Alguien tiene que pagar…
No future, no past, no present

Por Zucchero.
Fotógrafo: Sebastián Cristóbal Henríquez

En la flora literaria del sur de Chile hay una nueva especie: Reus indomitus. De naturaleza criolla, siempre ha existido y qué va: la hierba no crece siempre derecha. Es la narrativa -o el intento- de un grupo de jóvenes. Todos tienen menos de 18 y están en un régimen cerrado en el Sename de Valdivia por diversos delitos. Son jóvenes que han quebrantado la ley y ahora están tratando de encontrar una salida en la literatura. Una enredadera que busca la salida del pozo, o de la vega. En el río Calle Calle, en Valdivia. Al sur de Chile. Al fin del mundo.
La mayoría ha progresado teniendo a las letras como un conocido con quien dialogar, como alguien cercano. Finalmente, como un amigo en quien desahogarse. ¿Quiénes son? Pues los “innombrables”. Aquellos que no aparecen en ninguna parte como si no fueran humanos, como si fueran espectros andantes en los pasillos, en el patio, detrás de los barrotes. Curiosamente “los innombrables” tienen un taller que no tiene nombre. Lo primero que tienen que decidir es cómo llamarse. Un taller literario debe tener un nombre… Ojalá nada típico como “Entre rejas” o “Prisiones”. Tal vez si fueran más osados -algunos sí que lo son- deberían buscar una asociación con el Conde de Montecristo, o con Jean Genet, o con Chester Himes, o bien con la chilena María Luisa Bombal que también estuvo presa, o “recluida” por un breve tiempo pues ella era de familia adinerada y bastante loca.
Las referencias son muchas y variadas. Es increíble advertir que entre los barrotes puede crecer una flor que busca la luz para desarrollarse. ¡Que escala! Que se eleva entre las tinieblas con decisión y arrojo. Los muchachos son valientes. Y si fueran mas valientes leerían a Alfredo Gómez Morel con su novela ” El río”. Para qué hablar de otros insignes figuras como Cervantes, un ilustre reo, y William  Burroughs, tal vez el más grande.
Pero déjenme hablarles de Edmont Dantès. Dantés es el Conde de Montecristo. La historia de este hombre, injustamente encarcelado, quien logra huir para establecer su venganza luego de haber encontrado el tesoro que le confidenció el abate Faria
-su mentor en la cárcel- debiera ser muy cercana a los jóvenes del taller. La cárcel es un motivo de superación. Hay que escapar, no volver nunca más. El taller literario cumpliría la labor del abate Faria. Tiene que brindar la enseñanza para batallar afuera. Para establecer una nueva vida independiente y con gente que uno ama. No es fácil pero nada es fácil en la vida, que lo diga El Conde de Montecristo, nadie mejor que èl para hablar de encierro y posterior libertad.
Pues bien, estos jóvenes comienzan a emular a todos los anteriores.

