lastra34

El computador de Pedro Lastra está virgen. El poeta y ensayista –tal vez uno de los chilenos  más docto en literatura- escribe a mano, o en una vieja máquina Olivetti  de la que le es muy difícil encontrar cintas. Lastra tiene 80 años, pero aún es el jovencito que nació en Quilpué en 1932 mas su familia emigró a Chillan a los pocos meses. Y esta lastra, esta piedra lisa y delgada -eso significa lastra-, que se crío en las calles y las plazas de un Chillan viejo  que aún conserva el musgo de antaño, es parte importante de la poesía chilena.

A la hora precisa y en el lugar indicado Lastra nos acompaña con sus versos. Su Chillan sigue igual: vivito y coleando. Como Nueva York y Santiago. Urbes  de mundos imaginarios; mucho mejor que éste, sin duda.
“Ando medio complicado de la cadera, con una crisis de lumbago, y no traje Motrín, el remedio que suelo tomar”, dice levantándose con lentitud.
Pedro Lastra no es tonto: sabe que los años pasan a toda velocidad y por eso usa unas zapatillas NB con las que no corre pero trota.
Cae la tarde. Son más de la tres: Don Pedro tiene hambre.
”Vamos a comer algo”…, me dice. Y lo que en realidad dice es: “Vamos, yo invito. Usted es mi agasajado”.
Ya no había menú pero degustamos un ave palta en un pequeño comedor atestado de veinteañeros. Como dos amigos que no se habían visto durante años. Como dos amigos que recién se conocen.

– Lo primero que quería preguntarle es en relación a un poema que me gusta muchísimo, “Ya hablaremos de nuestra juventud”. ¿No sé si a usted le gusta tanto como me gusta a mí?
-Bueno, el sábado acabo de cumplir 80 años, soy muy viejo… (ríe). Algunos amigos me mandaron ese poema. Llegaron varias copias por Internet -de España y de otros lugares-porque les gustan esos versos. Es el que tiene más lectores, pese a que tengo pocos lectores en realidad.

-A lo mejor cree que tiene pocos y  tiene más de los que usted piensa.
-Puede ser. Como he vivido tantos años afuera me han conocido más como escritor, o como estudioso de la literatura. En realidad he publicado menos poesía aquí que en el extranjero. Los lectores que tengo no son muchos, pero eso no importa. De todas maneras está bueno porque uno puede conocerlos, lectores amigos. Ese es el poema que circula más y que mis amigos recuerdan. Amigos que me llaman y me dicen: “Bueno, ya hablaremos de nuestra juventud”.

– ¿Y a los 80 años es hora de hablar?
-Fíjese que curioso, pero ese poema lo escribí cuando era joven. Es uno de los poemas más antiguos. Apareció por primera vez en un libro que se llamaba “Y éramos inmortales” en el año 69. Se publicó en un folletito muy pequeño que se hizo en el Perú, en una colección muy linda que dirigía el poeta Javier Sologuren Moreno. Y gracias a José María Arguedas quien aún estaba vivo.

-José María Arguedas fue muy amigo suyo, tal vez uno de sus mejores amigos.
– Muy amigo, y en algún momento él me animo a eso. Me dijo: “Mira, Javier Sologuren puede imprimir algunos de estos poemas”. Era un folleto de veintitantas páginas en unas ediciones muy lindas que Javier hacía en Lima en la colección La rama florida. José María Arguedas llevó algunos de los originales en su penúltimo viaje.

– ¿Se conocieron en Chile con José María Arguedas?
– Nos conocimos el 62 aquí en Chile. Hay un texto en que cuento toda esa historia del encuentro con José María y como se generó esa amistad. Es un libro que publicó Lom, que se llama Leído y anotado. Ahí hay un largo trabajo. No tengo ejemplares pero están. Esos libros circulan muy poco.

-¿Fue muy curioso cómo se hicieron amigos?
– Claro, yo cuento sobre eso en un largo homenaje a José María durante una conferencia que di en Estados Unidos -en Seattle- que se llama Imágenes de José María  Arguedas. Cuento como le conocí: eso fue el año 62, en que hubo un gran encuentro de escritores en Concepción. Un encuentro famoso que organizaba Gonzalo Rojas y que me llevó para realizar algunos trabajos como secretario, cosas así…

