por Ignacio Uranga

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Hay que tener cojones para aceptar verdades sobre nosotros, los vencidos

 Bertolt Brecht

 

Martín Fierro: Identidad en retirada:

Memoria y Olvido

Memoria, tiempo y espacio

La memoria (les pido atención en este momento/que voy a contar mi historia/me refresquen la memoria. I.v.9-11) es el faro referencial, una facultad, del que está provisto el hombre para conocer su identidad en cualquier punto del tiempo y espacio. De acuerdo con esto, es de importancia sustantiva el primer verso cantado por Martín Fierro: aquí me pongo a cantar (I.v.1). En este primer verso de la primera parte del poema, hay dos puntos nucleares: el primero, vinculado al tiempo, que la frase verbal sea incoativa en presente del indicativo; el segundo, vinculado al espacio, que el poema se inicie con el adverbio aquí.

Son relevantes ambas cuestiones gramaticales puesto que las dos trazan una línea directa a la memoria del personaje, ya que todo ejercicio de recuerdo se halla enclavado y se forja en realidades y tiempos diversos: el tiempo y espacio en que se realiza la actividad mnémica, y el tiempo y espacio que es evocado, rememorado.

En primer lugar, el lector advertirá que la conjugación verbal en presente se puede hallar en la Ida hasta la sextina número veinte, ya que luego la conjugación se desplazará a las formas del perfecto del indicativo, perfecto lógico, pretérito imperfecto, y presente histórico, al tomar la palabra la memoria de Fierro. En segundo lugar, se encontrará en el primer verso con el adverbio aquí, frente al que cabría hacer la justa pregunta: ¿aquí, dónde?

No es un dato menor, a mi criterio, el hecho de que el canto de la Ida se inicie de este modo. Este aquí que da la pulsión inicial a la cuerda de la voz de Fierro indica, invariablemente, una cercanía, la simultaneidad del canto con el espacio y tiempo en que es ejecutado: la actualidad de Fierro; cercanía que se contrapone a la diversidad y lejanía, principio elemental de la memoria, mencionada en las coplas subsiguientes. Para ilustrar esta lejanía basta hacer mención de algunos de los innumerables pasajes que remiten a un tiempo y espacio que distan del momento del canto: entonces (I.v.139); aquéllo (I.v.223); allí (I.v.475, 613, 846, 811, 880, etc); aquel mal (I.v.830).

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Toda la primera parte del poema evidencia una incertidumbre espacial y temporal, el único pasaje que hace una consideración acerca de la temporalidad es el verso volvía al cabo de tres años (I.v.1003), pero no nos es revelado el tiempo en que Fierro está cantando, la actualidad de Fierro. Del mismo modo que la incertidumbre temporal se constata la incertidumbre espacial (es impensable, desde los postulados de la física moderna, el divorcio entre tiempo y espacio); no se indica con precisión el punto exacto en que se ubica Fierro; está en un “entre”, “en medio de”. Sabemos por sus propias palabras, además de indicarlo con los tiempos verbales que utiliza, que no está en la frontera

Yo  no quise aguardar más

Y me hice humo en un sotreta

(I.v.989-90)

ni en su hogar, puesto que el ser gaucho matrero consiste en no tener residencia fija por huir de la ley; ni en las tolderías, ya que el adverbio con que la señala denota una lejanía

Yo sé que allá….

(I.v.2191)

Allá habrá seguridá

(I.v.2232)

Allá no hay que trabajar

(I.v.2245)

Dónde está Fierro. Hay una incertidumbre del espacio en el que está ejecutando el canto, incertidumbre, a su vez, compartida por el lector y el personaje

derecho ande el sol se esconde

tierra adentro hay que tirar,

algún día hemos de llegar

después sabremos adonde.

