domingo ocurrió un hecho sintomático. Fui sacada por Tulio Pereira, junto a la piscina, a tomar un poco de sol y me sacó la venda para hablar “cara a cara”. Tulio era quien, el 23 de febrero se puso frente a mí, que estaba vendada, esposada y con los pies encadenados, y con manoplas en sus manos descargó toda su fuerza sobre las distintas partes de mi cuerpo. Ese 23 de febrero había a cada lado y tras mío, hombres que, como un “mono porfiado”, me volvían a poner en posición, para el siguiente golpe. Tulio tenía una obsesión desde ese día. Porque en medio de la “sesión” se me cayó la venda, y quedamos frente a frente, torturador y torturada. No tengo idea qué características puede tener la mirada de una mujer en esas circunstancias, pero la verdad es que después de eso, él no podía dormir tranquilo. Y esa soleada mañana de domingo, ofreciéndome una fruta que me llevaba y un paquete de cigarrillos, me preguntó: “Si te expulsan, si te sacan del país, ¿volverías a buscarme clandestinamente por cielo y tierra para matarme?”. Me dijo que se estaba volviendo loco, que su mujer no entendía nada, porque creía que trabajaba en el Ministerio de Defensa y que no se explicaba su nerviosismo. Que se dormía y veía mi mirada de ese día. Que si sentía un ruido mientras dormía, saltaba de su cama y se sentaba, metralleta en mano, en el living de su casa, frente a la puerta a esperar que entraran a matarlo.

Cuando escuché la soberbia del general Pinochet en su alocución del viernes pasado, no pude dejar de pensar en Tulio, que murió en febrero de 1976, producto de las balas de sus compañeros, en fuego cruzado contra los mellizos Pérez (hermanos de Dagoberto), al adelantarse para entrar en la casa, cuando ya los muchachos no disparaban. También pensé en ese muchacho cuyo nombre ignoro, pero cuya voz reconocería hasta hoy, y que obsesivamente iba a la torre, a pesar que no tenía nada que hacer allí, para decirme una y otra vez: “Yo maté a Miguel Enríquez. Pero te juro que era él o yo. Estaba herido, arriba de una pandereta, apuntándome. Yo tuve que dispararle. No sabía quién era. Ahora los presos me hablan de él. Creo que era un tremendo gallo. Pienso que los miristas no me van a perdonar nunca. Cuando salgas, ¿puedes explicarles que la cosa fue así?”. A esto se sumaba la insistencia, casi enfermiza, de Osvaldo Romo, quien nos repetía incansablemente que él no había matado a Lumi Videla.

Nosotros, los “sin consecuencia de muerte”, podemos llenar libros y libros con anécdotas similares. Lo que el general Pinochet no sabe es que, entre sus hombres, hubo quienes no consideraron “altamente honorable” torturar a gente maniatada, vendada, encadenada, colgada. Que más bien les provocó espanto, enfermedad y sufrimiento.

La extraña visitante

Tuve otro domingo insólito. Trato de precisar bien la fecha y no puedo. Puede ser a fines de marzo, o tal vez en abril. Ya había llegado a la torre Ariel Mansilla, el joven socialista, estoico y generoso. Su heroísmo lo llevó no sólo a callar información, sino que inventó un supuesto contacto con otra persona, para lanzarse a un bus, que le destrozó un pie, que fue pudriéndose hasta la gangrena. También había llegado a la torre Carlos Carrasco Matus, “Mauro”, cuya presencia causó conmoción entre los guardias y el primer día iban todos a mirarlo. Porque era uno de ellos, que fue reclutado obligadamente para la DINA mientras hacía el servicio militar. En la secundaria había sido simpatizante del MAPU. Estaba destinado a Cuatro Álamos y llevaba papelitos de los detenidos a los familiares, avisando quién estaba preso y en qué estado. Lo fueron a detener a su casa. Él sabía que lo iban a matar. Y en las noches lloraba como un niño. A pesar de que estaba en el piso de arriba, yo le cantaba para que se sintiera menos solo. Sí, ese domingo ya estábamos los cuatro en la torre. A media mañana sentimos que por la escalera subían dos personas. Un hombre y una mujer. El hombre tenía un servilismo exacerbado con la mujer y por el trato era claro que el hombre era un oficial joven. Él le explicaba: “Aquí están los más peligrosos, los más duros, los que no tienen vuelta”. La mujer, que era a todas luces una civil, preguntaba frívolamente: “¿A estos los van a matar?”.

El oficial joven obviaba la respuesta, dando más datos de cada uno. “Este era el director de Ferrocarriles de Allende”. La mujer hacía alusión al mal olor que impregnaba la atmósfera. “Son muy sucios” –respondía el hombre– sin hacer alusión a la gangrena de Ariel y a que no podíamos bañarnos ni lavar la ropa con la que habíamos sido detenidos. “A ver, ábrame una puerta para ver a uno” –pidió la mujer. “Tendría que agacharse –respondió la voz masculina– porque hay sólo una abertura inferior, por donde ellos entran y salen arrastrándose. Las celdas no tienen puertas”. Al parecer, la mujer se agachó para mirar a Rojas Castañeda, quejándose de lo incómodo que resulta. No tuvo interés de observar a la “peligrosa periodista”, pero su comentario fue “¡qué entretenido!”. Todas sus frases fueron banales y no hizo ninguna pregunta que demostrara más interés que no fuera el morboso de mirar a seres humanos “en camino de animalizarse”.

