Consideraciones sobre la Nota Autobiográfica.

Eduardo del Estal por Eduardo del Estal

El problema consiste en poder definir una propiedad estable a partir de una función efímera.
Una nota autobiográfica es una caja negra.
Se registran las Entradas y las Salidas, el proceso que las conecta permanece desconocido.

Por su enorme sensibilidad a las condiciones iniciales, el género autobiográfico constituye una situación catastrófica de la escritura.

Una “matriz de dispersión” del texto literario resultante de la interacción disgregante de elementos particularmente inestables como yo, tiempo, memoria….

Aquí se ejecuta el doble salto mortal por el que la primera persona del verbo Ser deviene la tercera persona del verbo Estar.

La autobiografía es un modo de decir que tiene por objeto reflejar un proceso sin sujeto.

El texto autobiográfico es fatalmente recursivo.

(lo escrito, es ese círculo en que al entrar se entra siempre en su afuera.)

El sujeto de la escritura es a la vez sujeto de la lectura.

Me escribo a mí mismo como Otro, y me leo, reflejado en ese espejo, paralizado por el miedo de Otro que tiene Uno.

El personaje de la enunciación interrogativa ¿Quién es yo? queda fijado al ser respondido por una tercera persona: Un yo es un él.

(La figura de una función que tiende a un límite: la interiorización de la alteridad que, puesta en relación con el ego, determina un yo.)

Se escribe para no morir, el texto tiene el poder de retenerse en la contracción del tiempo que es el espacio.

El presente solo aparece cuando la escritura está terminada.

La línea se contrae en punto (final) y este punto deviene vértice.

Y el vértice es un límite.

Un límite cuya naturaleza se comprende por una analogía con la aguja donde, en su punta, el punto de extrema agudeza debe carecer necesariamente de toda materia.

 La subjetividad solo puede ser conciencia en tanto es capaz de retener la fluidez del devenir, en tanto es capaz de recordar. Por lo tanto, la memoria precede al sujeto y es su posibilidad.

De la memoria proviene la conciencia, y la memoria no es la facultad de un yo, el sujeto, el yo, es un producto secundario de una memoria.

La Idea misma de “yo”, que localiza la conciencia en una “interioridad”, implica un desconocimiento de la dimensión espacial del cuerpo.

Topológicamente el cuerpo es un anillo. Una entidad abierta, perforada, por el túnel boca-ano.

Aunque se haya pretendido obturar ese agujero con las invenciones abstractas de Alma o Espíritu, la oquedad interior del cuerpo pertenece al espacio de su afuera.

Una relación de semejanza

respecto a un tercero

permite decir esto de otro

(donde el olvido insiste).

Frente al espejo

se hace un nudo sin saber como ni qué se ata

cuando tirando de esta punta

se desata    por reducción al absurdo

como el cartel que dice:

 “Usted está aquí “

y no se está ahí sino enfrente

donde se ubica el ojo

que quiere estar en el lugar de lo que mira.


El Yo es el nombre propio de la Memoria.

La memoria no puede dar prueba del olvido, es un nudo que nada ata sino la continuidad misma del hilo.

El nudo memoria -olvido es un proceso productivo cuyo resultado es la condensación de una subjetividad capaz de situarse en el presente y perseverar en el pasado, un mecanismo de conservación..

Por lo tanto, “memoria” es el nombre de la relación de un sujeto consigo mismo, la afección de sí por sí mismo.

 

Recordar es un trabajo forzado, indiferente al material, que  a medida que produce reproduce, según una aceleración uniforme, el desplazamiento continuo de lo que estaba en la respuesta al lugar de la pregunta.
Un cortocircuito donde el punto final vuelve a conectarse con el punto inicial

y lo origina.
Esta iteración solo es enunciable por una torsión verbal:

Estoy  allí cuando estuve aquí

donde alguien se reconoce por la alucinación de recordarse

como nadie

superpuesto a ninguno

que llamado por otro nombre

no responde.
Nací en Buenos Aires en 1954.