El Taller o la letra con sangre entra

Al final de la sala está un santo vestido con harapos y el diablo -a la moda- con zapatillas Adidas y ropa Armani. Los dos son escritores, aunque no han publicado nada.¿Por cuál de ellos se deciden? ¿Detrás de quién se alinean? El diablo tiene muchas propuestas para publicar pero escribe basuras y se junta con los líderes que abusan de los más débiles. El santo no tiene quien lo publique pero escribe bien y sus cuentos tienen fuerza, son potentes, e irradian luz. Los integrantes del taller no son tontos para decidir. Ahora los muchachos tienen la palabra. O la escritura.
Adentrémonos en los integrantes: Felipe Pizarro es el profesor. Una persona que les guía y también aprende -y comprende – de sus experiencias. Pizarro es una buena persona y los muchachos lo saben. Sin embargo cuando hay que ser inflexible Pizarro lo es: sI no los lobeznos “se lo comen”. ¿Cuáles son los lobos en este centro del Sename? Pues son precisamente quienes no participan del taller. Son los mayores, los más avezados. Los que esclavizan a los más chicos. Los que los contaminan, pues en el mundo de la delincuencia es bien visto inmiscuir a los pequeños, hacerlos participes de ese mundo lleno de dolor. En buen chileno: cagarlos como los cagaron a ellos.
Pero no nos apartemos de lo que nos convoca. De los chicos del taller. ¿Qué deben hacer? Trabajar, trabajar,trabajar. Los integrantes deben esforzarse. Deben seguir practicando, e imaginando mundos diversos, tierras lejanas, vidas felices -o  más tranquilas que las suyas-. Recuerden que el trabajar insistentemente permite llegar a confines inalcanzables.  Axel Bustos va a la delantera, pero lo siguen a corta distancia Diego Flores, Eduardo Mendoza -la revelación-, Jonathan Albarrán, Víctor Canales y José Ávila.
Otra cosa primordial: los jóvenes deben leer. ¿Tendrán acceso a una buena  biblioteca? Es probable que sí, pero tal vez una editorial podría ayudarlos. Así otros niños -los siguientes adolescentes en la lista de la desigualdad chilena- accederían a textos que nunca podrían tener en sus manos de otro modo.
Los muchachos están postulando a un concurso nacional de micro cuentos con la colaboración de editorial Santillana quien va a editar un libro. Se han tomado las cosas en serio y quieren pedir unas sillas y mesas para poder trabajar más cómodos. Si pudiera haber un sillón mucho mejor. Están entusiasmados pues cada uno de ellos tiene deseos de encontrar en la literatura lo que no han encontrado en la sociedad.
Nuestra recomendación: que aparte de escribir traten de acercarse a cualquier forma de lectura: comics, revistas, fanzines. Internet es una buena forma también.

Nota: Para aquellos que deseen leer un cuento entretenido les recomiendo “Deje de mirarme las tetas, señor” o “El diablo estaba caliente” de Charles Bukowski… Bukowski. A propósito de él. Esto le escribió a un amigo divagando sobre el arte, la cárcel, y las comas.

hola Bill Abbott:
me parece muy valioso que distribuyas mis libros allá en la cárcel, mis poemas y cuentos.
si puedo aligerar la carga de algunos de los tipos con mis libros, bárbaro.
pero la literatura, sabés, es difícil de asimilar para el hombre ordinario (y para el extraordinario también); a mí no me gusta la mayoría de la poesía, por ejemplo, por eso escribo la mía de la manera que me gustaría leerla.

la poesía pareciera que se está volviendo mejor, más humana,
la claridad del lenguaje tiene algo que ver con eso (w. c. williams vino y le pidió a todos que aclararan el lenguaje) luego vine yo.

pero escribir es una cosa, y la vida
otra, pareciera que hemos mejorado la escritura un poquito pero la vida (nuestra y ajena) no pareciera estar mejorando gran cosa.

quizás si escribiéramos lo suficientemente bien
y viviéramos un poco mejor
la vida mejoraría un poquito
como para que no dé vergüenza.
quizás los artistas no han sido lo suficientemente poderosos,
¿quizás los políticos, los generales, los jueces, los curas, la policía, los cafiches, los hombres de negocios han sido demasiado fuertes? no me
gusta esa idea pero cuando miro a nuestros pálidos y preciosos artistas, actuales y pasados, me parece que es posible que sí.

(a la gente no le gusta cuando hablo así.
Chinaski, cortala, dicen, no eres tan grandioso.
pero carajo, no estoy hablando acerca de ser grandioso.)

lo que estoy diciendo es
que el arte no ha mejorado la vida como debería, ¿quizás porque ha sido algo demasiado privado? y a pesar del hecho que los viejos poetas
y los nuevos poetas y yo
hemos tenido todos problemas idénticos o parecidos
con:
las mujeres
el gobierno
Dios
el amor
el odio
la indigencia
la esclavitud
el insomnio
la deportación
el clima
las esposas, y así
sucesivamente.

ahora me escribes que al hombre de la celda de al lado tuyo
no le gusta mi puntuación
como pongo las comas (especialmente)
y también la manera en que divago
para decir algo con precisión.
ah, él no se da cuenta de la intención
la cual es     liberar, humanizar, relajar
y aún así hacerla tan real como sea posible
a la palabra en la página. la palabra debe ser como
la manteca o la palta o
el churrasco o los biscochitos calientes, o los anillos de cebolla o
cualquier otra cosa que sea realmente
necesaria. debería ser casi
posible que agarres las palabras y
te las comas.