 -A uno de esos encuentros fue Allen Ginsberg, tiene que haber sido posterior…
– Antes, el año 60. La historia de los encuentros internacionales –hubo un encuentro chileno muy conocido que fue en 58, el primero… -. Yo estuve en el segundo encuentro, organizado por Gonzalo quien era muy generoso con los jóvenes. Estaba empezando, trabajaba en cuestiones hispanoamericanas y  me metió el 60. Me contrató -como secretario-, para ese encuentro. Ahí vino Ginsberg. Eso es muy singular, yo lo he contado más de alguna vez porque, la tarea que me encomendó Gonzalo era hacer el folletito de presentación de los autores que venían. Notitas de media página que se imprimieron y ahí la gente sabía quién era quien. Se iban entregando.  Me fui a trabajar con Gonzalo un par de semanas antes -casi un mes antes- en una oficinita y con una maquinita escribía. Esta gente empezó a llegar: venía Lawrence Ferlinghetti de Estados Unidos, Ernesto Sábato de Argentina, José Antonio Portuondo de Cuba, Sebastián Salazar Bondy de Perú, Carlos Martínez Moreno de Uruguay, Regan Besonir de Estados Unidos que era profesor de literatura Hispanoamérica en Michigan, de México venía un poeta muy importante Jaime García Terrés. De Chile estuvieron Nicanor Parra, Volodia Teitelboim, Miguel Arteche, Ricardo Morales, mucha gente. De Hispanoamérica vino más gente, de El Salvador: Hugo Lindo, un poeta que había sido embajador en Chile. De Panamá un escritor que firmaba como Tristán Solar seudónimo de Guillermo Sánchez Borbón, novelista. Gente que había localizado Gonzalo para testimoniar cosas de cada uno de sus países. De Colombia un personaje muy importante que se llamaba Jorge Zalamea, que era un poeta y ensayista y autor de un poema muy conocido que se llama El gran Burundún-Burundá ha muerto:
“Como hay quienes destruyen con una lima, con una piqueta, con una tea, con una cuchilla, Burundún destruía con las palabras. Destruía de preferencia, claro está, lo que con las palabras se forma y de ellas se alimenta: honra, fama, reputación, prestigio.” Sin embargo, un día cae la desgracia sobre él mismo y “algo comenzó a marchar mal en el aparato vocal de Burundún” a causa de lo cual prohíbe el uso de la palabra en cualquier ser humano: “si las bestias son más dóciles y más felices que los hombres, es porque no participan de la maldición de la palabra articulada.” Gracias a esto, los hombres quedaron reducidos a un estado animal: “Que chillen si tienen hambre; que tosan si tienen frío; que bramen si están en celo; que gorjeen si están dichosos; que cacareen si despiertos; que rebuznen si entusiastas; gañan si codiciosos y gruñan si coléricos, pero que no hagan indecente inventario entre unos y otros de sus deseos ni se estimulen sediciosamente en ellos fomentándolos con palabras.”
Lastra continua:
-Si usted vio la exposición de Roberto Matta en La Moneda había un cuadro, que mostraba una dictadura, con unas imágenes muy terribles y que decía algo del gran Burundún-Burundá. Nadie sabía bien a qué se refería. Ese es un personaje de Jorge Zalamea. Fue un poema muy significativo de los años 50, un poema enorme que Zalamea leyó allá. Porque ese gran Burundún-Burundá es la imagen del dictador. Pero un dictador muy monstruoso, entonces la muerte y el entierro de este personaje influyó (le voy dando estos datos) mucho en Los funerales de la Mamá Grande. Eso se ha estudiado: que García Márquez, que era amigo de Zalamea, colombiano, muy cercano, tomó de ahí, de ese poema, la idea. Hay trabajos sobre eso, cómo esta imaginería poética de Zalamea, -porque es un poema paródico, terrible, empiezan a llegar delegaciones y desfiles- es similar a los Funerales de Mamá Grande, que representa también la recaída o la decadencia de un mundo. Es el mundo de la dictadura.
Ese era uno de los personajes. Nos hicimos amigos con Jorge Zalamea, que leyó ese poema paródico y monstruosamente grotesco. El gran Burundún- Burundà, y su gran carroza. Todo es una hipérbole para figurar la desaparición, del nunca desaparecido ser monstruoso que ahí tiene el nombre del gran Burundún- Burundá. Ese era uno de los personajes que suscitaba mucha expectación. Lo interesante para mí es que -en ese trabajo que me impuso Gonzalo y que siempre le agradecí- podía escuchar esas cosas. Lo más significativo fue cuando ellos iban a llegar, digamos el miércoles. Empezaban a aparecer en enero del 60 todos estos escritores que venían de distintos lugares. Gonzalo -que dirigía la escuela de verano, era una persona que tenía muchas tareas- me dijo dos días antes: “No puedo ir a esperar a todas estas personas, vas a tener que ir tú”. Viajé a Santiago, de nuevo porque yo vivía aquí, con esta misión muy importante de ser el que iba a recibirlos en el aeropuerto y ubicarlos, acompañarlos, como una especie de secretario de recepción. Los llevé a un hotel que estaba en Teatinos con Huérfanos, que ya no existe, en el Centro, y atendí sus consultas. En fin, Gonzalo llegó como a los 3 días y se fue con ellos en avión a Concepción.

 -¿Y usted los conocía a todos?
– No conocía a ninguno.

 – ¿A ninguno?
– A ninguno. Era muy joven en ese momento, tenía 28 años y fue una misión importantísima para él y para mí. Muy comprometedora también. Gonzalo Rojas me entregó dinero, había que contratar una Van para estar yendo al aeropuerto, a los distintos vuelos. En el vuelo que venía del norte llegaron Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti con su señora. Tristán Solarte venía de Panamá, de El Salvador arribo Hugo Lindo. Varios que no se conocían entre ellos. Los recibí y me presentaba: “Soy el enviado de Gonzalo Rojas, los voy a llevar al hotel”.  Los llevé y de vuelta a esperar a Ernesto Sábato y a Martínez Moreno que venía en otro vuelo. En fin, fue un día inolvidable. Los instalaba y ahí salí a buscar a los otros. Algunos llegaban al día siguiente. Después debía estar para atender a sus consultas y para mí se generaron amistades muy duraderas, con Sábato por ejemplo. Con Sebastián Salazar Bondy, con el propio Zalamea, a don Enrique Andrés Soninder, maestro de literatura hispanoamericana en Estados Unidos. Martínez Moreno, que lo había conocido antes en Uruguay, era al único al que realmente conocía.
Entonces desde el aeropuerto de Cerrillos  -eso lo he contado en El Oleaje del zorrillo- hacia el Centro, me senté al lado de Allen Ginsberg, y él me comentaba algunas cosas. Hablaba un poco de español, se manejaba y preguntaba: “¿Dónde se vende marihuana?” Era un poco de esas cosas provocativas. No es que anduviera buscando marihuana (ríe). Me acuerdo mucho, porque después vi a Ginsberg una vez en Estados Unidos y nos acordamos de ese encuentro. Incluso él se quedó en Santiago después del congreso que duró 5 días y fue muy interesante, porque quería conocer alguna gente. Era amigo de Nicanor Parra. Lo había editado a Nicanor Parra en San Francisco. Pero, claro, Ferlinghetti y él fueron figuras esa semana en Concepción para los periodistas que estaban reporteando ese acontecimiento.

 -¿Y cómo financiaban ese encuentro?
– Eso lo financiaba la Universidad de Concepción. En ese tiempo la Universidad de Concepción hacía cosas absolutamente maravillosas, extraordinarias. El segundo encuentro que fue dos años después y fue más grande todavía porque ahí vinieron las grandes figuras: Carlos Fuentes, Alejo Carpentier.  Ahí asistió Pablo Neruda -al primero no porque no estaba en Chile en esa oportunidad- pero fíjese en el segundo del 62: Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, José María Arguedas, Mario Benedetti, Alejo Carpentier, Mariano Picón Salas. ¡Personajes! José Bianco de Argentina, José Miguel Oviedo del Perú. Osvaldo Guayasamin vino en esa ocasión, porque vinieron pintores también. Estos encuentros nunca más se hicieron, fueron solo dos y en esa ocasión, otra vez Gonzalo nos llama. Nosotros estábamos ya en otras circunstancias con un grupo, éramos 10 en el segundo taller de escritores de la Universidad de Concepción. Habíamos estado todo el año 61 y hasta marzo del 62, los miembros del taller de jóvenes escritores y yo participaba; no como poeta sino como ensayista, escribiendo un trabajo sobre el cuento hispanoamericano del siglo XIX y ¿Quiénes estaban ahí?…. Guillermo Atria en el taller, volvamos al taller porque toda esa gente se quedó para asistir al encuentro de escritores, animados por Gonzalo.  Ahora nosotros no participábamos en ese encuentro de personalidades sobresalientes, pero teníamos pequeñas tareas, acompañar a la gente, estar con ellos y también escuchar. Fue un acontecimiento… Fíjese el equipo ese, tremendo grupo, las grandes figuras con los que yo hice amistad muy intensa, Roa Bastos por ejemplo, Benedetti, después pasaron los años y yo pude editar a esa gente, seis  años después. Cuatro años después, empecé a ser asesor de la literario de la editorial Universitaria y fundé esta colección Letras de América con Morán. Esto empieza con Benedetti, con Oviedo, que habían estado en ese encuentro. Se hicieron amistades muy firmes, hasta ahora, que han ido muriendo.