La nota autobiográfica implica una prioridad retrospectiva; pero lo primero no es el comienzo que ya está empezado o viene después.

El lenguaje que lo expresa, solo puede enunciar el principio cuando ya ha empezado a hablar y, al hablar, el principio retrocede.
Por lo tanto, el comienzo es aquello que está por volver al final.

Tuve/tengo una infancia suburbana y feliz en Castelar.

Perros que me evitaron toda interrogación sobre la genitalidad y la muerte.

Durante todo un verano cavamos, con mis primos, un pozo para llegar a China.

El túnel no nos condujo a China pero, la desmesura absurda de la empresa me reveló, oscuramente, que China era una Idea y, el acto de cavar, fue mi primera experiencia física del Pensamiento.
A los doce años ya estaba poseído por la certeza de ser filósofo.

No abandoné la infancia. Se fue otro. Otro en el que, sin semejanza, me reconocía.

Un adolescente pedante y solitario (nunca quise pertenecer a nada) que despreciaba a sus compañeros del colegio y era amigo de otros solitarios.

Un monstruo ridículo que amaba las Matemáticas y la Física, escuchaba a Bach, Coltrane y Xenakis y apretaba en su axila el Tractatus de Wittgenstein que algún día iba a leer.

Mi adolescencia fue una guerra feroz entre mi mente y mi cuerpo hasta mi encuentro con el Amor, bajo forma de Mujer, a los quince años.

(El encuentro infrecuente con un Amor que se impone como Destino.)
A los 17 años ya soy un padre precoz.

Es imposible hacer ver por la boca esta oreja en este ojo

diciendo:

“Este es mi cuerpo” sin afirmar “Este soy yo”.

No vivo aquí,

donde la voz percute

la tensión de membrana

de un líquido ideal

sobre el que puede caminar

lo que no pesa.

En la década del 70 estudié Filosofía en la UBA, un lugar que frecuentaba la Muerte.
Tres veces en la vida me pusieron una pistola en la cabeza.

Soy un sobreviviente.

Me reconozco en una fotografía en la que todavía no he nacido

No es ésta mi cara, que tiene la boca y el ojo de otro.

Vivo en la vida de aquel que ha muerto.

No soy pero parezco porque estoy,  como está escrita una serie infinita

en los puntos suspensivos.
Aún me duele haber encontrado la pared donde alguien había escrito:

VOS NO DESAPARECISTE, POR ALGO SERÁ.

 

Cuando cumplí veinte años, mi Mujer, me regaló una caja de óleos y una tela.

Desde ese día soy pintor.

(Esto no está escrito, está dibujado. )

Digo esto de mi sin saber quién habla en la escritura.

El texto autobiográfico tiene un sujeto pero carece de persona.

Un sujeto que es objeto de los elementos de la figura inicial que no están presentes en la figura final.
Como el cazador que no puede evitar cerrar los ojos cuando dispara,
no puedo verme sin hablarme que es un modo X de oírme la cara cuando digo:
Aunque después de años te encuentres
regresado a donde ibas,

en el Sur, en la misma ciudad,

y duermas en la cama de tu infancia,

no pienses que estás aquí y aquí has vuelto.
No sueñes.
No despejes las x,
no enciendas la luz,

no juegues esa carta

con la que perderás para siempre

la amnesia que era el país que más amabas.

La identidad se imita, se repite y permanece idéntica como una paloma en un polígono de tiro.

En cualquier momento, aquí, en todo lugar, subsiste la identidad que se origina en algún momento de su repetición, que empieza después y adentro de algo que hace mucho tiempo está empezado como el yo en la cara.
La autobiografía que implica el tránsito de un Yo a un Él es, inevitablemente, la trayectoria de una ficción:

Nací en 1954. Soy filósofo, pintor y poeta. (En ese orden)

EL TIEMPO POR EL AHORA NO PASA.