(debe de haber algún vivo en alguna parte
por allí
que dirá
si es que lee alguna vez ésto:
“¡Chinaski, si quisiera una cena voy y
la pido!”)

como sea
un artista puede divagar y aún así mantener
la forma esencial. Dostoievski lo hacía. él
normalmente contaba 3 o 4 historias marginales
mientras contaba la que era
central (en sus novelas, claro está).
Bach nos enseñó como poner una melodía encima de
otra y otra melodía encima de
esa y
Mahler divagaba más que ninguno que yo conozca
y yo encuentro gran significado
en su pretendida falta de forma.
no dejés que los chicos de la forma y la regla
como el tipo de la celda contigua
te las pongan encima tuyo. sólo
dale un ejemplar de Time o Newsweek
y estará feliz.

pero no estoy defendiendo mi obra (ni de vos ni de él)
estoy defendiendo mi derecho a hacerla de la manera
que me hace sentir mejor.
siempre pienso que si un escritor se aburre con su obra
el lector va a
aburrirse también.

y no creo en la
perfección, creo en mantener los
intestinos libres
por lo que coincido con los que me critican
cuando dicen que lo que escribo es un montón de mierda.

estás condenado a 19 años y 1/2
yo vengo escribiendo desde casi 40.
seguimos adelante con nuestras cosas.
seguimos adelante con nuestras vidas.
a veces escribimos mal
o a veces vivimos mal.
todos tenemos malos días
y noches.

a ese tipo de la celda al lado de la tuya debería mandarle
Las Obras Selectas de Robert Browning para Navidad,
eso le daría la forma que él está buscando
pero necesito la guita para el hipódromo,
Santa Anita abre el
26, así que dale un ejemplar de Newsweek
(los muertos no tienen futuro, ni pasado, ni presente,
sólo se preocupan por las comas)
y ¿puse adecuadamente las comas
aquí,
Abbott?

Muchachos: no se mueran, preocúpense de las comas. De ponerlas bien o de no poner ninguna, que al final es diferente pero casi lo mismo.  Preocupense de eso, de no fumar mucho y no llorar-por lo menos literariamente con cuentos lastimosos, llenos de disculpas y culpas ajenas, o propias-. No, eso no se hace. Los escritores y poetas no sólo son valientes, sino que además lo parecen. No. A Urbe no le gustan los escritores respetables. A Urbe le gustan aquellos que están con la mierda hasta el cuello y apenas pueden respirar, los que se conservan en vino, los que no tienen para pagar la luz, los que van al box, los que saben lo que es comerse un pan con mantequilla tres veces por mes. Los que están encerrados. Los que anhelan la libertad. Los que no se mandan cagadas muy grandes. Porque todos nos mandamos cagadas.

Si tuviera que recomendar algo emotivo les diría que lean “El vaso de leche” del chileno Manuel Rojas, un tipo bastante parecido a ustedes en su juventud. Algunos dicen que La novela “Hijo de ladrón” es la gran novela de la literatura chilena. Pues bien, “Hijo de ladrón” comienza de esta forma:
“¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los que he llegado a tantas partes. Es una historia larga y, lo que es peor, confusa. La culpa es mía: nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil; y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada. Creo que, primero o después, estuve preso. Nada importante, por supuesto: asalto a una joyería, a una joyería cuya existencia y situación ignoraba e ignoro aún. Tuve, según parece, cómplices, a los que tampoco conocí y cuyos nombres o apodos supe tanto como ellos los míos; la única que supo algo fue la policía, aunque no con mucha seguridad. Muchos días de cárcel y muchas noches durmiendo sobre el suelo de cemento, sin una frazada; como consecuencia, pulmonía; después, tos, una tos que brotaba de alguna parte del pulmón herido. Al ser dado de alta y puesto en libertad, salvado de la muerte y de la justicia, la ropa, arrugada y manchada de pintura, colgaba de mí como de un clavo. ¿Qué hacer? No era mucho lo que podía hacer; a lo sumo, morir; pero no es fácil morir. No podía pensar en trabajar ––me habría caído de la escalera–– y menos podía pensar en robar: el pulmón herido me impedía respirar profundamente. Tampoco era fácil vivir”.
Así empieza “Hijo de ladrón”, ojalá lo pudieran leer.