(I.v.2205-8)

el que es gaucho va ande apunta,

aunque inore ande se encuentra

pa el lao en que el sol se adentra

dueblan los pastos la punta

(I.v.2211-14)

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Lo que sabemos es que en esta lejanía, temporal y espacial, señalada adverbialmente, hay una intensa actividad mnémica por parte de Fierro, que evalúa a distancia una realidad diversa

Entonces (I.v.139); ah tiempos! (I.v.181); recuerdo (I.v.195 y 205)

En aquel entonces (I.v.937); aquel mal (I.v.830)

cargando con el dolor que le produce la imposibilidad del olvido

Jamás me puedo olvidar

(I.v.841)

Nunca me puedo olvidar

(I.v.1237)

La máxima aproximación a la certeza que podemos tener, es que Fierro está llevando a cabo su plan de huida  yo pa acabarlo todo/ a los indios me refalo (I.v.2143-44); de modo que sería lícito pensar que Fierro está en el presente en algún campo, entre la frontera y las tolderías, entre el pasado y el futuro, rumbo al olvido, es decir, a la definitiva pérdida de la identidad[1].

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Entre la memoria y el olvido: identidad en retirada

 

Tras la derrota  quedan sólo dos opciones: muerte o adaptación, y en ambos casos la derrota es doble, pues, en ambos caminos se sufre la pérdida de identidad.

Esta es la suerte que le tocó a Fierro por ser gaucho: porque el ser gaucho.. .barajo, / el ser gaucho es un delito (I.v.1323-4), y es precisamente por esta condición, que, como una categoría a priori que carga desde el nacer, será conducido por la pendiente de la degradación.

A lo largo de todo el poema Fierro rememora con su canto las vicisitudes sufridas, lo cual le permite realizar una exégesis acerca del curso que ha tomado su vida, con el objeto de dar respuesta a los interrogantes de quién  es y por qué.

En el tercer canto de la Primera parte, la Ida (1872), Fierro recuerda:

Tuve en mi pago en un tiempo

hijos, hacienda y mujer –

  (I.v.289 – 90)

Hubo en su pasado un tiempo mejor, ahora guardado en su memoria como tiempo mítico, interrumpido por su fatal destino de gaucho:

Cantando estaba una vez

en una gran diversión

y aprovechó la ocasión

como quiso el juez de paz

se presentó, y ay no más

hizo una arriada en montón

juyeron los más matreros

y lograron escapar –

yo no quise disparar

soy manso – y no había porqué –

muy tranquilo me quedé

y ansí me dejé agarrar

 (I.v.307 – 318)

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El cantor canta su primera desgracia, es decir, la modificación producida en su vida personal y en su desempeño dentro del sistema social: fue reclutado en una leva y posteriormente echado a la frontera. Aquí se puede advertir claramente la alteración en la vida de Fierro y en el rol que cumplía socialmente; dicho reclutamiento efectúa el pasaje de gaucho con trabajo y familia a gaucho justicia; reclutamiento que, por otra parte, no fue causa del azar:

A mi el juez me tomó entre ojos

en la última votación-

me le había hecho el remolón

y no me arrimé ese día-

el dijo que yo servía

a los de la esposición

 (I.v.343 – 348)

La estadía de Fierro en la frontera fue de tres años, hasta que una noche decidió desertar y emprender camino hacia el lugar donde llevaría a cabo la primera conversión de su identidad: el hogar.

Volví al acabo  de tres años

de tanto sufrir al ñudo

resertor, pobre y desnudo

a procurar suerte nueva –

y lo mesmo que el peludo

enderecé pa mi cueva

(I.v.1003 – 8)

Hasta este regreso lo que se sabe sobre el carácter del gaucho Fierro es lo que se ha dicho en el verso 316 de la Ida   soy manso (…). A partir de esta primera vuelta de Fierro se producirá su primera conversión, anunciada por él  mismo:

“No hallé ni rastros del rancho –

sólo estaba la tapera!-

por Cristo si aquello era

pa enlutar el corazón –

yo juré en esa ocasión

ser más malo que una fiera!”