Hicimos cavilaciones entre nosotros. No era fácil que cualquier alto oficial se hubiera arrancado con los tarros ese domingo, para mostrar este zoológico a una posible amante o a una hija curiosa. Como tantos misterios, ese quedó también en la torre. El año pasado visitando a una amiga de mi adolescencia, que me agasajaba por haber regresado al país desde el exilio, una persona asistente puso el tema de los derechos humanos. Y contó con lujo de detalles cómo Lucía Pinochet Hiriart, un domingo de febrero o marzo del 75 (no recordaba bien) se había presentado a las puertas de Villa Grimaldi diciendo quien era y sorprendiendo a todos, había recorrido las dependencias. La narradora asistente a mi evento social, lo había escuchado directamente de la protagonista. La hija del general Pinochet contó también que su padre la había retado y casi cortado relaciones con ella, por esta “insubordinación”. Que a raíz de esto se habían tomado medidas muy drásticas en los cuarteles. Pero Lucía, hija, concluyó diciendo a su amiga: “Nunca te metas en nada. Lo que vi allí es irrepetible. No te lo puedo contar”. Así develé el secreto de aquella insólita visita dominguera. A mis tres vecinos de la torre, hoy desaparecidos, no se los puedo contar porque no sé dónde están.

Primero se llevaron, el mismo día, a Ariel Mansilla y Carlos Carrasco Matus. Alfredo y yo los echamos de menos. Hace algunas semanas, un contemporáneo de la Villa Grimaldi, de la población que estaba abajo, recordaba: “Ustedes cada vez que bajaban al baño, constituían un cuadro patético, imborrable. Tú, tan larga y tan flaca, con esos zapatos ridículos que te pusieron allá, con los tacos tan altos y esas tremendas plataformas, con tu cabello tijereteado ridículamente, haciendo con tus brazos una silla, junto a Alfredo Rojas que era bajito, para Ariel Mansilla, que no podía trasladarse por sus pies. Y más atrás Carlos Carrasco, con sus pies engrillados, dando saltitos como un conejo”. Yo he sido girl guide, cruz roja, componente del equipo campeón de ping-pong de mi colegio, del seleccionado de básquetbol de la Escuela de Farmacia, delegada ante la FECH, dirigente de un centro de alumnos universitario, presidente del Sindicato de Periodistas Radiales de Santiago, miembro del Comité Central del MIR, etcétera. Pero de nada, de nada puedo ni podré sentirme más orgullosa en mi vida que haber pertenecido a ese patético cuarteto de la torre de Villa Grimaldi, que desarrolló el lazo de amistad más indestructible que se pueda concebir y cuyos tres ausentes tanta falta me hacen.

Pasaron también por allí dos compañeros que están vivos, pero que por no tener su autorización, me abstengo de mencionar. Alfredo todavía no partía a su destino de “desaparecido” cuando llegó Cedomil Lausic, el joven de 23 años que mataron en nuestra presencia a cadenazos y Alfredo no alcanzó a percatarse, porque dormía, de la fugaz presencia de una hora, de Isidro Arias, una madrugada, antes de que le dispararan su tiro de gracia, en la misma Villa. Pero estos dos casos, ameritan por sí solos, mucho más de lo que esta crónica puede dar.

En vísperas del primero de mayo de 1975, volví a estar sola en la torre y cuando me dijeron que bajara con mis pertenencias, que era una bolsa plástica con un pedazo de pan duro, una aspirina y un cepillo de dientes o lo que quedaba de él (que es un bien que no soporto haber perdido, porque era colectivo con el que todos los de la torre durante ese tiempo, nos lavábamos los dientes) no sabía si me iban a matar o a liberar. Me reunieron con todo el colectivo de presos. Después de unos días, Cuatro Álamos y, finalmente, mi reencuentro con la vida y con las mujeres, con mis hermanas detenidas políticas, con las que compartí la cotidianeidad hasta mi último y final aislamiento en septiembre de 1976. En diciembre de ese año fui expulsada y la ciudad de Hamburgo me acogió en el comienzo de un exilio que duró doce años.

Hoy, después de los acontecimientos de los últimos siete días, busco a quien preguntarle algunas cosas. Yo fui detenida bajo la acusación de ser la directora del periódico clandestino El Rebelde, cuestión que era cierta. Pedí que me procesaran como tal, durante todo el tiempo que estuve presa, porque reivindicaba y sigo reivindicando mi derecho a escribir bajo una dictadura, en una publicación clandestina que denunciara lo que está pasando, porque soy periodista. No me lo permitieron nunca, y cuando en 1976 hubo amnistía general para los procesados, que era mi caso, junto a otras quince personas, a mí no se me amnistió por ser “extremadamente peligrosa”, y se me expulsó. La primera vez que pedí proceso fue en Villa Grimaldi. Krassnoff Martchenko se encargó de decirme que estábamos en guerra y que, por lo tanto, yo era una prisionera de guerra. Le respondí entonces que si era así, reclamaba los derechos que me daba la Convención de Ginebra. Entonces socarronamente dijo: “Como eres una oficial, nadie te violará”. Debo reconocer que ése fue el único derecho que se me respetó.

Me queda una pregunta. Señor Contreras, señor Pinochet: La prisionera de guerra número 1020 pregunta dónde está el prisionero de guerra número 1021, con el que fue detenida.

Yo acuso – Gladys Diaz – Analisis 1991