Y si tuviera que recomendar algo extraño el elegido sería Richard Ford con “Comunista”. Un cuento que lea voy a enviar. Y por último -y luego que nuestros muchachos hubiesen leído todo esto- les recomendaría un cuento más “difícil”: “Encuentro con Enrique Lihn” de Roberto Bolaño. Por supuesto que ellos deberían averiguar quién fue Enrique Lihn, y también quién fue Roberto Bolaño. Eso no estaría nada de mal.
Que bueno sería que leyeran estos relatos, pero también que los discutieran, que los analizaran. Que pensaran en el mensaje de cada uno de ellos. Bolaño por ejemplo. En el libro “Entre paréntesis” (Anagrama) podemos leer en la página 109 un escrito a la medida de estos jóvenes.

La mejor banda
Si tuviera que asaltar el banco más vigilado de Europa y si pudiera elegir libremente a mis compañeros de fechorías, sin duda escogería un grupo de cinco poetas. Cinco poetas verdaderos, apolíneos o dionisiacos, da igual, pero verdaderos, es decir con un destino de poetas y con una vida de poetas. No hay nadie en el mundo más valiente que ellos. No hay nadie en el mundo que encare el desastre con mayor dignidad y lucidez. Son, en apariencia, débiles, lectores de Guido Cavalcanti y de Arnaut Daniel, lectores del desertor Arquíloco que atravesó un campo de huesos, y trabajan en el vacío de la palabra, como astronautas perdidos en un planeta sin salida posible, en un desierto en donde no hay lectores ni editores, sólo construcciones verbales o canciones idiotas cantadas no por hombres sino por fantasmas. En el gremio de los escritores son la joya más grande y menos codiciada. Cuando un enloquecido joven de dieciséis o dicisiete años decide ser poeta, es desastre familiar seguro. Judío homosexual, medio negro, medio bolchevique, la Siberia de su destierro suele cubrir de oprobio también a su familia: los lectores de Baudelaire no lo tienen fácil en la ESO, ni con sus compañeros de clase ni mucho menos con sus profesores. Su fragilidad, sin embargo, es engañosa. También su humor y las manifestaciones caprichosas de su amor. Tras esas sombras vagas se encuentran acaso los tipos más duros del mundo y seguramente los más valientes. No por nada descienden de Orfeo, que marcaba la cadencia del remo de los Argonautas y que bajó al infierno y volvió a subir, menos vivo que antes de la hazaña, pero vivo al fin y al cabo. Si tuviera que asaltar el banco más protegido de América, en mi banda sólo habría poetas. El atraco concluiría, probablemente, de forma desastrosa, pero sería hermoso.
Eso nos dice Roberto Bolaño.

Muchachos: ustedes tienen la oportunidad de convertirse en miembros de esta banda de poetas locos o convertirse en miembros de una banda criminal. En la primera serían pobres pero felices; en la segunda serían ricos por un par de meses, o años, pero al final terminarían con una bala en la cabeza o recluidos de por vida en la cárcel. ¿Cuál es la respuesta correcta? Es una sola y está a la vista. De Perry Smith y Richard Hickock el mundo está lleno, y no hacen falta más.
Recuerden que los muertos no tienen futuro, ni pasado, ni presente.
Nada.