Diálogos de fin de mundo.  Carlos Iturra, escritor chileno

Un rey condenado a escribir

Por Hugo Dimter.  Fotos de María Eugenia Lagunas Periale.

"He fumado marihuana, me parece una cosa muy agradable".

“He fumado marihuana, me parece una cosa muy agradable”.

Anaranjados, turquesas, zafiros, amatistas, crisoles. Los libros de Carlos Iturra brillan como gemas en las estanterías de palacio. Un escenario neorrealista en el corazón del barrio Bellas Artes santiaguino.

El ajetreo urbano hace que las cachorritas de albo pelaje se escabullan a los brazos de Iturra, quien se apiada de ellas -ante la vehemente primavera y el smog- mientras el sol entra por la ventana del cuentista, pues él se considera un cuentista hecho y derecho.

– Perritas no hagan escándalos, van a pensar que son lesbianas- señala Carlos riendo.

En su escritorio yacen sus trabajos, sus anhelos y su vida, escritas con sangre, mucho sudor, y una que otra lágrima.

Carlos Iturra, escritor, otrora estudiante de Leyes, homosexual, 1.70, a dieta, pinochetista, legalizador del aborto, la eutanasia, y de todas las drogas (aunque no las use). Un tipo elegante, muy educado y buena persona, según quienes lo conocen desde años.

Las gemas de palacio

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Libros, librillos y más libros. Pequeños, medianos y grandes enciclopedias yacen    inertes esperando lectores, en este caso uno sólo. “Son los Crisoles. Los he juntado a través de los años. El total de Crisoles que se editó fueron como 420, yo debo tener unos 410. Y bueno, está lleno de obras clásicas… La Odisea y otros”, señala Carlos mientras los cigarros en su mano desaparecen por arte de magia al mismo tiempo que las notas de Summertime de Charlie Parker se elevan desde la salida del Metro impulsadas por un músico callejero.

– ¡Guuuuuuuuuuuuuuaaaaauuuuuu!!!- ladra Clarita, una de sus perras.

– No, mi niña, no se asuste- la tranquiliza Carlos-. Es el trípode de la cámara. ¡Que susto: un monstruo!- dice él. -Guauuuuuuuuuuuuuuuuuguauuu- vuelve a ladrar Clarita, respondiendo en su idioma perruno del que no tenemos conocimiento. ¿Sabrán leer las perritas de Carlos? De ser así ¿qué opinarán de los aforismos de su amo y de sus nueve libros de cuentos como Crimen y perdón donde se incluye el mítico relato Caída en desgracia?  

– Carlos ¿Cómo empezó con los cuentos breves? ¿Siempre escribió micro cuentos, o fue con el paso del tiempo que decantó en eso?

– Me partió interesando el aforismo. He tenido una afición inexplicable por el aforismo desde que tengo recuerdos, y además poseo muy buena memoria para los aforismos. Entonces tengo la cabeza llena de citas y de cosas así, a tal punto que en algún momento empecé a practicar yo mismo los géneros breves. Resulta que entre los aforismos hay algunos que son ensayísticos, filosóficos o poéticos, y hay algunos que son narrativos o cuentísticos. Entonces se dio el caso que de repente tuve un lote de aforismos narrativos o microcuentos, y algunos cuentos breves. En fin, entre medio también se popularizó de alguna manera el cuento breve, entonces consideré oportuno seleccionar los que tenía y publicar un libro.

Es cierto: pese a ser antiguo a fines de los 90 comenzó a popularizarse el cuento breve.

– Sí. Borges -yo he sido siempre un lector enfermizo de Borges, y ahí (indica un estante) tengo un metro y tantos de mi Borges incluyendo las obras completas- tiene muchos cuentos breves, que son inequívocamente cuentos, y otros que son, como te decía, más bien reflexivos. En  fin, más poéticos. Hay algunos que son propiamente narrativos.

¿A usted le gusta el género del cuento o le gusta más la novela?