 -¿Ahí conoció a José María Arguedas?
– Claro, al que más quería conocer era José María Arguedas porque me había impresionado mucho la lectura de sus libros. Había leído casi todo lo de él porque estaba en eso, trabajando en la Hispanoamericana y esa era -y ha sido- la pasión de mi vida, desde muy joven. Reuní los libros de José María porque me parecía -como he contado en esos trabajos sobre él- que el personaje tenía que parecerse mucho al autor. Me impresionaron”Los ríos profundos”, “Yawar Fiesta”, y los cuentos de “Agua”. Él estuvo ahí pero era una persona bastante retirada -del gremio de los tímidos, que es un gremio que a mí me acomoda mucho, me gusta esa gente-, así que estaba en la primera reunión y de repente escuché que lo nombraban. Él dijo algo, habló, pero después desaparecía hasta que el segundo día Gonzalo organizó una recepción en una hostería, en la laguna San Pedro parece, y ahí nosotros teníamos que acompañar como guías a estos escritores. José María hablaba poco, entonces en medio de la reunión, en el salón grande donde había el coctel, José María se aisló. Todos hablaban con todos y él empezó a mirar por una ventana. Yo me acerqué y pensé: “¿Cómo le hablo?”. No era fácil. Bueno, inicié el dialogo algo trabajoso con una persona que era cálida pero tenía que conocer primero. Le dije que había leído Los ríos profundos, no le gustaba demasiado hablar de él, cosa que a mí me impresionó mucho y me gustó también. No se marqueteaba. Todo lo contrario. Le dije: “Bueno, también leí “Diamantes y pedernales”, que bueno fue que editaran juntos Diamantes y pedernales y Agua en Lima, también he leído Yawar Fiesta…”. Y ahí vio que había interés, comenzamos a conversar de eso. Estaba muy sorprendido de que un joven chileno fuera lector suyo tan devoto. Hablamos de otros escritores peruanos, de unos amigos suyos que yo conocía por lectura. Ya en el bus nos vinimos juntos de regreso a Concepción y me contó que andaba trayendo una última novela, que se acababa de publicar, que era El sexto: una historia de suplicios el año 39 en esa cárcel peruana llamada El Sexto, durante la dictadura de Óscar R. Benavides. Él había estado preso ocho meses porque era dirigente estudiantil y habían hecho problemas, tiraron a una piscina a un enviado de Mussolini: el general Camarrota. Arguedas fue un preso político. Entonces él en el epígrafe inicial dice: “Decidí escribir esta novela en 1939”, y habían pasado años y finalmente se publicó el 61, así que acababa de salir y me dijo: “De hecho, publiqué una novela y tengo un ejemplar. Te voy a dar uno”. Bueno, y ahí nos empezamos a tutear y quedamos de juntarnos en Santiago ya que iba a la casa de Nicanor Parra.
Arguedas había nacido el año 1911, tenía 21 años más que yo. Casi me doblaba en edad. Podría haber sido no solo mi hermano mayor, sino que mi padre, pero fue una relación muy entrañable. Me enteré que venía a Chile con frecuencia: su tratante era la doctora Lola Hoffmann. El venía dos veces al año, volvió después en Abril y se quedó en la casa de Nicanor Parra por 15 días. Entonces ahí lo iba a buscar. Bueno, eso no terminó sino con su muerte el 69. Él se empeñó entonces que fuera al Perú y en el 64 viajé gracias a invitaciones de él y de otros amigos. Estuve 2 meses y conocí a su primera mujer porque todos los días almorzaba en la su casa. Me instalaron en un museo. Es toda una historia. Un museo de artesanía extraordinario que tenía su cuñada, Alicia Bustamante Bernal. Entonces como no podía recibirme en su casa porque era un departamento chico, me instalaron en ese museo y me pusieron una cama. Escribí mis conferencias ahí, José María se reía mucho. Si, era una pieza de museo (ríe).

-Como eres una pieza móvil, te vamos a mandar al Cuzco- decía riendo Arguedas.
Bueno era entrañable la relación y de eso hay testimonio en un libro que se llama Cartas de José María Arguedas a Pedro Lastra, publicado por editorial Lom. Ese libro es de gran grosor, son 36 cartas que están reproducidas facsimilarmente, incluso las tarjetas y hay unas entrevistas. Lo editó un joven peruano, un poeta que se llamaba Edgard O’Hara, hicimos entrevistas también. Ojalá encuentre ese libro, porque esos libros circulan poco. Cartas de José María Arguedas, el 97. Ahora las cartas mismas, que eran 36, yo las llevé a Lima, ese mismo año con la gente de Lom:  Paulo Slachevsky con Silvia, la esposa de Pablo, la dueña de Lom.

