Por Rodrigo Ramos desde Antofagasta.

Estos tipos viajan al pasado y es en serio. No andan con pequeñeces. Suben en sus vehículos hacia el desierto y en una laguna con forma de 8 extraída de alguna crónica marciana y de aguas color turquesa, se sumergen de madrugada e inician la aventura. Esto no es Turistel, pero Chile mantiene muchos rincones raros ¿Sabía?

Debajo del agua hay una criaturillas que ni los Terodáctilos voladores conocieron. Estos bichos son más antiguas que los dinosaurios y los que usted ha visto en películas como Parque

Jurásico, por ejemplo. Se trata de las cinobacterias, algo así como microorganismos que llevan más de 3.500 años en su estado original. No muerden ni hacen ni pio. Ni se ven. Los científicos dicen que son las responsables del surgimiento de la vida.  ¿Más? Es decir, algo así como las partículas de Adán y Eva. El origen de la vida en este planeta. Tampoco está muy claro que están vivas o muertas, pues en toda historia hay villanos. Un burbujita por pequeña que sea puede ser un indicio y la vimos, o sea también llegamos al pasado. También vimos una pequeña criatura como una langosta. Hay vida en Marte, entonces.

Fuimos a este mundo extraño y al final, casi nos traga una arena movediza. Los flamantes calcetines con hilos de cobre quedaron más secos que zapato viejo asoleado en la Panamericana. La sal seca. Sal; mucha sal por los alrededores. Si uno se queda mucho tiempo ahí, de seguro se transforma en charqui ¿Conoce la historia de los empapados? Rápido podría convertirse en momia si se le termina la bencina o la plata para el pasaje en tren (antes corría un tren por ahí). Como lo indica su nombre se trata del Salar de Llamara, casi a 140 kilómetros al sureste de Iquique y por una bifurcación de tierra donde los riñones quedan en el cuello. Imaginará que el auto, un Toyota Corolla de la Zofri, no era el adecuado para estas aventuras. El resto del grupo, cinco buzos que se aburrieron de sumergirse en el mar, nos esperaba en sus camionetas 4X4 alrededor de las 21 horas de un día viernes. Había parrilla también, pero eso es otra historia, Iquique y Pozo Almonte estaban a más de una hora hacia el norte. Si no es el ruido de los camiones; es el ruido del viento. Ni moscas. Nada.

 Buzos del altiplano

Sergio Dávalos es reportero gráfico de la municipalidad de Iquique y entre otras cosas, buzo profesional en sus tiempos muertos. A la entrada de la municipalidad, edificio que alguna vez cobijó por unas horas los restos de los héroes del combate naval de Iquique, hay una exposición con fotografías de peces, medusas, mantas rayas y erizos rojos. Todas las fotografías son de Dávalos, sacadas por una Nikon con protección, a una cantidad de metros soportable bajo el mar. Este vicio de la fotografía submarina pues a la larga es un vicio, lo comenzó a practicar hace un par de años. Dávalos, medio en broma y en serio, dice que lo motivó un pejesapo. En realidad se metió de puro sapo que era. El hombre desea sacarla fotos a la Esmeralda. Ese objetivo lo resume todo. Hasta ahora sólo le ha sacado fotos a la boya. Dávalos integra un grupo de buzos, todos profesionales y campeones. Se saben de memoria lo que cobija el mar que rodea a Iquique. Son años de experiencia. Hablan de peje sapos y peje perros. El grupo ha ganado premios internacionales y ahora prepara un viaje a La Habana, Cuba. Son otro orgullo de Iquique, al igual que el chumbeque y Arturo Godoy. Sin embargo, desde hace un tiempo el grupo está experimentando otro tipo de buceos. Buceos en lagunas del altiplano, por ejemplo. Lagunas ubicadas a 3 mil metros sobre el nivel del mar o en salares. No siempre se llega ahí. No lo hacen por turismo, aclaran, sino por pasión. Fue así como llegamos al salar de Llamara.