– No, soy cuentista básicamente. La verdad es que me encanta el cuento. Ahora por ejemplo acabo de terminar, entre ayer y hoy, mi último cuento, y te puedo decir que nada me hace más feliz que eso. Mientras lo estoy escribiendo, cuando lo termino, mientras lo planifico, cuando ya tengo agarrado una cierta materia y sé que la voy a convertir en cuento. Es todo un proceso en el que soy extremadamente feliz.

 – Algunos lo califican como el mejor escritor de cuentos breves en Chile, ¿le gusta esa calificación o le da lo mismo?

– Es bonita, pero yo diría que no es necesario decir “breves”.

¿Qué otros cuentistas chilenos le parecen respetables literariamente? ¿Quienes le gustan?

– Gonzalo Contreras, Jaime Collyer,  Mariana Callejas, de los que están vivos. ¿En general? Bueno, está el maravilloso Baldomero Lillo, desde luego. Diría que es la cumbre de los cuentos chilenos, tiene cuentos maravillosos. Desde luego Francisco Coloane. La María Luisa Bombal tiene uno o dos cuentos únicos que da lo mismo que haya sido uno, por ejemplo El árbol.  En El árbol hay una familia entera de cuentos, por así decirlo. Ella es otra de las grandes cuentistas chilenas.

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¿Manuel Rojas le gusta?

– Manuel Rojas tiene preciosos cuentos. La autora de “María Nadie“. Marta Brunet pues. Marta Brunet tiene cuentos espléndidos. Cuentos muy potentes, muy masculinos.

– Es muy difícil escribir un cuento corto, no es tan sencillo por el final. Por la entrega narrativa. En general ya es difícil. Un cuento breve es mucho más complejo considero. ¿O no es tan así? Un cuento tiene que ser como un knock out. Tal vez en la novela hay más tiempo y más espacio.

– En la novela el autor se puede tomar más libertades; en el cuento tiene que saber contenerse y tiene que saber ir al grano, de lo contrario no funciona el cuento. Uno termina adquiriendo cierto oficio que le facilita las cosas, digamos; pero con tal de que halle una idea.

 – Ahora ¿usted  empezó en el taller de Enrique Lafourcade? ¿Ese fue el primer taller?

– El primero fue un taller con Isabel Edwards, una escritora que hizo clases en la Universidad Técnica en esos tiempos. Luego vinieron los talleres de Lafourcade y los talleres de José Donoso. Después me declaré licenciado y me di por egresado de los talleres.

¿Qué importancia le da a los talleres? ¿Considera que son un buen elemento?

-Yo creo que son de las pocas cosas que sirven para alguien que quiere escribir, aparte de leer. Porque desde luego no hay una carrera de Bellas Letras; como sí hay una academia de Bellas Artes. El periodismo no tiene nada que ver con la literatura. La carrera de profesor de castellano tampoco tiene que ver con la creación literaria. Lo único que sirve en diversos sentidos es un taller literario, idealmente con un buen maestro. Porque digamos que quien tenía talento iba a darse cuenta de todas maneras, tarde o temprano, de lo que aprendió en el taller. Pero ahorra mucho camino. En el taller se hacen dos cosas básicamente que es: recibir las criticas de los demás, en lo cual es el 50% de la utilidad. Lo otro es hacerle uno las criticas a los otros, que es como quien dice afinar el ojo en detectar las fallas. Entonces eso es muy útil. Ahora si se da el caso de que el maestro es, como los tuve yo, un Enrique Lafourcade o José Donoso, bueno. Ellos tienen una experiencia y un saber adquirido que es invaluable.  

– Carlos ¿cómo ve el panorama literario actual? ¿Le interesa la escena literaria chilensis?

– Mira, tú estás viendo aquí un montón de libros. Hay tanto que leer. Tengo que decirlo -y espero que no suene feo-, pero prácticamente no leo a mis contemporáneos. Suelo decepcionarme cuando lo hago. A las pocas páginas ya sé de qué se trata, puedo ignorar todavía la trama pero con dos páginas ya ha visto suficiente de la prosa y uno sabe si le interesa seguir o no.

