Carlos de Rokha

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En una especulación inteligente, laboriosa y parcial sobre la poesía, Sartre llega a decir: “El poeta está seguro del fracaso total de la empresa humana y se dispone a fracasar en su vida a fin de testimoniar, con su aporte particular, la derrota humana en general”.
No creo que nadie se disponga a rendir un testimonio semejante a través de un acto de libre elección; porque el proceso ocurre, en realidad, oscuramente, sin claridad filosófica alguna ni participación franca de la voluntad. Pero he citado esta fría generalización porque tiene, para mí, la propiedad de evocar estremecedores casos concretos a un tiempo heterogéneos y emparentados, ofreciéndoles a todos ellos una suerte de genuina justificación reparadora del sentido de su vida y obra.
Estoy pensando, francamente, en los poetas malditos; pero en su vasta unidad familiar ligada a todas las etapas de la poesía moderna.
Carlos de Rokha fue un miembro de esa familia; por más que se empeñara —aún con éxito— en adaptar su poesía a una función real, social, práctica, moral.
Su imaginación incontrolable desbarataba, reiteradamente, todo otro proyecto literario que no fuera el de apostar lo inteligible, lo comunicable, la razón misma, en el juego de las palabras. Mundos de maravilla, a veces no menos efímeros, pero tan deslumbrantes como los que llueven en una noche de pirotecnia; otras veces compactos, naturales como esos guijarros bruñidos por el mar que se coleccionan en el verano. Moneda menuda de la apuesta. La ambición de Carlos fue acaso la de acuñar una amplia fórmula mágica, un exorcismo que le permitiera ahuyentar el fantasma de lo real.
Poesía de la fuga, pero que en sus momentos culminantes, de extrema tensión y condensación lingüísticas, al cristalizar en la irrealidad de una fantasía compensatoria, dejara, en el corazón mismo de ella, una impronta sangrienta. La huella del fugitivo. Su aliento entrecortado. El resuello de la carrera.
El virtuosismo desesperado o la complacencia romántica en lo vago, nebuloso y fantástico se redimen en tales momentos en que, como diría Reverdy, es posible asistir al genuino “encuentro del poeta con su destino”. Un hilo rojo —este encuentro— que integra las distintas partes de una copiosa producción en una unidad laberíntica. “Todo esto no me aleja, sino que me arrastra hacia lo real”. (Himno en que un prófugo ensaya un extraño exorcismo).
El exorcismo resuena gravemente en Las Revelaciones del Furor y, en general, adopta todos los tonos. Hasta el más ligero, el de los últimos poemas casi pueriles, amargos y deslumbrantes, condensado, por ejemplo, en una obra como Pavana del Gallo y del Arlequín, y representado en la selección para los Anales de la Universidad de Chile, en un poema como Interior, lleno de encantamientos domésticos donde la fuga adopta un aire como de extenuación o “éxtasis” consumado: “Mientras se va la tarde en los arroyos —y vuelven las visiones de la infancia”.
En ciertas composiciones claves, el poeta y su poesía se iluminan mutuamente, dolorosamente identificados. En ellas, por la fuerza propia de toda auténtica realización, la experiencia y la expresión se adecúan, cancelado el juego imaginista; y aún en sus momentos menos rigurosos, está poesía se aparta, siempre próxima a sus iluminaciones, del juvenilismo un poco femenino de la poesía fantástica. Diferencia que va de la imaginación creadora a la fantasía repetitiva; de la fuga al escapismo; de la creación a la invención.. .
La poesía de Carlos de Rokha es de las que saldrían gananciosas si se historiara, verdaderamente, el total de nuestra literatura. Con caracteres propios e inconfundibles la obrá de De Rokha registró todas las inquietudes expresivo formales que han coadyuvado al desarrollo de una pequeña, pero brillante tradición literaria.

De Profundis

Desde este amargo té me vuelvo hacia el demonio
apenas entrevisto por el insomne huésped
que soy cuando de noche entro en mi ser visible
cansado de mi viaje y de la larga
locura que hace tiempo absorbe mis dos sienes.
Me vuelvo a la ceniza y al vaso de mi sangre
con las venas ardiendo y el rostro amortajado,
más la espalda llagada, doliéndome el costado,
dando perdón al denodado
enemigo que soy de mí mismo y de mi alma.
Solitario por dentro, fatigado,
sin esperanzas como
un Cristo de abismal perspectiva
sobre el madero de mi columna vertebral crucificado
por los días que vivo buscando una respuesta
a la angustia que asalta mis ojos cuando duermo.
Oh deudo, oh desolado
centinela del tiempo, vigía sumergido
en la sangre, en el vino y la tierra: ese soy,
esa es mi sed, esa mi hambre, esa mi soledad, esa mi angustia,
y en mí mismo me acabo
por dentro como un viento que hacia el cielo se impulsa.
Desterrado por siempre, solemne, vertical, desterrado
como un águila ebria sobre una isla en llamas,
ya sin ansias de todo lo vivido
me vuelvo a la vigilia de mi cáliz,
y nada, nada espero de los días que vienen,
sino una azul espada que me destroce el alma.

29-xii-61

· Carlos de Rokha nació en Valparaíso, en 1920. Es hijo de los poetas Pablo de Rokha y Winett de Rokha. Sus obras publicadas son “Cántico poético al primer mundo” y “El orden visible”. Obtuvo dos veces el premio de poesía “Gabriela Mistral”. Se suicidó en 1962.