Me reconozco en una fotografía de mi abuelo en la que aún no he nacido.

(Antes de nacer también estuve muerto).

Si consideramos cierto que una fotografía nos muestra eternamente lo que ha sido y ya no es, también nos oculta eternamente lo que pudo ser y nunca fue.

 

La historia de la cultura es la historia de la lucha contra el olvido, la creación sucesivos de tecnologías del recuerdo: escritura, símbolos , fotografías…

La fotografía conlleva una compleja relación entre las imágenes y la memoria.

Desde sus comienzos, la fotografía opera un proceso de apropiación de la “realidad”, inaugura la posibilidad de ser “dueño de los recuerdos”.

Los recuerdos dejan de estar almacenados en una memoria subjetiva privada y se vuelven objetivos, cosas materiales que pueden tocarse con la mano y ser vistos por otros.

La imagen fotográfica genera la ilusión de apropiarse del tiempo, de creer que algo puede seguir siendo aun después de haber sido. La cámara se presenta como una herramienta para detener el Tiempo convirtiendo el pasado en un presente continuo.

Sin embargo, el mecanismo fotográfico posee una naturaleza oscura y diabólica :

concede la inmortalidad de los recuerdos a cambio de la mortalidad de quien recuerda.

El instante capturado en la foto no se aleja hacia el pasado sino el observador es quien desaparece ante la fijeza de la foto.

Sólo cuando la fotografía se niega a funcionar como recuerdo presentándose como “imagen artística” autónoma, que no documenta la “realidad”, rompe su relación con la memoria y manifiesta la presencia de una subjetividad individual que sobrevive en la huella de la imagen.

(Tal vez la fotografía alcanza la condición de Arte cuando logra sostenerse por sí misma  como una imagen que no que no documenta lo real ni funciona como recuerdo).

 

Si consideramos cierto que una fotografía nos muestra eternamente lo que ha sido y ya no es, también nos oculta eternamente lo que pudo ser y nunca fue.