¿Pero alguno le gustará?

– Si, por supuesto. Aparte de los que te nombré te puedo agregar a Alejandro Zambra. Me parece que hace cosas muy buenas.

¿Encuentra que Alejandro Zambra va a ser el gran escritor chileno a futuro?

– Uhhhhh, eso es tan difícil. Él tiene mucho talento, ojalá que lo cultive, pero -y cuando uno ya tiene sus años-  he visto desinflarse tantos globos que más vale irse con cuidado en las profecías (ríe).

Iturra forma parte de la nueva narrativa gay de Chile junto a Pablo Simonetti, Juan Pablo Sutherland y su más enconado enemigo: Pedro Lemebel. A distancia los siguen Óscar Contardo y varios autores jóvenes.

“En estos momentos he vuelto a la lectura de Schopenhauer… soy un gran lector de Schopenhauer y disfruto no sabes cómo. Me rio de felicidad leyendo a Schopenhauer, cada vez que él presenta algunas de sus ideas asombrosas tremendamente reconfortantes a pesar de ser un pesimista, o bien ofrece algunas de sus metáforas que son absolutamente persuasivas. Si uno se acostumbra a esas lecturas después lee a sus contemporáneos por excepción no más”.  

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No sé, mira esa distinción que se hace entre las drogas blandas y duras. No sé hasta que punto tienen asidero. Supongo que todas las drogas deberían legalizarse. Creo que si una persona se puede suicidar y nadie se lo puede impedir, entonces es absurdo tratar de salvarla de las drogas si tiene acceso a la muerte. Por lo demás si las drogas se legalizaran habría un chorro de oro que -en vez de estar perdiéndose en una guerra inútil- se podría dedicar a la prevención y la gente podría adquirir de la forma que se estableciera droga segura y pagar por eso un impuesto que a su vez sería utilizable.  Veo puras ventajas por donde se lo mire, como dijo Milton Friedman”.

– Pero si le nombran la figura de Roberto Bolaños que tiene cuentos bastantes interesantes…

– Sí, he leído buenos cuentos de Bolaño, aunque he intentado de dimensionarlo entre los cuentistas. Lamentablemente como novelista me parece indigesto. Pero sí, le he leído cuentos que revelan un artista.

– Me imagino de que la trascendencia de José Donoso debe ser fuerte en usted. ¿Es  la herencia  más fuerte que tiene? ¿Literariamente más que Lafourcade?

– Aprendí cosas muy distintas con cada uno. En los talleres de Lafourcade veía la literatura como juego. Más bien cerca de lo surrealista, la literatura como delirio, como locura, como fusión casi de la naturaleza. Con él vi esa parte de la literatura, pero sobre todo en su taller obtuve una cosa bastante importante: que fue la convicción de que iba a ser escritor, por así decirlo. Es decir, empecé a ir a los talleres de Lafourcade a los 18 19 años. Una cosa: venía un pretaller de la Universidad Técnica, estaba tanteando. Pero con Lafourcade un maestro de las letras chilenas, y en ese momento una de las eminencias influyentes, además. Entonces un taller con Lafourcade en el cual Lafourcade te tomaba en serio, y te contestaba, te hacia críticas y te celebraba lo bueno y casi se podía decir que hablaba de igual a igual con Lafourcade. Bueno, yo salí de los talleres de Lafourcade convencido de que era un escritor. Eso, sin duda alguna, fue como legado de ese taller por así decirlo. Lo he conversado con compañeros de ese taller y a ellos les pasó una cosa similar Luego, en cambio, aprendí en los talleres de José Donoso que era como un taller de segundo grado -no por eso más importante ni menos, pero sí de segundo grado- en el sentido de que para Donoso era muy importante la técnica por así decirlo. Él la llamaba la técnica, la técnica de la literatura. La ingeniería en torno a cómo se entrega la información en un relato. O el manejo del dialogo, o el uso del diálogo para entregar la información, en fin una cantidad de materia reflexiva. Un constructor que previamente cranea muy bien donde va a ir esta pieza, donde va a ir la otra, a fin de que desde este ángulo parezca que tiene tres piezas cuando en realidad van a ser dos no más. Todo ese tipo de cosas que constituyen, casi se podría decir, la ciencia. No quiero llamarla con ninguna palabra petulante, pero alguna tiene que tener, no sé si es la técnica o es el arte, o la ingeniería, pero por ahí va.