– Quería preguntarle acerca de un libro que me llamó mucho la atención que es Antología del cuento chileno editado en Grecia el 74.
-No, esa información no es correcta, ese libro Antología del cuento chileno editado en Grecia se publicó el 89. Claro, hay un cruce ahí. El 74 lo que se publicó fuela Antología del Cuento Chileno que preparamos con Alfonso Calderón y Carlos Santander. El 74 apareció la primera edición dela Universitaria. Es un libro que trae 25 autores, después la hemos ido cambiando. Murió Carlos Santander, yo seguí con Alfonso Calderón, porque eso tiene ya como 16 ediciones. Estuvo incluso en el maletín literario, en el último maletín hicieron 100 mil ejemplares de ese libro. Lo hicimos entre los 3 que trabajábamos en el instituto de literatura. Lo preparamos antes del Golpe de Estado el 73.
-¿Le gustó esa antología?
-Claro, es una antología que yo escribo hasta el día de hoy. Acaba de salir una nueva versión en la editorial Universitaria. Elcra ha comprado 1500 ejemplares recién. Entonces se hizo una reedición que -aún cuando yo soy el único sobreviviente porque Carlos Santander murió como el 90 en Costa Rica y Alfonso murió hace tres años -seguimos manteniéndola, porque es básicamente la original. Lo único que hago es agregar datos en la biografía de los autores. Hemos incluido a algunos jóvenes, por ejemplo a Gonzalo Contreras que es un autor que a mí me interesaba, y a Alfonso también. Eso no lo podemos consultar con nuestros otros amigos ya muertos. Sigo pensando que esa es una antología que sigue una pauta…. No me gusta la palabra canónica pero son los autores que -a nosotros tres- nos parecían los más significativos del proceso del cuento chileno desde Baldomero Lillo. Empezamos con Baldomero Lillo y le puedo decir todos los que están; Baldomero Lillo, Federico Gana, Néstor Montenegro, Eduardo Barrios. Es el ámbito de la tradición, de la gran tradición.

 -¿Manuel Rojas?
-Manuel Rojas tiene 3 cuentos. González Vera, el cuento de la copia. Luis Durán, Mariano Latorre, un cuento de Mariano Latorre que yo creo que es el mejor de los suyos.

 -¿Óscar Castro?
-No.

 -¿No?
-No. Óscar Castro: Teníamos razones -porque siempre discutíamos mucho entre los tres-, en el prólogo de ese libro lo explicamos. En general buscamos el acuerdo, estuvimos atentos a la opinión del otro. Y estuvimos dispuestos a ceder también cuando las razones eran convincentes. Claro, hay muchos escritores que son interesantes y muy importantes también, pero habían desacuerdos, por ejemplo, al respecto a lo que era el carácter de la escritura. No voy a razonar lo de Óscar Castro donde no hubo acuerdo, pero nosotros tratamos de revisar. Éramos los tres compañeros de trabajos en el Instituto de Literatura, de manera que todos los días estábamos en eso. En los ratos en que nos apartábamos del trabajo central del Instituto, lo que hablábamos era del cuento chileno. Este cuento de Enrique Lihn, bien Enrique Lihn, un cuento excepcional. Dos cuentos de Edwards que fueron muy bien defendidos por Carlos Santander. Me acuerdo de eso. Entonces en la nota de presentación que es muy breve, biográfico y una opinión crítica, en general la hacía el compañero que había opuesto con más énfasis esa inclusión. De Diego Muñoz pusimos Niña de color, Rododendros de don Hernán del Solar.

 -¿Trataron de hacer algo diferente?
-En la medida en que lo imponía lo nos parecía una calidad absolutamente lograda. Desde muchos puntos de vista, del punto de vista de su proyección significativa, del carácter de la escritura, aquellos puntos en los que podíamos hablar de un aporte significativo al proceso. Entonces María Luisa Bombal con El árbol, por ejemplo, y algún autor poco frecuentado que tiene un cuento muy notable que se llama Visita de estilo de Nicolás Ferraro, un profesor de matemática que es del norte, que está vivo todavía: tiene noventa y tantos años, nació el año 21, poeta y narrador…. Después José Donoso, Eduardo Giaconi y Luis Domínguez Vial que es un escritor poco conocido que ha muerto hace unos años.
Lo de la Antología del cuento chileno publicado en Grecia, ese es otro capítulo que tiene que ver con esto. Yo tengo un gran amigo que es el traductor griego Rigas Kappatos. Fue el primer traductor de Neruda. Es poeta, fue marino también. Vive en New York, él habla todos los idiomas, es traductor de francés, del italiano. Es un hombre dotado con el don de un poliglota. Entonces ha hecho traducciones muy importantes del italiano, fue la primera lengua Romance que conoció, después español. Ha traducido a César Vallejos completo, tiene dos ediciones.
Lo conocí allá en los años 80 y en algún momento él me dijo que publicáramos una antología del cuento chileno en griego, pero tenían que ser pocos autores. Él tenía que traducir a estos escritores y en seguida la editorial le había aceptado hacer una proposición, una antología del cuento chileno que me fue encomendada por Rigas y una antología del cuento peruano que le fue encomendada al poeta Javier  Sologuren Moreno. No es un libro pequeño. Entonces se trataba de hacer un pequeño prólogo y unas notas de presentación… pensamos en 15 autores sacados de esa antología que Rigas conocía, porque yo le había dado eso a él, le parecía muy bien. Me dijo: “Por qué no seleccionas 15, lo que a ti te parezca”… Que bueno que me pregunte por eso, porque hay un cuestión muy importante para mí con ese libro.

 -¿Aparecieron ahí nuevos autores? ¿Hubo modificaciones?
-No. Él era muy amigo y admirador de Enrique Lihn y de su cuento Huacho y Pochocha. En eso coincidíamos. Él me decía: “Esos cuentos que ustedes pusieron ahí, ese de Enrique Lihn me fascina”. El cuento de Domínguez le gustaba mucho, que se llamaba  Un pollo para Julián, con eso cerramos. En esta otra cerrábamos con Skármeta, pero acá cerré con Luis Domínguez. A ver, de los últimos, María Luisa Bombal, viene Diego Muñoz, Hernán del Solar, González Vera, Manuel Rojas. Desde luego Manuel Rojas no puede faltar nunca en una antología del cuento chileno, creo yo: es la figura absolutamente mayor del cuento chileno. Claro, Baldomero Lillo. Entonces yo seleccioné 15, incluido Juan Emar, porque Juan Emar es uno de los que nosotros poníamos, el cuento que se llama El pájaro verde. Entonces un poco de acuerdo con Rigas dejamos 14. El chiflón del diablo de Lillo. En fin, el de Manuel Rojas: El vaso de leche.

-¿Manuel Rojas es el mejor escritor chileno?
-En algún sentido sí. Creo que Hijo de ladrón es una novela absolutamente fuera de serie, extraordinaria, viva. Yo la releo. Tengo la primera edición y la segunda porque hay diferencias. Hizo algunos cambios en la obra completa. Soy muy rojeano en eso y creo que, incluso, a pesar del reconocimiento que tiene falta algo más para cumplir con lo que significa Manuel Rojas.