(I.v.1009 – 14)

Es precisamente ahora, luego de esta declaración, el momento en que la identidad de Fierro comienza a degradarse, y no en el momento en que fue reclutado, puesto que al ser reclutado la modificación de Fierro se produce en el rol que desempeña dentro del sistema social, y, si bien dicha modificación también altera su vida en el plano personal, no llega a producir una mutación en lo que atañe a su identidad; conversión que se lleva a cabo, ciertamente, al momento de su regreso al hogar: luego de soportar los tres años en la frontera y, mediante el regreso, haber visto la desintegración de su familia, Fierro dedicará dos años a la vida de gaucho matrero, errante, en soledad, cometiendo asesinatos que agravarán su situación con la justicia. De este modo se puede ver que se torna imposible no advertir el quiebre, la ruptura de la homogeneidad y equilibrio en la identidad de Fierro. Esta situación de gaucho perseguido, que hubiera sido impensable para aquel Fierro del tiempo  mítico que tenía trabajo y mujer, se manifiesta en las desgracias contadas por su memoria susurra en su lamento la pucha que trae liciones / el tiempo con sus mudanzas (I, 131-2). Un lamento que con una mirada retrospectiva sirve para cantar su asombro ante el cambio, y que bien podría ser tomado como un canto profético anunciando las desgracias futuras y sus consecuentes conversiones identitarias, puesto que dichas desgracias también forjarán un cambio al romper la homogeneidad en el plano estructural de la identidad del personaje, dejando vedada, de este modo, la posibilidad de verificar una continuidad identitaria en Fierro antes y después de haber experimentado sus desgracias.

Por su parte, llegaría la noche en que Fierro debería enfrentarse a la partida para hacer ingresar en el canto una vida también compuesta de flujos y reflujos: Cruz.

Cruz es presentado como un vencido, con una historia de vida semejante a la de Fierro:

Antes de cair al servicio

tenía familia y hacienda-

cuando volví, ni la prenda

me la habían dejado ya-

Dios sabe en lo que vendrá

A para esta contienda

(I.v.1681-6)

Cruz ha vivido ya tres conversiones: el pasaje de gaucho con trabajo y familia a la vida de gaucho matrero:

Alcé mi poncho y mis prendas

y me largué a padecer

por culpa de una mujer

que quiso engañar a dos

al rancho le dije adios

para nunca más volver

(I.v.1087-8)

Su conversión de gaucho matrero a gaucho justicia[2]:

“ Colijo que jué por eso

que me llamó el juez un día,

y me dijo que quería

hacerme a su lao venir,

pa que dentrase a servir

de soldao de Polecia”

(I.v.2047-52)

Y su tercera conversión, de gaucho justicia a gaucho matrero durante el enfrentamiento de Fierro con la partida:

“Tal vez el corazón

lo tocó un Santo Bendito

a un gaucho que pegó el grito

y dijo: <<¡Cruz no consiente

que se cometa el delito

de matar así un valiente! >>

(I.v.1621-6)

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En este punto, el itinerario de las experiencias vividas por Cruz funcionan dentro del poema como una suerte de mise en abyme, que repite en forma semejante el mapa de vida que ha recorrido Fierro:

FIERRO: GAUCHO CON TRABAJO Y FAMILIA  à GAUCHO JUSTICIA (EN LA FRONTERA) à GAUCHO MATRERO

CRUZ: GAUCHO CON TRABAJO Y FAMILIA  à GAUCHO MATRERO à GAUCHO JUSTICIA (SARGENTO) à GAUCHO MATRERO

A partir de este momento en  que ambos viven bajo la condición de matreros y desertores, sus destinos confluyen en una misma decisión: huir a las tolderías so pretexto de no ser alcanzados por la ley:

Ya me veo que somos los dos

astilla del mesmo palo-

yo paso por gaucho malo

y usté anda del mesmo modo,

y yo pa acabarlo todo,

a los indios, me refalo

(I.v.2143-8)

y yo empujao por las mías

quiero salir de este infierno-

ya no soy pichón muy tierno

y sé manejar la lanza-

y hasta los Indios no alcanza

la facultá del Gobierno

(I.v.2184-90)

Ambos gauchos, frente a la opresión de la vida que llevan, consideran que la escapatoria es resistir desde las tolderías (ciertamente idealizadas), creyendo que allí la vida será más fácil:

Allá habrá seguridá

ya que aquí no la tenemos-

menos males pasaremos,

y no ha de haber grande alegría

el día que nos descolguemos

en alguna toldería

(I.v.2232-7)

Esta idealización de las tolderías conducirá a Fierro y a Cruz a la última derrota: Cruz es muerto por la peste, y Fierro corre peor suerte: la doble derrota; por un lado la adhesión a esa alteridad que había sido el motivo conductor de su partida:

he visto rodar la bola

no se quiere para

al fin de tanto rodar

me he decidido a venir

a ver si puedo vivir

y me dejan trabajar

(II.v.133-8)

y por otro lado, la aceptación de la culpa y, tras cambiar su nombre, el quiebre definitivo de su identidad:

aquel que su nombre muda

tiene culpas que esconder

(II.v.4797-8)

Después de la derrota sólo queda la renuncia y el retorno, el abandono de la resistencia y el enfrentamiento; volver luego de la muerte transfigurado, hecho otro. Fierro ya es otro, ha vuelto desde el infierno, las tolderías, donde ha muerto definitivamente y renacido en otro. Ha vuelto a ver si puede vivir con la nueva vida que carga, esa vida que ya no pertenece a Fierro sino al otro, al que nació tras la muerte del que peregrinó hacia los infiernos, como en una suerte de transmigración órfica.

Los infiernos han disuelto definitivamente una identidad y quebrado la otra: el derrotado muerto, Cruz, y el derrotado muerto renacido en otro, llamado Fierro antiguamente, heredero de la memoria.

El olvido

Sugerido ya por el título que lleva la segunda parte del poema de Hernández, La Vuelta de Martín Fierro, se puede observar claramente un quiebre en el proyecto de Fierro respecto de la Ida. La condición lógica, sine qua non, del regreso es la presencia de un cambio: si el exilio es provocado por circunstancias adversas que conducen a la elección de lo lejano y distinto; el regreso, inevitablemente, tiene sus cimientos, se funda, en el cambio, en la mutación de una o ambas partes. Siendo ésta condición menester del regreso, el cambio, y teniendo en cuenta que la segunda parte del poema hernandiano consiste en la vuelta de Fierro, considero que entre La Ida y La Vuelta existen divergencias que posibilitan dicho retorno: el cambio y el olvido.

En la Ida, la actividad mnémica de Fierro tiene su axis, su eje, en la crítica a las condiciones sociales que lo circundaban

¡ Quién aguanta aquel infierno!

Si eso es servir al gobierno,

A mi no me gusta el cómo

(I.v.429-31)

la cosa anda tan fruncida,

que gasta el pobre la vida

en juir de la autoridá

(I.v.256-8)

barajo! Si nos trataban

como se trata a malevos

(I.v.407-8)

la pucha que se trabaja

sin que le larguen ni un rial

(I.v.425-6)

De este modo, en los 2316 versos que conforman el canto de la Ida, el foco de atención de la memoria y la crítica es el gobierno y la realidad social en que el personaje estaba inmerso. El Yo ejecutante de esa memoria es Fierro, que se presenta a sí mismo y al Yo de su relato con rasgos altivos y desafiantes

Mas ande otro criollo pasa

Martín Fierro ha de pasar-

nada lo hace recular

ni los fantasmas lo espantan-    

(I.v.25-8)

yo soy toro en mi rodeo

y toraso en rodeo ageno

(I.v.61-2)

no me hago al lao de la huella

aunque vengan degollando

(I.v.67-8)

yo juré en esa ocasión

ser más malo que una fiera!