Nunca mirar atrás

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¿Ya había salido del Colegio supongo cuando estaba en esos talleres?

– Sí,  estaba en la Universidad.  

¿En la Universidad? ¿Y ahí conoce a Mariana Callejas?

– En los talleres de Lafourcade.

¿Ella era la figura de esos talleres?

– Una figura destacada.

¿Sí?

– Una de las figuras…

– Literariamente como la encuentra… yo he leído unas memorias: Siembra vientos…

-… ¿Qué le pareció a usted?- me pregunta Iturra cambiando roles.

Me gustó muchísimo- le contesto y sigo: Después compré Nuevos Cuentos que son puros relatos cortos, cuentos cortos…

– Ahhh, ella es magnífica en eso. ¿Te lo leíste o no?

– No, no me gustó tanto.

-¿No?

 – Me gustó más Siembra Vientos…- respondo.

– No te puedo creer…

– Sí, debe ser por una cosa periodística porque me pareció… Su historia me cautivó. Me gustó cómo narraba. Literariamente me pareció un libro interesante; no tan así los cuentos, algunos de los cuentos me aburrieron.

– Pensamos exactamente al revés. Al revés: yo Siembra Vientos con decirte que ni lo terminé. No, porque me pareció tan evidente que el arte de ella son los cuentos que dije: “Bueno, esto tiene que escribirlo porque tiene que escribirlo, pero no es no es su arte. Este es un deber que cumple” (ríe).

– Ahora, otra cosa que quería preguntarle acerca de la crítica literaria en Chile actualmente, ¿qué le parece la crítica literaria? Hay un debate de que la crítica es mala, de que se ha perdido mucho,  de ya no salen críticos buenos, ¿qué opinión tiene usted respecto a eso?

– Bueno, es indiscutible de que si comparamos la situación actual de la crítica con la de los años 50, de los años 60 por ejemplo, donde cada diario tenía un repertorio de 5 ó 6 críticos, muchos de ellos cumbres de la literatura, partiendo por Alone  y vemos la situación actual donde tenemos a Camilo Marks, a Manuel José Vial, espero que no se me escape alguno, pero no hay mucho más. Tenemos  apenas eso. Desde luego que es un panorama tristísimo. Sin embargo en la critica académica hay cosas muy buenas, fíjate.

– Tuvo usted una pelea bien ácida con Patricia Espinosa.

– ¿Quién es  Patricia Espinosa?

– Una crítica literaria…

– Ahhhh, no. Ella me trató muy bien.

¿Sí?

– Sí, me trató muy bien dentro de lo que se puede esperar de ella.

– … Que se puede esperar bien poco, dice usted.

– No la conozco lo suficiente. Entiendo que es una crítica muy ácida y que no encuentra nada bueno. Sobre esa base creo que una vez trató un libro mío muy mal, con argumentos que no eran literarios, pero creo tener el recuerdo de que no sé si mi penúltimo o antepenúltimo libro fue reconocido por ella. No sabría estar seguro. En todo caso creo que ella hace una crítica extremadamente tendenciosa y no la pondría entre los buenos críticos por ese motivo.

Libertad y drogas. Igualdad y género. Fraternidad y pasado político.

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– Usted tiene un vínculo con la Fundación Iguales, hace poco se incorporó a la Fundación Iguales en el tema de religión.