 -¿Francisco Coloane?
-Coloane, de todas maneras. Coloane es otra de las grandes figuras que comenzó a ser traducido al griego porque utiliza un ambiente marino. En Grecia todos son marinos. Así que Coloane es una figura central. Coloane, Donoso, Edwards, Lihn, Claudio Giaconi. De Giaconi Aquí no ha pasado nada, que me sigue pareciendo un gran cuento.
Bueno, se publicó ese libro el 89. Rigas estaba en Grecia. Me llegaron a New York tres ejemplares. Fíjese que ha sido una impresión muy curiosa ver ese libro en griego y pude decirles a algunos amigos míos: ”He publicado algunos libros -siempre un libro produce una particular moción del ánimo- pero ninguno me impresionó y me hizo sentir las cosas que sentí con ese libro”. Se publicaron 2000 ejemplares y se agotó rápido. Ahora están pensando en una nueva edición, porque han pasado tantos años. Es un libro raro, pero los autores chilenos empiezan a circular en griego, y me produjo una sensación de que era una tarea importante para el país. Sobre todo si está bien hecho, pero aquí había un componente más que me hizo pensar esa tarde…. “Qué bueno, lindo e importante para los escritores chilenos”. Muchos de ellos no habían sido conocidos para nada. Neruda era conocido, claro, pero ni siquiera Gabriela Mistral. A la Mistral la hemos editado recién con Rigas. El primer libro ha salido hace dos años, la antología grande.

 -A Enrique Lihn le gustaba mucho la Mistral.
– Le gustaba mucho la Mistral.

-Y no le gustaba tanto Borges como poeta.
-Como poeta no. Como prosista sí. Ahí teníamos un desacuerdo, porque a mí me interesa mucho Borges como poeta también. Recuerdo que hay un capitulo, una discusión muy cordial ahí y muy productiva, en una conversación, uno no tiene que estar… tiene que tener incluso desacuerdos razonados y que sean escuchados con respeto y con simpatía, eso es lo otro, eso es con amistad.
Volviendo a esta antología amí me hacía gracia la portada que le pusieron. Si hubiera sabido que me iba a hablar de eso, hubiera traído el ejemplar que tengo en la casa, porque la portada es muy singular.

-¿Por qué?
-Viene un cuento de Diego Muñoz que se llama Niña de color, que ocurre en Ecuador. El pintor, el personaje, tiene una relación con una mulata ecuatoriana que lo admira mucho, y él se viene al país. Entonces los editores griegos pusieron una imagen tropical, y trae exactamente una gran palmera y debajo de esta palmera una mulata. Entonces dije: ¿Qué es esta idea? “No lo sé”, me dijo. Era bonita la portada, pero para otro libro. Rigas también estaba muy sorprendido porque esto ya quedó en poder del editor Castaneotti, que tenía a sus diagramadores y les impresionó ese cuento seguramente. Después yo alcancé a darle un ejemplar a Diego. Ese año yo viajé a Chile y traje ejemplares para los autores. Le di a Donoso. Enrique Lihn había muerto ya, a Andrea, en fin, a Jorge Edwards. Repartí los ejemplares al autor o a su familia. A Coloane le fui a dejar unos. Pasamos una tarde con Coloane que estaba muy divertido con esta portada y estaba muy contento con la inclusión de La botella de caña. Incluso ese día me regaló un libro dedicado esa tarde de domingo y dice:” Agradeciéndole la inclusión en la antología griega”. Poco después Coloane empezó a ser traducido en griego. No quiero decir que eso haya influido, pero tal vez sí. Rigas dice que este libro circuló mucho allá y los editores lo vieron. Al año siguiente, o dos años después, empezaron a aparecer libros de Coloane: Cabo de Hornos. Hay dos o tres libros de Coloane publicados en griego. Yo los veo cuando voy con frecuencia a ver a Rigas cada dos años. Es una alegría verlo en las vitrinas de las librerías. Hay muchas librerías en Grecia. Es el país que más lee, o  que leía porque ahora está en la ruina. No hay lugar en el mundo que yo haya visto, que no son muchos, pero los lugares que he visto, donde hay tantas librerías, tan enormes y tan ricas, cada cuadra, cada dos cuadras. Es impresionante. Librerías enormes dedicadas solo a vender libros en traducción. Entonces al editor, un amigo del librero y de Rigas, yo le preguntaba cómo se explica, estas son traducciones de literatura rusa, francesa, me dice: “Bueno, porque nosotros tenemos que difundir esto, todo el mundo europeo”. Por ejemplo, una vez vi una traducción –como se llamaba el personaje- bueno para al caso no importa el dueño de esa librería, un amigo de Rigas que fuimos a ver, Dostoievski, Tolstoi.
Tenemos que mostrar autores chilenos. Neruda está muy traducido. Después de todo Isabel Allende también. Hay que reconocer eso, Isabel Allende está en todas partes. Y ahora Coloane. No sé si Manuel Rojas, porque Rigas es un simpatizante de Manuel Rojas; de toda la literatura chilena. Ha traducido a todos, todos tenemos libros en griego ahí. Una antología mía, tradujo los Anti poemas de Parra, un libro de Oscar Hahn, a  todos los grandes. Hicimos un libro sobre la Mistral hace dos años.

 -¿Cuáles son los grandes chilenos a su juicio?
-Bueno, yo  soy muy tradicionalista, pero para mí es la Mistral, De Rocka, Huidobro, Neruda, Gonzalo Rojas, Parra, Lihn, Tellier, Oscar Hahn…

 -¿Y Carlos Pezoa Véliz?
-Ah, perdón…. Pezoa Véliz de todas maneras. Esto empieza con Pezoa Véliz. Todos nos sabemos poemas de memoria de él. Oscar Hahn ha hecho una antología de la poesía de Pezoa Véliz, se editó en Sevilla. A mí me interesan muchos otros, pero usted me pregunta…. Si me dice, nombre los 10 poetas, para mí, es fundamental, en realidad habría que nombrar algo más… Pero empezando con Pezoa Veliz, la Mistral, De Rocka, me parece un poeta que hay que revisitar y reconsiderar, no está suficientemente considerado aquí. Huidobro, Neruda, Gonzalo Rojas y Parra, o al revés: Parra es mayor que Gonzalo. Pero el 38, de ese momento, digamos cronológicamente. Después Lihn, Tellier, Hahn. Digamos que hay para mí esa constelación. Esa es una buena palabra: una constelación de poetas que han modificado de alguna manera -o que son contribuciones muy importantes- en el orden; no solo del mundo poéticamente representado, sino de la expresión poética, una conciencia de la poesía, del lenguaje. Yo creo que esos son…. Ahora hay muchos otros poetas que a mí me interesan mucho también.