(I.v.1013-4)

Mientras que en la Ida Fierro ostenta un temple arrogante e insumiso, a tal punto que el cierre de la primera mitad de la obra concluye con un gesto violento del payador que logra su silencio mediante la desintegración de su instrumento,

En este punto el cantor

buscó un porrón pa consuelo,

echó un trago como un cielo,

dando fin a su argumento-

y de un golpe al istrumento

lo hizo astillas contra el suelo

(I.v.2269-74)

en la segunda mitad de la obra aparece un Fierro distinto, más reflexivo, apaciguado

Estuve un poco imprudente

(II.v.1601)

Yo ya no busco peleas,

las contiendas no me gustan

(II.v.4513-4)

El hombre debe ser prudente

pa liberarse de enojos

(II.v.4645-6)

El carácter de Fierro en el canto del regreso era impensable para aquel Fierro que no lograba convivir con la alteridad, con el gobierno que le fastidiaba. Al igual que el viraje en el temple de Fierro, se produce una modificación del objeto en que repara y enjuicia la memoria. En esta segunda parte la crítica realizada por la memoria gravita entre dos polos: el sistema gubernamental y los indios. El foco de atención de la crítica de Fierro se encuentra desplazado hacia los indios y las condiciones de vida en las tolderías, mientras que la actividad crítica de la memoria del resto de los personajes se concentra y repara en el gobierno.

Es claro que Fierro ha experimentado un cambio en él, puesto que para que se lleve a cabo el regreso es menester que se disuelvan las diferencias irreconciliables, y, dicho por el propio Fierro, el lugar de donde había partido y a donde planeaba volver a residir, permanecía inalterado

Creyendo que en tantos años

esto se hubiera compuesto;

pero cuanto saqué en limpio

fué que estábamos lo mesmo

(II.v.1565-8)

de modo que, invariablemente, el cambio se produjo en él; ahora no es más que un gaucho que regresó del exilio, derrotado, sólo conservando su amor al canto y habiendo perdido tanto/ no perdí mi amor al canto/ ni mi voz como cantor (II.v.40-2), un gaucho caído en el olvido, sin su antigua identidad, al igual que sus hijos y el hijo de su amigo Cruz: convinieron entre todos/ en mudar allí de nombre (II.v.4751-2).

A mi juicio no es extraña esta pérdida de la identidad, sobre todo si se tiene en cuenta que la obra en su totalidad es una rememoración, es decir, un canto desde una actualidad  en donde la pérdida ya se ha constituido: ningún personaje posee una identidad marcada, permanecen todos en el anonimato, a excepción del protagonista, sin nombres con los que se los podría identificar[3]. Además de Martín Fierro, el único designado con un “nombre” es el sargento Cruz, nombre que bien podría ser entendido como el signo con el que son designados los sujetos anónimos (X), una simple cruz, no el nombre propio, sino la grafía del anonimato.

De esta manera, el poema en su totalidad se funda entre la memoria y el olvido, compuesto de una atmósfera de pérdidas, de derrotas, de identidades desdibujadas, que crean las condiciones favorables para el cambio y el olvido: se despide amablemente, a diferencia de la actitud violenta de la despedida de La Ida,

<<ruempo>>, dijo,<< la guitarra>>

(I.v.2275)

y ya dejo el estrumento

con que he divertido a ustedes

(II.v.4799-800)

conviniendo en un regreso y una  adaptación me he decidido a venir/ a ver si puedo vivir/ y me dejan trabajar (II.v.113-8), en una reconciliación con el pasado y una consecuente aceptación de la culpa aquel que su nombre muda/ tiene culpas que esconder (II.v.4797-8), y forjando un olvido que también se extiende y afecta la memoria de aquella alteridad que logró derrotarlo:

que no me perseguía el gobierno

que ya naides se acordaba

(II.v.1596-7)

me aseguró el mesmo amigo

que no había ni el recuerdo

(II.v.1607-8)

Fierro ha cumplido con los dos requisitos esenciales para el regreso: el cambio y el olvido. En su nuevo canto, que no es el regreso sino la memoria del regreso, su actitud es otra; en la memoria del regreso Fierro cede la voz a otros sujetos, se dedica extensamente a criticar las tolderías, a impartir consejos para aquellos que planeen cruzar el desierto (II.v.1497-1508), y para sus hijos (II.v.4585-4780).