– Sí, Iguales; hay una que son Ideas por Chile, o algo así, que son unos conservadores. Iguales, Fundación Iguales. Me llegó una invitación de Pablo Simonetti  y acepté encantado. Si no me hubieran invitado habría buscado incorporarme de alguna manera, o me habría ofrecido para colaborar en lo que fuera como  buen liberal que soy. En la agenda moral soy una persona,  digamos que más concretamente todavía, tolerante. Porque eso es lo mínimo que se puede ser, es una obligación, es un imperativo categórico: Moralmente ser tolerante hoy en día. Pero te diría que soy partidario de no sólo el matrimonio homosexual, sino que desde luego del  aborto, de la eutanasia, me parece un derecho humano básico, y de la legalización de las drogas.

– … ¿Cómo cuáles? ¿De la marihuana en primer lugar?

– Desde luego de la marihuana que está probadamente que es más inofensiva que este cigarrillo que me estoy fumando.

¿Cuáles más?

– No sé, mira esa distinción que se hace entre las drogas blandas y duras. No sé hasta que punto tienen asidero. Supongo que todas las drogas deberían legalizarse. Creo que si una persona se puede suicidar y nadie se lo puede impedir, entonces es absurdo tratar de salvarla de las drogas si tiene acceso a la muerte. Por lo demás si las drogas se legalizaran habría un chorro de oro que (en vez de estar perdiéndose en una guerra inútil) se podría dedicar a la prevención y la gente podría adquirir de la forma que se estableciera droga segura y pagar por eso un impuesto que a su vez sería utilizable.  Veo puras ventajas por donde se lo mire, como dijo Milton Friedman.  

¿Usted fuma marihuana?

– He fumado marihuana, me parece una cosa muy agradable.

¿Relajante?

– Sí.  

– Pasemos a otro tema. ¿El caso Daniel Zamudio le impactó, le  afectó mucho?

– Sí, cuando supe que había muerto me saltaron las lágrimas o estuvieron por saltárseme  las lágrimas- señala Iturra compungido. Pareciera que algo -como una enorme roca- le fuera a caer del techo y se mueve constantemente desde un sillón a otro como un rey que recorre sus territorios. Se sienta frente a su escritorio y una vez quieto le lanzó la pregunta:

– Ahora una cosa que quería saber, leí que es o era simpatizante de Pinochet ¿es cierto eso? Se lo pregunto directamente: ¿Qué es lo que sería ser simpatizante de Pinochet?

– No sé, alabar la obra de Pinochet o los años de gobierno Militar. Mira, yo pienso que Chile el año 73 estaba al borde de una dictadura comunista y creo que dimos un paso adelante. Como dijo, creo, el propio Pinochet: “Estamos al borde del abismo y hemos dado un paso adelante” (ríe). Bueno, hay que ser respetuoso con una figura histórica como es la de Pinochet que después de todo dejó un país libre y  próspero  y sentó las bases de un sistema liberal, que es lo que yo apruebo. Yo no creo en las dictaduras. Creo que las dictaduras son como las operaciones, es decir, ojalá que nadie tenga que operarse y le tengan que sacar la vesícula, ahora si se hace la operación es de esperar que cierre la herida y que el paciente vuelva a caminar cuanto antes y no que lleve cincuenta y tantos años como en Cuba o esperar que se caiga muerto como en Rusia después de 70 años. Entonces desde ese  punto de vista creo que Pinochet tuvo que efectuar una cirugía en país que estaba con un tumor canceroso grave. Desde mi punto de vista salvó al país. Me parecería inconcebible que alguien estuviera o fuera partidario de una dictadura perpetua. Sin embargo creo que hay gente que es partidario de eso.

¿Pero cree que se cometieron excesos brutales?

– Sí, creo que cometieron excesos en el tema de los derechos humanos.

– Ahora otro punto que me parece interesante es el de Mariana Callejas. ¿Le molesta que le pregunten tanto de Mariana Callejas y el taller de Lo Curro?

– Sí. Mire, sabe lo que pasó: La entrevista antepenúltima  a esta que me  hicieron fue del diario La Tercera, a propósito del libro mío que estaba por lanzarse. Salió tangencialmente, yo creí, el tema de Mariana Callejas, y resulta que fue el que ocupó el titular.  