 -¿Más desconocidos?
-No. No tan desconocidos; sino que son igualmente significativos, pero si se trata de establecer un orden de preferencias personales, porque en esto no las hay de otra clase. Cuando uno descalifica a otro –como decía el ensayista colombiano Hernando Téllez-, cuando calificaba a una persona dice: “Esas son opiniones personales”. Es que no hay de otra clase. Todas las opiniones son personales. Aún cuando uno use la opinión colectiva, si la hace, es una opinión personal. Esta es mi visión, ahora hay muchos otros poetas que me interesan, por ejemplo, de mi tiempo, evidentemente de la gente que yo leo mucho, me parece importante Zurita, creo que es un poeta que cuenta. Diego Maquieira me interesa, creo que con La Tirana hizo una propuesta muy renovadora. Alfonso Calderón lo sentía como un poeta que nos va a enterrar a todos.

 ¿Y de las nuevas generaciones? ¿Rafael Rubio?
-Rubio.
 -¿Oscar Hahn?
– Oscar Hahn es de los poetas mayores: Lihn, Hahn, Tellier. Creo que son ya figuras mayores. A mí otro poeta que me interesa mucho es Alberto Robledo. Roberto Rubio parece un poeta muy extraordinario, el abuelo de Rafael. Es un poeta que yo sigo admirando, me parece que no hay poema débil. Es un libro esencial, una maravilla de libro, a él habría que incluirlo ahí, aunque sean once, pero es un poeta, de esos poetas que lo acompañan a uno siempre, a los que uno relee, a los que recuerda. Estoy de acuerdo con Juan Ramón Jiménez: si uno no recuerda poemas, si la memoria no ha registrado algo, eso quiere decir que no significó mucho para uno, pero yo me sé poemas de Alberto Rubio de memoria. Puedo decir La abuela de pé a pá. Bueno, y el nieto, Rafael. También Juan Cristóbal Romero. Ahora un chico que acabo de leer, que ha publicado un libro que se llama PAF. PAF…. Déjeme preguntarle a Oscar Hahn que me hizo conocer este poeta jovencito y me dio este PAF que leí muy sorprendido este fin de semana. Tamym Maulén es el autor.

¿Usted ya tiene que irse? Porque había pensado que fuéramos a comer algo, si es que me puedo mover de aquí. Esta molestia que me ha fastidiado- señala con desagrado. El sol acribilla la sala del Campus San Joaquín de la UniversidadCatólica.

 – ¿Y de Roberto Bolaño?
-Hablando de Bolaño, como poeta creo que no. Su poesía no es memorable. Su gran obra es su prosa y eso sí que me parece muy importante. Es una persona que escribió tanto, y por cierto hay variaciones, libros buenos….y otros que no lo son tanto. Pero siempre con un mérito considerable, porque hablamos de un escritor para arriba. Ahora 2666, el último libro que dejó, es impresionante. Son cinco novelas que pasan de un espacio y de una constancia narrativa a otra. Estrella distante, Nocturno de Chile. Yo tengo un cierto reparo desde el punto de vista de la construcción -y con respecto al mundo también- en la novela  Los detectives salvajes. Creo que ahí hubo, para mí, para el lector que soy yo, hay algo de exceso. Creo que ese libro sería muy perfecto… pero claro ya no sería el libro de Bolaño, sería mi libro, con unas 100 o 200 páginas menos. Creo son reiterativas. Claro, porque un hombre que tenía esa facultad verbal, una especie de torrente expresivo admirable. Algunos amigos míos discrepan de eso; otros están de acuerdo, han tenido esa misma impresión, que una reducción le habría hecho bien. Claudio Giaconi cuando nos encontrábamos me decía eso sobre El obsceno pájaro de la noche cuando hablábamos en New York, porque viví muchos años allá. Me decía: “Este libro sería perfecto con unas 100 páginas menos”. Es cierto, uno siente eso que a veces es producto de tener mucho acumulado y de una facultad verbal también. Hay escritores que tienen una afluencia fácil. Y para la eliminación hay que ser Borges o Conrad para eso. Yo tengo esa impresión con Los Detectives salvajes, que me parece un gran libro pero a ratos se excede. En cambio no tuve esa impresión con las otras cinco novelas. En Putas asesinas hay un cuento genial:  “Encuentros con Enrique Linh”. Este cuento yo lo leo y lo releo. Me parece extraordinario y no solo es mi impresión. Yo no conocía este cuento. Ese libro, Putas Asesinas, a mí se me había pasado. No había dado con él. Un día que estaba en mi casa en New York me llamó Rigas Kappattos, Rigas tiene mucho que ver con todas estas historias, y me decía: ”Mira, acabo de leer en el New Yorker este cuento sobre nuestro amigo Enrique Lihn”. Claro, lo publicó la revista New Yorker así que lo leyeron miles. Rigas estaba tan impresionado que quería traducirlo al griego, pero no traducirlo del inglés al griego; sino del español al griego. Me dice este cuento consíguemelo en español, entonces alguien me consiguió el libro Putas Asesinas y yo se lo mandé a Rigas que lo ha traducido a griego. Se publicó en una revista. Ahí lo leí y otros que tiene. Puede que yo sea un lector muy particular de este cuento, porque se trata de Enrique Lihn ¿no? Claro, todo lo que tiene que ver con Enrique Lihn para mí me toca. Este cuento es extraordinario como construcción, quien se iba a imaginar, es un sueño pensar que Enrique está muerto, el espacio de la muerte. Es genial, yo me atrevo a pensar que este es un cuento absolutamente inolvidable para ciertos lectores… Rigas tuvo la misma impresión, es que Rigas fue muy muy amigo de Enrique también. Entonces puede que seamos unos lectores especialmente cercanos y propicios a esa impresión, pero trato de leerlo objetivamente. Es un gran cuento aunque yo no hubiera conocido a Enrique Lihn. Esta ocurrencia, encontrar un personaje y ver como ahí traspasa las escenas del sueño. Bueno, entonces mi idea y alcancé a hablarla con Alfonso, tenemos que incluir este cuento en nuestra antología, pero eso no es posible.