Se ha producido el tan ansiado olvido, Fierro se halla en el olvido dejando aquí en el olvido (II.v.177), aunque el olvido no sea sino otra forma de la memoria Sepan que olvidar lo malo/también es tener memoria (II.v.4887-8).

Corpus:

 

Hernández, José, Martín Fierro, Martín Fierro, prólogo de Beatriz Sarlo y María teresa Gramuglio, Buenos Aires, Centro Editor, 1991.

 

Bibliografía crítica:

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“La poesía gauchesca”, en Discusión, Buenos Aires, Obras Completas, Emece, 1874.

– Camarero, Antonio, El final del << Martín Fierro>> y su tema de la dignidad. En: “Anales de la Literatura Hispanoamericana”, Nº 4, Madrid, 1975.

La vuelta de Martín Fierro. Separata de  “Cuadernos del Sur” Nº 12, Departamento de Cs. Sociales, UNS, edi UNS, Bahía Blanca, 1979.

– Gramuglio, M.T. y Sarlo, B. (comp), Martín Fierro y su crítica, Buenos Aires, CEAL, 1980

“Martín Fierro”, en Historia de la literatura argentina, Buenos Aires, CEAL, 1980.

– Halperín Donghi, Tulio, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, Editores de América Latina, 2004.

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José Hernández, Buenos Aires, CEAL, 1971.

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De pronto, el campo. Literatura argentina y tradición rural, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, 1993.

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– Todorov, Tzvetan, Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidós, 2000.

– Virno, Paolo, El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico, Paidós, Bs. As. 2003.


[1] El concepto de identidad ha sido abordado a lo largo de la historia desde diversos puntos de vista, de los cuales los más frecuentes fueron el lógico y el ontológico (ver: Ferrater Mora, José, Diccionario de Filosofía, Bs As, Editorial Sudamericana,1971). Por su parte, en lo que respecta a la carga semántica, el término ha recibido con el correr del tiempo una amplia variedad de acepciones (desde Parménides hasta la actualidad), razón por la cual me veo obligado a aclarar, para evitar confusiones, que en el transcurso de mi estudio cada vez que haga mención del concepto “ identidad” lo haré desde la perspectiva ontológica, según la cual toda cosa es igual a ella misma; y, en concordancia con esto, daré uso a la palabra en su sentido filológico, es decir del latín identitas = homogeneidad, lo cual me permite concebir como un cambio identitario  todas aquellas circunstancias en que el plano estructural del sujeto narrador se vea modificado y quede vulnerada la homogeneidad, dejando vedada al mismo tiempo la posibilidad de identificar (considerar homogéneos) al sujeto antes y después de dichas circunstancias.

[2] Aquí, a diferencia de Fierro, Cruz sufre un cambio de identidad, puesto que el cambio de gaucho con familia a gaucho justicia gestado en Fierro, atañe simplemente a su rol social sin modificar su identidad, mientras que en Cruz, cuyo cambio es sustancial y radical, siendo que entre el gaucho matrero y el gaucho justicia hay diferencias irreconciliables que los constituyen como polos opuestos, y, en tanto esto, esta conversión de Cruz invariablemente afecta su cosmovisión y su forma de estar en el mundo, y que de este modo deja abolida su antigua identidad para forjarse una nueva: la de gaucho justicia.

[3] Ver. Martínez Estrada, Ezequiel, Muerte y Transfiguración del Martín Fierro, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983,Tomo 3, pág.115.