 Chupadores de agua

En los alrededores del Salar de Llamara no se divisa nada. Algunos kilómetros más allá, por la carretera, se pueden ver la chatarra de alguna vieja salitrera y los pueblos carcomidos que parecen utilería de algún Western atrofiado. Cerca de hay una planta minera en plena acción. Se escuchan los chancacazos. El salitre y el yodo todavía sirven, al parecer. La industria revive para mala fortuna de las champitas amarillentas de vegetación que se perciben al costado de la panamericana. Más allá esta la Pampa del Tamarugal, con sus troncos secos. En algunos sectores la tierra está cuadriculada en placas como cascarones pelota de fútbol de cuero, denotando que pasó por ahí el invierno altiplánico. Aquí no está el jinete pálido de Clint Eastwood, pero están el grupo de buzos quienes indican que hacia el horizonte cortado por estos insectos de metal. El reparto de este western es: Jorge Fuenzalida, militar; Cristóbal Sciaraffia, audiovisualista y surfista; Jaime Ceballos, poeta y profesor; Jorge Vigueras, médico; Arturo Morales, reportero gráfico; Fernando Olivares, ingeniero y Eduardo Menares, campeón mundial de fotografía submarina. Dicen que hace rato a las lagunas del salar llenan las jeringas de las mineras del sector. En la pampa la mayoría sabe por experiencia que el agua es clave en los procesos mineros. Allí, en ese lugar, un pozo de agua es comparable a un pozo petrolero. Todo esto ha generado un conflicto por la escasa agua que en los tribunales de Pozo Almonte e Iquique, suman más papeles que soluciones. Afirman que hay denuncias de extracción de agua que de algún modo han asesinado el hábitat de estos fósiles vivos. Los más optimistas creen que todavía están vivos los microorganismos; los pesimistas, en cambio, dicen que este trozo vivo de la prehistoria lo mataron.


 Buceo prehistórico

Para salir de la duda, hay que meterse al agua. Son las 6 de la madrugada y los cerros mantienen un color ocre que se torna rojizo. Pisar a pie descalzo el salar es como pisar, a ratos, una caja protectora de huevos. La planta del pie adopta las formas. El piso está algo helado y áspero. El viento es escaso. Pronto saldrá a plenitud el sol. Bajo la piel del traje para el agua uno se siente tranquilo, a pesar que no es muy flexible. Es como estar dentro de un preservativo. A paso de astronauta, alcanzamos la posa. Es baja en un principio, pero después el agua comienzo a tapar. Primero las piernas y luego la mitad del cuerpo. Hasta ahí no más llega el agua. La sal no sala tanto el agua como uno tiende a pensar. El sabor tiende a lo insípido. Es agua de napa, proveniente de las venas del desierto. Sumergirse ahí es un viaje al pasado. Una imagina que las callampas salinas o tapetes microbianos, diría el científico, que brotan desde el fondo de la piscina natural están todavía vivos estos microorganismos. Una burbuja por ínfima que sea es una esperanza. Algo es algo. Eso por lo menos creemos. Después de bucear queda la sensación que todo es frágil como la porcelana y está a punto de quebrarse. También queda la sensación de que estuvimos ahí, compartiendo con las criaturas vivas más antiguas del planeta. Minutos después, ya en tierra, y entre unos arbustos que parecen cabezas de búfalos –porque todo ahí parece paisaje dela Tierra Media del Señor de los Anillos- y sin darnos cuentas, nos caemos en una suerte de pantano. Días atrás hubo lluvia en el altiplano. El pantano es hondo, tanto como para preocuparse. Pronto nos ayudan y así, esta historia podrá contarse.

Hace 3.500 millones de años aparecieron en los mares y aguas de los nacientes continentes las cianobacterias. Ellas fueron capaces de captar la luz solar e “inventaron” la fotosíntesis, dando así origen al futuro de las plantas y a la liberación de oxígeno, que permitió que continuara la evolución. En el sitio se habían formado estromatolitos o alfombras de piedras. Son rocas sedimentarias conformadas por células fosilizadas. Éstas crecen mediante capas superpuestas formadas muy lentamente por las cianobacterias.