 -¿Por qué? Por los derechos de Anagrama?
-Los derechos ya no son de Anagrama. Estos derechos están en poder de un agente norteamericano que se llama Andrew Wylie: el mayor agente literario de New York (www.wylieagency.com). Entonces esa gente cobra mucho. Claro, hay autores que uno no puede publicar. No porque no le interesen sino porque no están al alcance. Por los aranceles para una gran editorial sí. Yo tenía tratos cuando era editor con agentes literarios. Quise editar a Borges y Borges estaba de acuerdo, este es un paréntesis: el año 68 Borges habló incluso con Frías y yo fui a ver al editor de Emecé, él le había dicho va a venir un escritor, dime qué cuentos quiere usted incluir, eran 4 o 5, era tal la cantidad. Bueno, imagínese, a mí me pagan por un cuento para el cine qué sé yo, no sé cuántos miles de dólares, entonces era como el costo de la edición de una antología. Las editoriales que hacen miles de ejemplares pueden pagar eso. Pero si cobran miles de dólares por este cuento, donde va uno con una antología. Dicen: “Por este cuento hay que pagar 5 mil dólares”. Un editor lo expulsa. Entonces hemos tenido que renunciar. A mí me ha pasado eso, porque hicimos un libro con Rigas que se llama Los mejores poemas de amor de la Lengua Castellana. Ese libro tiene 17 ediciones. Tiene 3 ediciones en griego, en Grecia se publicó bilingüe así que es un libro grande y ya lleva 3 ediciones. En inglés impreso en New York 2 veces. Si ve ese libro al final yo puse una nota, tuve que poner una notita, que habíamos querido incluir en nuestra primera selección con Rigas a Vicente Aleixandre, a Rafael Alberti y a Pedro Salinas, pero no pudimos, porque nos cobraban tanto…. Esos son derechos de Carmen Balcels, y ella dice:”Sí publiquen”, pero son cientos de miles de dólares y teníamos que pagarlos nosotros. Entonces uno hace el trabajo pero no está en condiciones de asumir tanto. Y una editorial como las nuestras, o de estos amigos de Rigas que editan poesía, lo hacen con gran riesgo también. Entonces uno no puede decirle: “Miren, paguen unos mil dólares por poema”. Está bien que se defiendan los derechos de autor pero hay una limitante también. Ese cuento debería estar en esa antología chilena, en una nueva edición.  Voy a señalar que, con Alfonso Calderón, habíamos querido incluir ese cuento. En todo caso eso lo pusimos. y que poemas íbamos a editar en los 100 mejores poemas, íbamos a incluir Se equivocó la paloma y otros poemas de Rafael Alberti, Tal fue difícil de Vicente Alexander, y La voz a ti debida de Pedro Salinas. Es como si lo hubiéramos incluido verdad, es un recurso, pero que no nos fue posible porque no llegamos a acuerdo con el propietario de los derechos. En algunos casos es la familia que se pone demasiado exigente y los antólogos -en general- no es que ganen nada con esto, sino que lo hacen por amor al arte. Yo he hecho muchas antologías porque me interesa que los demás lean.

 -La última pregunta que quería hacerle, es acerca de las ciudades, quería preguntarle si hay ciudades que hayan influido en su poesía… ¿Chillán, New York?
– Las urbes son muy decisivas, aun cuando no aparezcan formuladas como tal. En el caso de Enrique Lihn por ejemplo. Enrique da un registro de las ciudades, A partir de Manhattan es un libro que está centrado en lo que fue la experiencia de esa relación. Es un extranjero con una ciudad fascinante, y todo lo que suscita, el viaje en el Metro, en fin. No se da así en mi caso pero es evidente que están presente, operando en uno, el mundo de la infancia, hay una que otra alusión que habla de Chillán, yo soy chillán véjano. No nací ahí, usted sabe que nací en Quillota.

 -Pero se trasladó rápidamente a Chillán.
– Llegué de meses, porque mi familia iba desplazándose para el sur. Mi madre era de ahí. La casa está todavía. Mi hermana vive ahí y las hermanas de mi mujer también. Es un espacio que no ha cambiado. Entonces hay una cosa pintoresca porque en algunos libros aparecía Chillán como lugar de mi nacimiento. Los chillán véjanos el año 88 decidieron darme una distinción de hijo ilustre y me llegó esa invitación del alcalde y del consejo de Chillán Viejo y dice “vamos a hacer un acto en Junio”. Decidí llamarlos: “Bueno, entonces vamos a aclarar que yo no nací ahí. Como algunos libros dicen eso lo voy a empezar a corregir. En realidad yo nací en Quillota”. El encargado me dijo:” ¿Cómo arreglamos esto?” “Es muy fácil: en vez de hacerme hijo ilustre, denme otra denominación: ciudadano ilustre”.
Nací en Quillota, que es una ciudad que casi no la conozco, he pasado un par de veces por ahí. Llegue de meses a Chillan, aprendí a andar ahí, en el lugar donde está actualmente mi casa desde hace 80 años.

 -¿Y New York? ¿Cómo está New York plasmado en su obra?
-New York es otro espacio, del que sí hay algún registro por ejemplo Un país extranjero en el cual me dedico a inocentes e inútiles tareas, el poema está ahí ¿Lo ha visto? (Datos personales).Claro hay muchos registros de cosas que han pasado ahí, autores que yo suelo mencionar, viene mi trato con bibliotecas y museos de allá. Soy un incurable en ese aspecto, mi espacio. Algunos amigos dicen: “Pedro vive en su espacio literario” (ríe).

 -¿Ese es su hábitat?
-Ese es mi hábitat, las bibliotecas, el mundo de los libros; pero también, claro, las experiencias vividas ahí, los encuentros.

 -Es un mundo mucho mejor que el mundo real. ¿O el mundo real tiene sus cosas buenas también?
-Tiene sus cosas buenas, desde luego la amistad y el amor son parte del mundo real, el mundo familiar que a mí me importa mucho.  Soy bisabuelo, amo a mis nietas a las que veo mucho, una tiene una semana, Laurita nació recién. Con mis nietos estoy muy relacionado siempre y me acompañan mucho, mis hijas en fin. Así que esos son los aspectos centrales del mundo real.

 -¿Y aquí, cómo ve el mundo real de Chile, de la cultura?
– Lo veo deprimido, lo veo muy degradado. En realidad tengo muy mala impresión de eso, y desde luego del lenguaje… Creo que hemos retrocedido. Fíjate que en este país la gente habla con dos palabras, ya sabemos cuáles son. Y se lee menos.