– A lo mejor dijo algo que no se haya dicho.

– No, nada que no haya dicho. Sin embargo  salió y entonces  resulta que yo no valgo por mí mismo, valgo en la medida en que le hablo de Mariana Callejas. Después vino otra entrevista hace un par de semanas de un programa radial y habiéndome yo comprometido a mí mismo no volver a tocar el tema, y de repente me doy cuenta de que a propósito de los talleres, bueno estábamos hablando de Mariana Callejas una vez más. Así, no más preguntas de Mariana Callejas. Te he dicho -pero sobradamente- más de lo que había decidido volver hablar el resto de mi vida. Ahora, te dije más de lo voy a hablar sobre mi buena amiga Mariana Callejas y capaz que tú titules “…Mi buena amiga Mariana Callejas”.

– Periodísticamente el tema de Mariana Callejas es relevante… Metafísicamente también: es sobre el bien y el mal.

– Importa más que yo. Importa más que mi libro.

– No. Es un tema atractivo, no es que importe más que su obra. Es un tema que al periodista siempre le va a estar dando vueltas.

– Sí, es como si yo hubiera conocido a Borges y nunca más pudiera hacerme valer por mí mismo, sino que siempre preguntándome y qué dijo Borges  en tal ocasión, y que pasó con Borges en tal ocasión. Es catastrófico lo hallo, bueno así que como te digo que no vuelvo a hablar del tema y te agradecería incluso que tu en la entrevista omitas lo mas que puedas de esto o sea porque en primer lugar vas a estar haciendo lo que hacen todos te aconsejo que no hagas lo que hacen todos o sea el primer periodista que venga y  entreviste a Carlos Iturra le vamos a dar el Pulitzer, no por mí sino por la entrevista que logre.

 – Bien, Carlos, en vista del fin de los tiempos y la destrucción del mundo que nunca llega, pero debiera llegar. ¿Usted se arrepiente de algo?

-Me arrepiento de infinidad de cosas, como todo el mundo, y puedo reconocerlo: de haber sido desconsiderado una vez con mi madre, de haber sido mal amigo de mis mascotas cuando niño, de no haber hablado más con mi padre, de no haberme recibido de abogado, de no haber dejado morir tranquilamente a mis queridos hurones y haber tratado de retenerlos con vida a su pesar… Aparte de eso, siento que he llegado a adquirir o a encontrar mi propia voz literaria, lo cual es tremendamente satisfactorio para una persona que no le ve a su vida otro sentido que escribir. Puedo pensar que esto, que siento hoy, es el resultado de toda mi existencia previa, y en ese caso, si todo ha sido necesario para que yo llegara a escribir como siento que lo hago, entonces no me arrepiento de nada más.

– Esta era la última pregunta. Hemos terminado. De hecho voy a apagar la maquinita y podremos conversar sin que nadie nos escuche, ni yo que escriba de ello. Eso es todo. Muchas gracias por su hospitalidad.

Premios de Carlos Iturra Premio del concurso de la revista Paula 1983 con el cuento El Apocalipsis según Santiago. Premio Municipal de Santiago 2005 por Pretérito presente. Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura 2005 por Pretérito presente. Premio Municipal de Santiago 2009 por Crimen y perdón.

Otros cuentos, Pehuén, 1987. Por arte de magia, novela, Caos Ediciones, Santiago, 1995. ¿La convicción o la duda?, aforismos, Nuevo extremo, 1998. Paisaje masculino, 13 cuentos de temática gay, Sudamericana, Santiago, 1998. Pretérito presente, 16 cuentos, Catalonia, Santiago, 2004. Para leer antes de tocar fondo, «cuentos brevísimos», Catalonia, Santiago, 2007. Crimen y perdón, 22 cuentos, Catalonia, Santiago, 2008. La paranoia de dios, 84 cuentos cortos, Catalonia, Santiago, 2011. El discípulo amado y otros paisajes masculinos, 21 cuentos de temática gay, Catalonia, Santiago, 2012.

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