– Ahí también hay una cosa producto de la tecnología, de Internet…
-Que puedo celebrar; pero no compartir. No uso Internet. Creo que es fundamental y las conquistas del mundo contemporáneo no son discutibles; son extraordinarias, maravillosas; pero algo se ha perdido del mundo del pasado. Yo soy un pasatista, tengo que reconocerlo. No es que quiera -como dice Nicanor Parra- volver al año 100, a la leña, no. Hay ganancias extraordinarias en ese terreno pero yo tengo que admitir que me quedé fuera y puedo vivir sin eso. Muchos de mis trabajos están hechos en mi Olivetti, o aquí estas chicas secretarias me lo pasan en limpio. Me es indispensable mi maquinita, tengo problemas para conseguir cintas y allá tengo  2 por si se me echa a perder. En broma les digo que el día que se me acaben no voy a escribir más. Escribo a mano en general, pero no puedo negar que estos aparatos…. Fíjese que esto -indica una computadora- no lo he usado nunca, no sé. Mi mujer se mete con eso, mis nietos desde luego son ases, como todos los niños, todos ustedes ¿no? Pero en materia de libros por ejemplo soy absolutamente de la época de Gutenberg. Uno tiene que admitir que un libro hecho, por el asesor de la editorial con mis notitas, en fin, llevaba mucho trabajo y mucho tiempo. Ahora es cuestión de días, la revista Anales, que le voy a dar, se hace en una semana, está lista, se manda y listo. Yo veo eso como un sujeto del pasado que de repente se encuentra en otro mundo. Con admiración, pero distante. Hay cosas que a mí no me hacen falta, por ejemplo la televisión, porque me parece muy mala, lo que uno salva de ahí es mínimo. En el cable.  Creo que si aquí quisieran hacer una televisión peor, tendrían problemas, les costaría que fuera peor todavía. Es impresentable, además ahí uno encuentra una especie de anticultura, fíjese como hablan…Hay un fomento para vender más que otra cosa: Es importante la cantidad de gente que ve esos programas sin importar la calidad del programa. Son en general una expresión de la anticultura, es decir representan todo lo contrario, que en mi caso he querido hacer o difundir. ¿Un libro qué significa al lado de un reality? El libro lo ven 20 personas, 30 personas, y el reality lo ven miles, que siguen esas tonterías. Entonces yo me temo que estemos asistiendo a una especie de cretinización general aquí. Es cuestión de escuchar el lenguaje, aquí se habla a garabato extendido, 2 o 3 palabras sirven para todo. Ya no hay ningún decoro en el lenguaje. Así que uno es un fenómeno, hay que aislarse.

 -Ahí está el problema de la educación también… que muchos jóvenes han sacado a relucir. Muchos quieren dar la batalla.
– Eso ha sido positivo y me ha animado. Ver lo que hacen los jóvenes. No todo está perdido. Ahora yo me temo que nada vuelva a ser lo que fue, porque en ese “fue” hubo cosas extraordinariamente positivas. El hecho de que la educación fuera gratuita durante tantos años -el liceo, la escuela normal, la universidad- fue decisivo en el desarrollo de este país. Ahora ya ve que yo soy un escéptico con el imperio errante de la cultura. Los diarios que en su tiempo fueron fuentes de difusión importantísima -en los años 50-, nosotros nos formamos con mi generación cuando todos los diarios tenían suplementos literarios, había 4 o 5. Yo veo Las Ultimas Noticias convertidas en un pasquín de farándula, pero de último orden. Las Ultimas Noticias de los años 50 era un gran diario, colaboraban muchos escritores en la página editorial. No quiero decir que los escritores sean el plus ultra pero eso daba una medida de lo que importaba difundir, comunicar. Ahora qué encuentra uno? Lo más importante que he visto, no veo casi nunca televisión, muy poco, a veces alguna cosa del cable, es algún noticiero que también -está probado por psicólogos sociales- empieza con los crímenes. Hay una cosa morbosa en eso, los primeros minutos siempre hay matanzas espantosas y accidentes. Es cierto: son cosas que pasan, pero uno de estos días, que la televisión en casa estaba prendida, me quedé a mirar porqué me llamó la atención esto, la gran noticia que se estaba dando. ¿Sabe usted cuál era? Y que tomó unos 6 o  7 minutos, sino 10. Que Jennifer López tenía celulitis (ríe). Entonces yo dije, claro, el mundo se puede caer a pedazos, pero lo más importante aquí, para esta gente, es comentar la celulitis de Jennifer López. Me pareció emblemático y decepcionante. Me dirán, eso es lo que quiere la gente saber. No. Yo creo que no es lo que la gente quiere saber, es lo que le dan. Entonces estos comerciantes espantosos difunden eso y aprovechan esa debilidad. No quiero decir que tengan que estar comentando libros, o difundiendo grandes obras de teatro. Eso ocurre en el cable, aparece de vez en cuando un Shakespeare, El mercader de Venecia lo dieron el otro día. No se trata de eso, pero creo que la exposición de Roberto Matta era algo muy importante y tuvo una cobertura rapidísima, la vi medio minuto. Pero 10 minutos para la celulitis (ríe). El periodismo está muy de “teja abajo” si se compara con lo que fue el periodismo en este país y en otros países.
Sin embargo hay cosas muy alentadoras, por ejemplo esto del movimiento juvenil. Ver que hay jóvenes preocupados de esto. A mí me anima mucho conocer. Por ejemplo aquí, este chico Ernesto Pfeiffer y Benjamín Soto Torres: son muchachos, están estudiando y mire lo que hacen. Cosas de edición. Este chico Gonzalo Montero que hizo la edición de “Los 10”. Un estudiante que acaba de terminar aquí y se va a ir a Estados Unidos y rescató el libro de Alberto Valdivia, “El cadáver Valdivia”, este que fue amigo de Neruda y de la bohemia en el año 20. No sé si ha visto ese libro, es el único libro que publicó este personaje excéntrico y que murió de tan mala manera el año 38, Alberto Valdivia. Fue un librito del año 22 que se llamó Romanzas en Gris, inexistente porque era una rareza. Bueno, un chico de aquí lo ha reeditado, por costo propio, recién, me pidió que lo presentara, lo presenté en La Chascona, como fue amigo de Neruda se hizo ahí y escribió un textito que se va a publicar ahora. Celebro que un joven y su compañera, chicos estudiantes, hayan derivado su interés a esto, un rescate. Claro es para 200 o 300 personas, lo que sea, pero muy conmovedor y hay jóvenes en eso. Son pocos, como dice Vallejos, pero son y mientras haya alguno, perfecto.
-¿Quiere ir a almorzar usted?- pregunta don Pedro.
– Creo que deberíamos ir…- le respondo.

Por Hugo Dimter P.